Sincronismo

Sincronismo

Sincronismo

Una teoría científica derivada de una original colaboración entre el psicólogo C. G. Jung (1875-1961) y el físico Wolfgang Pauli (1900-1958); el sincronismo postula que existe en la naturaleza un principio de vinculación no causal que se manifiesta a través de coincidencias significativas.

Carl Gustav Jung. Médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizoJung ilustraba esta teoría con una anécdota tomada de su práctica profesional. La mujer de uno de sus pacientes, un cincuentón, le había contado que tanto a la muerte de su madre como a la de su abuela, un gran número de pájaros habían acudido a las ventanas de la cámara mortuoria. Próximo ya a su conclusión el tratamiento de este paciente, se le declararon unos leves síntomas que, al parecer de Jung, podían indicar la presencia de una enfermedad del corazón. Por lo que le aconsejó que acudiese a un especialista, pero éste después de reconocer al paciente le dijo que no tenía por qué preocuparse. Al regreso de la consulta y con el diagnóstico en el bolsillo, el hombre cayó muerto en medio de la calle. Cuando llevaron el cadáver a su casa, la mujer ya estaba enterada, o por lo menos había tenido el presentimiento de estarlo al ver que “una bandada de pájaros abarrotaba los balcones de su hogar”.

Jung estaba convencido de que el sincronismo podía ser la explicación de la curiosa eficacia de la astrología, y quizás habría tenido algo que ver en los experimentos de adivinación de cartas ideados por el profesor J. B. Rhine para poner a prueba las facultades de telepatía. Incluso sugirió que pudo existir un elemento de sincronismo en los sueños precognitivos relatados por J. W. Dunne.

Monedas que se emplean en el método chino de adivinación del futuro I ChingPero con su teoría del sincronismo, Jung no solamente trató de abarcar fenómenos paranormales como la clarividencia, la telepatía y la precognición, sino también de crear un marco teórico que permitiera explicar la astrología y las modalidades de la profecía conocidas en todas las épocas y culturas. Así, por ejemplo, aplicó el concepto de sincronismo al antiguo libro oracular chino I Ching, según el cual se lanzan monedas para obtener una determinada respuesta adivinatoria. La moneda lanzada señala uno de los sesenta y cuatro textos oraculares del I Ching. Jung observó que las personas obtienen respuestas significativas y útiles cuando consultan el I Ching en situaciones existencialmente importantes. De este modo, a través de un proceso casual se establece una relación significativa entre un estado anímico -la situación crítica, que afecta a la propia existencia- y una respuesta al propio problema. Entre el estado anímico y la respuesta del oráculo no existe ningún nexo causal, y por tanto se trata de un fenómeno sincronístico.

Los ejercicios de Jung en torno al sincronismo desembocaron en especulaciones filosóficas. El psicólogo partía del supuesto de que existe un ámbito de la realidad que no es psíquico y físico: el fundamento primigenio del ser, situado fuera del tiempo y del espacio. Cuando en él se solapan el mundo anímico y el mundo material, entonces se producen los fenómenos sincronísticos.

Algunos casos
En la década de 1920, una muchacha de catorce años visitó con sus padres el Mont-Saint-Michel en Francia. Estuvo admirando los grandes automóviles aparcados y se metió en uno especialmente bonito. El chófer le riñó en una lengua extranjera y la echó del coche. Ocho años después conoció en Múnich a un ingeniero escandinavo, con quien se casaría más tarde. Cuando después de la boda estuvo hojeando en un álbum de fotos de su esposo, reconoció el vehículo con el chófer delante del Mont-Saint-Michel. De niña había subido al coche de su futuro marido. Pero lo más notable de la historia es que del mismo modo que la habían echado del automóvil, su marido la expulsó años después del matrimonio. El divorcio le pesó durante décadas. En este caso, la coincidencia significativa aparece como un oráculo de una importante evolución futura.

Cogiendo flores en Annatal, la mujer del pintor austriaco Moritz von Schwind perdió su anillo de boda. Desesperada estuvo recorriendo una y otra vez, junto con su marido, toda la zona, pero en vano. En el verano siguiente, los Schwind paseaban de nuevo por Annatal, sin acordarse ya de la dolorosa pérdida y exultantes ante el espectáculo de las plantas en flor, cuando observaron un brillo en una de las flores: una candelaria había crecido a través de la alianza y la llevaba en la punta. Otra señora relató que mientras se bañaba en un lago había perdido su sortija. A pesar de buscarla con ahínco, no logró encontrarla. Ocho años después estaba bañándose en el mismo lugar, cuando resbaló y puso la mano en el fondo para sostenerse. Al hacerlo, uno de sus dedos entró por la sortija. Y en otro caso, una mujer perdió el día de su cumpleaños un broche poco común, que aunque no fuera muy valioso, tenía para ella un gran valor sentimental. Entristecida, ese mismo día abrió los regalos que le habían enviado. Entre ellos había un paquetito remitido por su tía, que vivía desde hacía decenios en ultramar. Dentro había un broche muy parecido al que acababa de perder. La tía, que nunca había visto el broche perdido, había comprado aquella joya en un impulso espontáneo.

En su época de estudiante, el profesor Hans Bender salió de excursión por el lago de Ginebra. En Coppet fue a visitar la tumba de Madame de Staël, donde leyó la inscripción: “¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos?”. De pronto, Bender tuvo un inexplicable ataque de llorera. Más de tres décadas después, durante un congreso en el sur de Francia, Bender recibe una llamada telefónica: su madre se está muriendo. Emprende el viaje de vuelta a Friburgo; al anochecer se detiene en algún lugar y telefonea a casa. Le comunican que su madre acaba de morir. Cuando sale afuera, Bender descubre que se halla nada menos que delante de la entrada del cementerio en el que de joven le invadió de pronto una tristeza hasta entonces injustificada. El hecho de que la muerte de su madre hubiera proyectado su sombra sobre más de treinta años después en un suceso sincronístico y diera lugar a una vehemente emoción anímica inexplicable, refleja la relación especial y estrecha que unía al profesor con su madre.

Hasta el propio Jung vivió numerosos fenómenos sincronísticos. Un ejemplo: “El 1 de abril de 1949 anoté por la mañana una inscripción que trataba de una figura que de cintura para arriba es humana y para abajo es pez. Había pescado para almorzar. Alguien mencionó la costumbre del ‘pescado de abril’. Por la tarde, una antigua paciente, a la que no veía desde hacía meses, me mostró algunos cuadros impresionantes de peces que había pintado ella misma. Al anochecer, alguien me enseñó un tapiz en que aparecen monstruos marinos y peces. A la mañana siguiente vi a otra antigua paciente que no había visto en los últimos diez años. Me contó que la noche anterior había soñado con un enorme pez”.

SincronismoLas leyes naturales son verdades estadísticas, absolutamente válidas ante magnitudes macrofísicas pero no microfísicas. Ello implica un principio de explicación diferente al causal. Cabe plantearse entonces si en términos muy generales existe no solo una posibilidad sino una realidad de sucesos acausales. Para ello se ha de afrontar el mundo de la casualidad y tratar de separar la causalidad de la acausalidad. La acausalidad es esperable cuando parece impensable la causalidad. Ante la casualidad solamente resulta viable la evaluación numérica o el método estadístico. Las agrupaciones o series de casualidades han de ser consideradas casuales mientras no se sobrepasen los límites de la probabilidad. Si así se demostrara implicaría un principio acausal o conexión transversal de sentido.

Debe evitarse interpretar toda situación aparentemente sin causa como acausal. La sincronicidad solamente acontece cuando ni siquiera es pensable una causa. Es decir, dicha “falta de explicación” incluye: una causa desconocida, y dicha causa no es pensable intelectualmente.

Todo fenómeno sincronístico puede clasificarse en tres categorías: coincidencia psíquica simultánea del observador con un acontecimiento exterior que se corresponde con dicho estado psíquico sin que medie entre ambos ninguna vinculación causal; coincidencia psíquica más o menos simultánea con un acontecimiento exterior distante en el espacio y verificable a posteriori; coincidencia psíquica con un acontecimiento distante en el tiempo y verificable a posteriori.

Adolfo Domínguez | Profesor

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