Una de las profecías más precisa de toda la Historia

Una de las profecías más precisa de toda la Historia

Una de las profecías más precisa de toda la Historia

La historia está llena de sorprendentes predicciones acerca de lo que nos deparará el futuro. Pero pocas han sido tan precisas y han tenido tanto impacto como la que realizó Jacques Cazotte en una cena de gala, en París, a principios de 1788. Transcurrido algún tiempo, uno de los asistentes, Jean-François de La Harpe, escribió un detallado relato de lo que se dijo.

Se trataba de una fiesta animada. El anfitrión era un conocido noble que destacaba por su inteligencia y había invitado a una no menos brillante concurrencia: escritores, cortesanos, miembros de la Academia Francesa, damas de la nobleza, todos ellos famosos por sus dotes de conversadores y su buen humor. El mismo Cazotte era un distinguido escritor, autor de la novela oculta Le Diable Amoureux, El diablo enamorado. La cena era suntuosa, el vino corría en abundancia y todos competían por ser más osados hablando e irreverentes que los demás. Ningún tópico era sagrado. Las damas escuchaban sin ruborizarse unas historias deliciosamente perversas, cualquiera podía burlarse de la religión, se alababa a Voltaire, el filósofo iconoclasta. Todos coincidían en que era necesaria la revolución en Francia, un cambio que, de un escobazo, barriera todas las supersticiones y fanatismos.

Jacques Cazotte (1719-1792)Fue entonces cuando Cazotte acalló las risas con la siguiente declaración: “Señoras y señores, no os preocupéis. Todos vosotros veréis esa gran revolución que tanto anheláis. Tengo algo de profeta y os lo aseguro, la veréis”. Y continuó describiendo, con escalofriantes detalles, cómo afectaría la inminente revolución a cada uno de los invitados.

“Vos, Monsieur de Condorcet, moriréis en el suelo de piedra de una celda después de haber tomado un veneno para engañar al verdugo. Y vos, Monsieur de Chamfort, os cortaréis veintidós veces las venas con una cuchilla, pero no moriréis hasta después de transcurridos unos meses. Vos, Monsieur de Nicolai, en la guillotina. Lo mismo que vos, Monsieur Bailly, en la guillotina”. Cazotte continuaba y la gente empezó a murmurar: “Este hombre está loco, ¿no veis que es una broma? Sus bromas siempre son así, fantásticas y truculentas”. La Harpe, conocido librepensador, objetó que Cazotte no le había profetizado nada.

“Ah, vos. Con vos veo algo aún más extraordinario: os haréis cristiano”. Todos los invitados estallaron en risas y Chamfort dijo: “Qué alivio. Si no hemos de morir hasta que La Harpe se haga cristiano, somos prácticamente inmortales”.

Grabado del s. XIX donde los invitados se consternan mientras Cazotte predice sus fatales destinos“¿Y, nosotras, las damas?, preguntó la duquesa de Grammont. En esa revolución vuestra seguro que no recibiremos ningún daño”. Y Cazotte respondió: “Vuestro sexo, señoras, no será ninguna protección en este baño de sangre. Vos, señora duquesa, y muchas otras damas seréis conducidas a la guillotina, con las manos atadas a la espalda como los criminales comunes”. Y ante las muestras de incredulidad del grupo, hizo la última profecía, la más terrible: “Debo deciros que nadie estará a salvo, ni siquiera el rey y la reina de Francia”.

… … …

Cuando Cazotte comentó que tenía algo de profeta, reivindicó poseer uno de los dones más antiguos de la historia. Todas las épocas han tenido sus visionarios, personas que parecen poseer una segunda visión que les permite echar una ojeada a través de los resquicios del tiempo. Algunos han afirmado que su conocimiento les venía de Dios. Otros creen que tienen poderes proféticos sobrenaturales negados a otras personas.

Pero para mucha gente, la capacidad de ver el futuro siempre ha parecido estar colgada, atractivamente, lejos del alcance de la mano. Al carecer de visión profética, se han vuelto hacia la adivinación, es decir, el arte de descubrir conocimientos ocultos por la interpretación de símbolos y presagios. Los intentos humanos de conocer lo inconocible por esos medios están reflejados en los objetos más antiguos, como los modelos babilónicos de los hígados de cordero, marcados con instrucciones para los adivinos, o los huesos de animal chinos en los que se escribían predicciones. Algunos métodos se han vuelto tan esotéricos que requieren muchos años de estudio, como las cartas del Tarot, o los símbolos del I Ching. Otros se han centrado en el aquí y ahora. Los que buscan las claves de la personalidad humana en las características físicas, por ejemplo, han desarrollado durante siglos métodos como la quiromancia.

Es el futuro y no el presente lo que más seduce al adivino. Y no está interesado en cualquier futuro sino en el fascinante tema del destino humano, tanto el destino de un individuo como el destino de una nación. Hasta el campesino, que cree saber qué tiempo hará al día siguiente según el comportamiento de las aves, se pregunta qué le ocurrirá a él. ¿Se secarán sus cosechas y sus esperanzas bajo un sol abrasador o sus campos brillarán exuberantes gracias a la lluvia y tendrá un rico verano?

En realidad, muchos acontecimientos futuros son fácilmente predecibles. Sabemos que el sol sale por el este y se pondrá por el oeste. Este tipo de fenómenos siguen unas pautas naturales fácilmente observables. También podemos predecir a través de la estadística. Los números nos permiten saber cuántas personas morirán en accidente de tráfico en un año. Y la ley de los promedios nos permite saber que ese mismo año habrá un gran terremoto en algún lugar del globo, y una devastadora sequía. Pero las características únicas de esos acontecimientos son imposibles de predecir por medios explicables.

Por eso, si toda esta historia es cierta, como afirmaron algunos testigos, estaríamos seguramente ante una de las profecías más precisas de toda la historia. Durante cinco años, la visión de Jacques Cazotte se cumplió en casi todos los detalles. La Revolución Francesa, que empezó en 1789 con unos elevados ideales, se transformó en una violenta orgía de sangre. Las personas que habían cenado con Cazotte encontraron el destino que se les había profetizado. Y por cierto, él no había dicho nada acerca de su propio destino: murió guillotinado en 1792.

E. Martínez | Vidente

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