Separando al muerto de los vivos

Separando al muerto de los vivos

Separando al muerto de los vivos

Para los dogon, un pueblo de África occidental, la muerte es una especie de vida intermedia, una existencia tenue, incorpórea e inquieta. Se dice que los espíritus nostálgicos de los muertos son reacios a abandonar sus poblados y que tardan en marcharse, aunque sus cuerpos estén enterrados junto a los huesos de sus ancestros. Su impulso es el de volver a casa, impertinentes y quejumbrosos, alterando la vida hogareña y trayendo consigo enfermedades y sequías.

MáscaraTanto es así que el ritual funerario que practican los dogon tiene como objetivo acelerar la adaptación del espíritu a su nuevo estatus. En los entierros, los hombres jóvenes de la tribu danzan, llevando máscaras que simbolizan cosas que el muerto puede echar de menos, como un árbol, un animal o una persona. Al verlas, el espectro se despedirá, aceptará su nuevo papel de espíritu ancestral y dejará que la vida sea sólo patrimonio de los vivos.

Pero los dogon no son el único pueblo que intenta mantener a raya a los espíritus. En todo el mundo, desde el círculo Ártico hasta los mares del Sur, el miedo a los fantasmas ha condicionado distintos ritos funerarios (algunos de los cuales aparecen en la galería de imágenes que siguen a las siguientes líneas). Los familiares de los fallecidos han tranquilizado a los cadáveres o los han atacado, los han mimado o mutilado, pero el objetivo siempre ha sido el mismo: separar al muerto de los vivos. La forma más benigna de tales costumbres funerarias consiste en tranquilizar al espectro para que no se convierta en un fantasma malévolo. En algunos ritos, basta con pedir al espíritu que se aparte, a veces hay que suplicarle o convencerle, pero en otras culturas es necesario hacer más. En las Antillas se cree que un fantasma masculino quiere volver a estar con su mujer. Así, las viudas, durante el período de luto, llevan ropa interior roja porque ese color supuestamente aleja a los fantasmas.

Otra estrategia muy antigua consiste en confundir al cadáver, de forma que una vez enterrado, su espíritu no pueda encontrar el camino de regreso a casa. Pese a la distancia geográfica, algunas tribus de Suráfrica, Asia, India y Melanesia comparten la renuencia a sacar los cadáveres por la puerta. Todavía hoy, algunos habitantes de las islas Fiji derriban una parte de la casa para hacer salir al fallecido, mientras que los esquimales lo sacan por el agujero de la chimenea o a través de una ventana. El objetivo es el de ocultar al muerto la entrada verdadera y disuadirlo así de que regrese.

Otros trucos comunes en muchas culturas consisten en confundir a los fantasmas insistentes camuflando el recorrido del cortejo fúnebre. En Siberia, antes de la colectivización comunista, los koryak no sólo camuflaban el recorrido, sino que además se disfrazaban ellos mismos. Los asistentes a los funerales intentaban despistar a los muertos imitando sonidos de animales, como el graznido de los cuervos o los aullidos de los zorros.

Algunas tribus han considerado que la disuasión psicológica es insuficiente y han buscado defensas más físicas. Los viudos de Nueva Guinea todavía van provistos de un hacha durante el período de luto para alejar a los espíritus de sus mujeres. La práctica de atar juntos los pulgares o los dedos gordos de los pies a los muertos para dificultar el movimiento de sus espíritus era muy corriente en Australia e India, y todavía se realiza entre los esquimales. Con el mismo motivo, los chukchi siberianos cortaban la garganta a los muertos para impedir el retorno de sus espíritus.

Pero estos rituales de mutilación han alcanzado seguramente su punto más álgido entre los aborígenes kwearriburra de Queensland, Australia. Antes de la progresiva occidentalización de estas tribus, ya bien entrado el siglo XX, los kwearriburra cortaban la cabeza a sus muertos y la asaban en una hoguera situada sobre la tumba. Una vez carbonizada, la rompían en trozos pequeños, los cuales eran introducidos entre las brasas. Los kwearriburra creían que así, el fantasma del muerto, al levantarse a buscar su cabeza, se quemaba y volvía a la tumba.

Los rituales contra los espectros se han mantenido más entre los pueblos primitivos de religión politeísta. Sin embargo, incluso en el industrializado Occidente, perduran ciertas costumbres, aunque el paso del tiempo ha oscurecido sus orígenes. Muchos occidentales todavía visten de negro como señal de luto, pero pocos saben que la práctica se deriva originariamente de la creencia de que el negro volvía invisibles a los vivos ante los muertos.

GALERÍA DE IMÁGENES

Lama nepalí

Un lama nepalí oficiando los ritos funerarios en casa de un fallecido, tras escribir el nombre del muerto en papel de bambú, luego lo quema. (También pueden quemarse otros objetos, como ofrendas a los dioses y como indicios de la liberación del alma para buscar su próxima encarnación.) Este rito, una de las manifestaciones del temor a los fantasmas en las culturas budistas de los Himalayas, tiene como objetivo asegurar que el espíritu del fallecido no visite a los vivos.

Una viuda preparando la cremación de su marido poniéndole mantequilla de yak en los ojos

Una viuda preparando la cremación de su marido poniéndole mantequilla de yak en los ojos. Mientras unta el cuerpo, le ordena a gritos al espíritu que no regrese como fantasma.

Jóvenes balineses llevando, en forma de elaborada torre, los restos de varios fallecidos al crematorio

Fatigados por el peso, estos jóvenes balineses llevan, en forma de elaborada torre, los restos de varios fallecidos al crematorio. A lo largo del camino, los porteadores sacuden y hacen girar la estructura para desorientar a los espíritus de su interior y frustrar cualquier intento que estos hagan de volver a sus casas. (Los ritos funerarios son acontecimientos felices para los balineses, que creen que la cremación libera el alma para la siguiente reencarnación). En las torres y en los trabajados sarcófagos en que son quemados los muertos se gastan grandes sumas de dinero. Sin embargo, y pese a todo el respeto mostrado hacia los muertos, hay que advertir a los espíritus que no se aferren a sus vidas previas y se conviertan en una molestia para los supervivientes.

Un miembro de la tribu de los dogon

Un miembro de la tribu de los dogon, vestido como un guerrero de la vecina tribu de los fulani, blandiendo su lanza ante unos simulados ladrones de ganado durante una ceremonia funeraria…

Cámara mortuoria llena de huesos de muchas generaciones

…Los dogon viven en las grandes sabanas de África occidental, pero sus tierras de pastoreo están bordeadas de montañas de arenisca. En estas montañas hay cientos de cuevas que sirven a los dogon de cámaras mortuorias, llenas de huesos de muchas generaciones. Mediante un sistema de vigas y cuerdas, suben sus cadáveres a unos 80 metros de altura para ser enterrados en las cuevas. Las víctimas de enfermedades son enterradas en cuevas separadas y hay también recintos distintos para los hombres, las mujeres, los niños y los bebés que nacen muertos.

Abandonemos ahora (parcialmente) nuestro viaje y centrémonos en lo que rodea a la muerte en sí, principalmente en los…

Ritos y técnicas funerarias (en un repaso a lo largo de la Historia)
Como hemos visto en nuestro rápido trayecto por distintas partes del globo, el cuidado de nuestros muertos (y de los que quedamos aquí) ha sido preocupación constante del ser humano desde las épocas más remotas. El hombre prehistórico ya les rendía culto a su manera, enterrándolos o guardándolos en cuevas, al abrigo de rocas e incluso los comía incorporándolos a su propia substancia. También algunas especies animales como las hormigas retiran los cadáveres de sus compañeras muertas y el gorila recubre con ramas los cadáveres de su especie o los devora. La idea, pues, de que todo no termina con la muerte y que el espíritu que animaba y daba vida al cuerpo tiene un destino en un mundo diferente al que llegará más tarde o más temprano -después de haber sufrido una purificación-, ha estado muy generalizada. Este es uno de los grandes motivos para que hayan surgido en todos los grupos humanos una serie de ritos y técnicas funerarias de lo más variada, algunas de las cuales, como ya comprobamos más arriba, todavía persisten, y que se podrían resumir en: abandono del cadáver (temporal o definitivo), inhumación (“enterramiento”), cremación, conservación (momificación, embalsamamiento), o incorporación al grupo por medio del canibalismo.

El abandono del cuerpo ha sido la técnica preferida por las tribus nómadas. Los mongoles dejaban los cadáveres, especialmente de los niños, envueltos en sacos de cuero, a la orilla del camino, en la creencia de que su espíritu o sombra se reencarnaría en el seno de las mujeres que pasasen más tarde por aquel lugar. Los bactrianos (de Asia central) dejaban expuestos los cuerpos en lugares apartados para que los devorasen los perros especializados en esta tarea y consideraban un deshonor el que estos animales, por alguna razón, rechazaran realizar la labor. Los parsis de la India como los antiguos asirios dejaban sus cadáveres en las “torres del silencio” (construcciones cilíndricas con plataformas concéntricas llenas de cavidades destinadas a recibir los cuerpos). Los buitres (aves sagradas de Ormuz) se encargaban de despedazarlos y descarnarlos. Los huesos ya limpios posteriormente eran recogidos por la familia. Los esquimales abandonan a los viejos entre los hielos aún cuando no estén muertos. Les dejan algún alimento y esperan que el oso polar venga y los devore. Luego ellos se comerán al oso y así el espíritu volverá al hogar. Los indios guaymíes y en general las tribus del occidente de Panamá, como también muchas tribus de indios norteamericanos, dejaban a sus muertos en plataformas construidas entre los árboles o en la selva expuestos a la descomposición rápida o a la acción de insectos y animales carnívoros. Tampoco era indispensable el que estuviesen ya muertos. Los guaymíes dejaban al enfermo terminal en una hamaca tendido entre dos árboles con un mazo de plátanos u otra fruta y una calabaza con agua. Regresaban tras semanas, calculando que sus huesos estarían ya limpios y entonces los recogían, los limpiaban y los guardaban en una olla de barro que enterraban haciendo una fiesta en honor del difunto.

La inhumación ha sido también práctica muy extendida por todo el planeta. El enterramiento podía realizarse en grutas y cavernas como hacen los hotentotes, las tribus australianas y europeos prehistóricos, los antiguos escoceses y muchos pueblos de Oceanía. En Indonesia, las grutas son de difícil acceso y excavadas en la roca, dejando una especie de ventana o balcón tras el que colocan muñecos antropomorfos vestidos que producen el efecto de que hay gente allí reunida mirando lo que pasa por el mundo. También los antiguos guanches de Canarias (en España) colocaban los cadáveres en cuevas después de haberlos tratado convenientemente con diversas substancias protectoras. En general, la posición del cadáver varía según la cultura que se estudie. Unas veces es en decúbito lateral, otras en decúbito supino, otras flexionados en posición de descanso o fetal, unas veces mirando al sol naciente, otras al sol poniente, y en ocasiones de pie. Envueltos en pieles o cueros, en otras ocasiones encerrados en sarcófagos de piedra o madera, en un tronco de árbol ahuecado o en un hoyo en el suelo de la cueva, que después es tapado con piedras o tierra. La mayoría de las culturas han añadido al rito de la inhumación, la comida funeraria, que junto con el ajuar (formado por diversos objetos que pertenecieron al difunto) debía acompañar al espíritu en su viaje al más allá que se imaginaban de diversas maneras. A veces se acompañaba el enterramiento con variados rituales, a cargo de los familiares o de los chamanes o sacerdotes, con música y cánticos. Algunos grupos humanos, simplemente depositaban el cuerpo en una grieta entre las rocas o en lo profundo de una sima en las entrañas de la tierra. Los antiguos pueblos de la Península Ibérica revestían con lajas (“piedra lisa, plana y no muy gruesa”) la tumba o excavaban la roca dándole la forma del cuerpo (tumbas antropomorfas). En las culturas de Mesoamérica era costumbre el “matar” los objetos que componían el ajuar. Si se trataba de una pieza de oro la doblaban o machacaban y si era cerámica, la rompían, con la idea de que así el espíritu que animaba estos objetos podría acompañar al del difunto. La inhumación de personajes de la tribu era acompañada del sacrificio de sus mujeres o personas allegadas que debían acompañarle en su viaje. Así, se han encontrado con frecuencia en diversas partes del globo, en torno al esqueleto principal de un varón revestido de las galas propias de su rango, los cuerpos de mujeres y de niños con evidentes muestras de haber sido sacrificados con la citada finalidad. Algunas culturas como la egipcia han acompañado la inhumación del cuerpo, especialmente cuando se trataba de un individuo rico y poderoso, de monumentos funerarios complicadísimos, tal es el caso de las pirámides que constituyen la manifestación más colosal de la arquitectura funeraria en honor a una persona. Otras culturas se contentaban con colocar una simple piedra clavada en el suelo sobre el lugar donde se enterró el cadáver y aún muchos pueblos no dejaban más que un simple túmulo de tierra que indicaba la existencia de una tumba. Entre ambos extremos existe una variadísima gama de estructuras dependiendo muchas veces de la imaginación y habilidad de las personas dedicadas a estos menesteres, así como de las prácticas religiosas que solían acompañar a la inhumación. Recuérdese a este respecto el Taj Mahal de la India, inmenso edificio-monumento, de belleza singular, dedicado a una sola persona. Muchos pueblos han inhumado a sus muertos en la propia casa que habitaban. Otros tienen un temor supersticioso de que el espíritu del familiar difunto pueda hacerles algún tipo de daño (como se ha comentado en la primera parte de este artículo) y cambian inmediatamente de vivienda después de la muerte de un familiar. Tal es el caso de los chocoes que abandonan o queman la casa y construyen otra en un paraje alejado. Los vascos españoles inhumaban a los natimuertos en el alero de la casa, en una teja. Otros pueblos, en el centro de la Península Ibérica también, lo hacían en un hoyo cerca del fuego del hogar. Pero es práctica muy antigua destinar un lugar en las proximidades del poblado para ciudad de los muertos (necrópolis) o cementerio, práctica que se sigue en nuestras actuales culturas. Las leyes impedían a algunos pueblos como los corintios y siracusanos inhumar los cuerpos dentro de las ciudades, y lo mismo ocurría con los romanos. La Ley de las Doce Tablas (o Ley de igualdad romana) prohibía terminantemente: ‘Hominem mortuum in urbe ne sepelito neve urito’ (es decir, “que no se entierre ni queme cadáver en la ciudad”). Los delios enterraban a sus muertos en una isla desierta. Los indios cunas llevan sus cadáveres fuera de las islas que habitan y los entierran en pequeñas elevaciones del terreno, pero siempre en lugares próximos a un río.

La cremación o incineración de los cadáveres ha sido otra práctica muy arraigada desde hace miles de años. Los pueblos que habitaron la Península Ibérica durante el primer milenio antes de Cristo: iberos, celtíberos, celtas, tartésicos, turdetanos, púnicos, fenicios, cartagineses… quemaban a sus muertos en una pira funeraria hecha de leña, recogiendo al terminar las cenizas y los fragmentos de hueso que quedaban, guardándolos en una urna funeraria o cineraria que enterraban en la necrópolis. Esta práctica vino de Oriente recorriendo Europa con las culturas hallstáticas y penetrando en las penínsulas Ibérica, Itálica y en los Balcanes y Grecia. Hoy pueden estudiarse extensos urnenfelder (”campos de urnas”) en Europa central, España y en Italia donde los etruscos mantuvieron siempre esta técnica funeraria así como griegos y romanos. En el norte de África, los cartagineses incineraron también a sus muertos. Los pueblos australianos quemaban a sus ancianos y con los restos que quedaban se hacían amuletos y talismanes que colgaban en sus cuellos. Algunos pueblos de la Amazonía brasileña queman a sus muertos guardando las cenizas en una bolsita. Estas cenizas serán mezcladas con las bebidas fermentadas que tomarán en la primera fiesta que celebren. De esta manera incorporan los restos de sus familiares queridos a su propio cuerpo, lo que consideran que es mejor que dejarlos comer por los gusanos. En la India, la cremación es una práctica generalizada. Pero allí no se guardan las cenizas del muerto sino simplemente se depositan en el río sagrado más cercano, el Ganges por ejemplo, que las arrastra y hace desaparecer. La práctica del sacrificio ritual de la viuda (sutee o sáti) ha estado muy arraigada en aquellas culturas, aunque a día de hoy prácticamente haya desaparecido. La viuda se lanzaba a la hoguera donde ardía el cadáver de su esposo y moría abrasada acompañándole en su viaje al más allá. En torno al tratamiento del cadáver, existe una variedad de rituales en todos los tiempos, desde las comidas y fiestas funerarias en honor del difunto, los sacrificios propiciatorios, los cantos funerarios, el uso de plañideras, las procesiones acompañadas de música y danzas, o las ceremonias religiosas a veces muy complicadas hasta la erección de monumentos funerarios de amplia variedad.

Pueblos tan distantes entre sí como los egipcios, los del altiplano andino y de la costa, los antiguos guanches, los antiguos cuevas del istmo de Panamá o los pueblos oceánicos, idearon diversos medios artificiales para la conservación de los cuerpos de sus muertos con objeto de preservarlos de la destrucción. El conjunto de estas variadas técnicas recibe el nombre de embalsamamiento, dentro del concepto general de tanatopraxis. Resulta curioso que los dos pueblos donde las técnicas de embalsamamiento alcanzaron mayor desarrollo, los egipcios y los pueblos del incario, habitaron en dos de las regiones más secas del planeta, donde la momificación espontánea se podía presentar con más facilidad y posteriormente la conservación de los cuerpos embalsamados era más sencilla a causa de la sequedad del ambiente. En la antigua Persia, los cadáveres se conservaban con cera y entre los pueblos arios con miel. En el libro del Génesis (Gen 50, 2-3) ya se habla de embalsamamiento. Cuando muere Jacob en Egipto, su hijo José se echó sobre el rostro de su padre, lloró sobre él y le besó… “y mandó José a sus siervos los médicos, que embalsamasen a su padre; y los médicos embalsamaron a Israel y le cumplieron cuarenta días, porque así cumplían los días de los embalsamados y lo lloraron los egipcios setenta días. Y pasados los días de su luto, habló José a los de la casa del Faraón: “Mi padre me hizo jurar diciendo: ‘He aquí que voy a morir; en el sepulcro que cavé para mí en la tierra de Canaán, allí me sepultarás’”. Era la cueva de Efrón el heteo que estaba en el campo de Macpela, al oriente de Mamre, en la tierra de Canaán, que Abraham había comprado a Efrón el heteo para que fuera la sepultura familiar. Y como allí estaban Abraham y Sara, sus padres, quiso Jacob acompañarles. También estaban allí Isaac, Rebeca y Lea. El caso es que José pide permiso al Faraón y éste se lo concede y le da una escolta numerosa para que lleve a Jacob. Llegados a la era de Atad que está al otro lado del Jordán, lo enterraron en la cueva. Los habitantes de aquellos lugares que vieron el luto de siete días y el gran duelo que hicieron José y sus acompañantes quienes debían ir vestidos como egipcios, dijeron: “Llanto grande es éste de los egipcios”. Y por eso llamaron al lugar Abel-Mizraim, que quiere decir “pradera o llanto de Egipto”. (No se olvide que el nombre de Egipto no era “Egipto”, sino Mizraim.) En este pasaje bíblico están contenidos los datos que corresponden a la costumbre de los setenta días que duraba el embalsamamiento y seguramente los médicos siervos de José eran especialistas en embalsamar, terakeutas y parakistas. Jacob fue momificado o embalsamado al estilo egipcio. En Génesis 50:26 se insiste en el tema del embalsamamiento. José, que vivió 110 años, fue embalsamado también al morir y “puesto en un ataúd en Egipto”. José se había hecho muy egipcio y quiso ser enterrado allí y no en Canaán donde sus padres y abuelos descansaban. La única noticia histórica escrita de que disponemos en nuestros días sobre la forma en que se practicaba el embalsamamiento en el antiguo Egipto, procede del historiador griego Heródoto, que en su Historia nos cuenta lo que presenció y oyó durante su estancia en la zona, afirmando que en aquel país, cuando moría un hombre de alguna consideración, todas las mujeres de la casa se embadurnaban de barro la cabeza y la cara. Después, dejando al muerto en la casa, vagaban a través de la ciudad golpeándose, sujetándose el vestido a la cintura, con los senos descubiertos y con ellas todas las mujeres de la familia. Por otro lado, los hombres se golpeaban también, con el vestido sujeto a la cintura. Cumplidos estos ritos, se llevaba el cuerpo para hacerle embalsamar (es tin tarígeusin). El griego tarígeusis es la operación que consiste en macerar el cuerpo en natrón, para llegar a momificarlo. Las momias egipcias han sido famosas por muy diversas razones. En primer lugar por las historias de grandes tesoros que han llevado aparejadas consigo y que motivaron desde la antigüedad el robo de sepulturas para obtener oro, piedras preciosas u objetos funerarios que constituían el ajuar codiciado por anticuarios, arqueólogos, coleccionistas y museos de todo el mundo. Otro motivo de su fama son las leyendas e historias que han llevado asociadas (momias resucitadas, maldición de los faraones), las excavaciones arqueológicas a que han dado lugar y sobre todo porque durante la Edad Media el polvo de momia era un ingrediente de uso constante en las boticas de todos los países de Europa, atribuyéndosele propiedades terapéuticas, lo que provocó una verdadera invasión de momias falsas preparadas por comerciantes inescrupulosos de El Cairo y Alejandría. Y es que el tráfico de momias fue constante desde Egipto hasta los puertos del Mediterráneo. Pero contra lo que muchos creen, la palabra momia no es egipcia. Ni siquiera es el nombre que allí se daba a los cuerpos embalsamados. La palabra momia deriva del árabe ‘mumia’ que significa betún, y en persa la palabra ‘mumiai’ que significa asfalto. Esta palabra, pues, se encuentra ya 1.000 años antes de Cristo. Dioscórides (médico de la antigua Grecia) dice que la substancia llamada momia se encuentra en la región de Apollonia (hubo varias ciudades con este nombre, pero es probable que se refiera o a la Apollonia de Palestina, entre Cesárea y Joppe, sobre cuyas ruinas se levanta hoy la ciudad de Arsuf; o a la Apollonia de Cirenaica, hoy Marsa Suza, patria de Eratóstenes el geógrafo), en donde masas compactas de betún o asfalto son arrastradas por los ríos procedentes de lechos petrolíferos que afloran bajo las aguas. Por su parte, Ibn-el-Beitar, célebre médico árabe, menciona a Dioscórides y dice que mumia o mumiya o betún de Judea es en efecto la substancia que arrastran algunos ríos y también la substancia con que los griegos bizantinos y los egipcios conservan sus cadáveres. El betún de Judea procedía del lago Asfaltites. La palabra egipcia para designar a una momia era sähu y la técnica para convertir un cadáver en momia se decía ges que significa vendar o envolver con vendas. El motivo de que se preocupasen tanto por conservar los cadáveres procede de sus creencias religiosas según las cuales el ser humano estaba compuesto de un cuerpo vivo o khet y una parte espiritual divina llamada ka, un espíritu akh y una segunda alma o principio vital llamado ba. Cuando moría y quedaba embalsamado era zet. Para que el ka pudiese llegar a obtener la felicidad eterna, era necesario conservar perfectamente el cadáver. De ahí surgió la técnica del embalsamamiento entre los egipcios aunque no se sabe cómo se originó, si se trató de un procedimiento inventado por ellos o bien fue traído de otras regiones de Oriente. Lo que es cierto es que la antigüedad de esta práctica en Egipto se remonta a más de cinco milenios, aunque no siempre se ha realizado del mismo modo. Teta, el segundo monarca de la Dinastía I (4366 a. de C.) ya escribió un tratado de anatomía y era hábil farmacéutico. De esta época se encuentran esqueletos pero no momias. No obstante, los esqueletos muestran huellas de betún o asfalto. El perfeccionamiento del método fue producto de la práctica y el tiempo. Algunos autores han pensado que el conocimiento de la técnica de embalsamar procedía de otros pueblos de Oriente. (Los chinos conocieron el embalsamamiento hace más de cinco mil años.) Cuenta Heródoto que “hay gentes establecidas para realizar este trabajo de embalsamar y a quienes pertenece esta industria. Esta gente cuando se les lleva un cadáver a la Casa de la momificación o Per Nefer o Casa de la Purificación (wabet), muestran a los familiares los modelos de momias en madera pintada al natural. Explican que el embalsamamiento más cuidadoso repite lo que hizo Anubis que embalsamó a Osiris”. Y sigue diciendo: “Tengo escrúpulo en pronunciar su nombre en semejante circunstancia; muestran a continuación el segundo modelo, inferior al primero y menos costoso; después el tercero, que aún es de precio más bajo. Una vez dadas estas explicaciones preguntan al cliente qué modelo elige para prepararles el cuerpo. Cuando los clientes se ponen de acuerdo con ellos en el precio, se retiran. Los embalsamadores quedan en sus talleres y proceden como sigue para el más cuidadoso embalsamamiento. Primero con ayuda de un hierro encorvado, extraen el cerebro por la nariz, en parte por la operación con este hierro, en parte gracias a las drogas que vierten dentro de la cabeza. Enseguida con una piedra de Etiopía muy afilada (probablemente un cuchillo de obsidiana) hacen una incisión a lo largo del flanco y sacan todos los intestinos que purifican con vino de palma una primera vez y luego una segunda vez con substancias aromáticas diversas molidas”. Estas vísceras se ponían en cuatro vasijas de piedra o alabastro cuyas tapaderas representaban las cabezas de los cuatro hijos de Horus: Amset, Hapi, Tiumantef y Khebenef que eran los genios funerarios protectores de los diversos órganos (cabeza humana, de cinocéfalo, de chacal y de gavilán). Estas vasijas se llamaban vasos canopes, en honor al dios Canope, que fue el Almirante de la flota mitológica que llevó a Isis y a Osiris a la India. Satisfechos estos de sus servicios, le deificaron. Y continúa explicando Heródoto: “Después, llenan el vientre de mirra pura molida, de canela y de otras substancias aromáticas, con excepción del incienso y luego lo cosen (suturan). Hecho esto, salan el cuerpo recubriéndolo con natrón (carbonato de sodio decahidratado) que se encontraba en los lagos de Uad-en-Natrum, en cuyas aguas estaba a saturación. Así quedaba el cuerpo recubierto durante setenta días. No debían dejarlo más. Transcurrido ese tiempo, lavan al muerto, envuelven todo su cuerpo con vendas hechas de un tejido debyssos (lino muy fino), con una capa de goma (en griego, komi, y en egipcio, gomi) que los egipcios emplean ordinariamente en lugar de cola. Se entrega entonces a los parientes. Se les hace después un estuche de madera de forma humana. En él encierran al muerto y así lo guardan en el interior de una cámara funeraria, donde lo colocan de pie contra el muro. He aquí cómo los embalsamadores tratan a los cadáveres para los cuales se hace mayor gasto. Con los que quieren el tratamiento medio y desean evitar grandes costes, actúan llenando jeringas de líquido graso que obtienen del enebro cade (Juniperus oxycedrus) y rellenan con él el vientre del muerto sin abrirle ni retirar las entrañas, inyectándolo por el ano e impidiendo que salga por donde entró. (Para ello les taponaban el ano. En ocasiones la incisión se practicaba en el mismo ano extrayéndole por allí los intestinos y substituyéndolos por lana y resina una vez limpiada la cavidad.) Después le ponen en sal durante el número de días prescrito. El último día de ellos, hacen salir del vientre el aceite de enebro que habían introducido. Tal es su fuerza que arrastra consigo los intestinos y las vísceras diluidas. En cuanto las carnes son disueltas por el natrón, no queda del muerto más que la piel y los huesos. Una vez hecho esto, los embalsamadores devuelven el cuerpo sin preocuparse de más. Y he aquí el tercer género de embalsamamiento, aplicado a los más pobres: se purifican los intestinos con syrmaia (un desinfectante vegetal no identificado), se coloca en sal durante setenta días y el cuerpo se entrega para que lo lleven los familiares. (Como curiosidad añadida, relata seguidamente que…): Las mujeres de los personajes no son entregadas enseguida después de morir al embalsamador, ni tampoco las mujeres muy bellas, ni las que estaban bien consideradas, sino solamente dos o tres días después de muertas es cuando se las envía a los embalsamadores. Si actúan así es para impedir que estos cohabiten con ellas, pues se dice que uno fue sorprendido cuando tenía unión carnal con el cadáver de una mujer muerta recientemente, debido a la denuncia de un colega suyo”. Las ideas religiosas de los egipcios les exigían la conservación del cuerpo de sus muertos ya que el espíritu se separaba solamente por un tiempo reencarnándose en un ave. Pero esperaban que, terminado su peregrinar, algún día volviera al cuerpo que lo albergó. Y si no lo encontraba, se extinguiría el ka. Para el embalsamamiento de faraones y grandes personajes había especialistas más exclusivos y además requerían complicadas ceremonias religiosas. Se substituía el corazón por el escarabajo sagrado y se hacía el aseo personal del cadáver pintándole y dejándole el aspecto más parecido al que tenía en vida. Toda una industria y artesanía floreció en torno al embalsamamiento, formada por artistas constructores de sarcófagos, talladores de piedra y alabastro, granito, gneiss o arenisca, pintores, fundidores de mascarillas de oro… y otros. Otra región donde el embalsamamiento alcanzó gran perfección y donde estuvo generalizado fue el antiguo Perú y la zona bajo su influencia (Ecuador, Bolivia y norte de Chile). Todos los cronistas españoles de Indias que vivieron en aquellas regiones han contado la costumbre que tenían los incas de practicar la conservación del cadáver por medio de técnicas de embalsamamiento que conducían a la momificación. La elaboración del “bulto peruano”, como se llamaba a la momia preparada, era de lo más complicado. El cuerpo se desecaba y esterilizaba con bálsamo del Perú (Miroxylon peruiferum) y otras diversas substancias vegetales. Además, en algunas zonas del Perú se utilizaba arena del desierto de Atacama. Cieza de León, el Padre José de Acosta y otros cronistas, relatan cómo los cuerpos de los antiguos reyes o incas se conservaban en los templos “tan enteros y bien aderezados con cierto betún que aparecían como vivos; los ojos tenían hechos de una telilla de oro… y estaban tan sanos y no les faltaba cabello como si muriesen aquel mismo día, habiendo más de sesenta u ochenta años que habían muerto”. Estas momias de sus reyes eran sacadas de los templos en procesión por las calles del Cuzco los días de sus fiestas. Pero a la mayoría de sus momias las enterraban en cavidades (chulpas) o bajo la arena como en Paracas, envolviéndolas en varias mantas hechas de bellos tejidos multicolores con dibujos muy artísticos. Todo ello bien cosido, hacía que el cadáver así envuelto pareciese un paquete, de ahí el nombre de “bulto” que recibieron. En cuanto a los guanches de Gran Canaria (España), untaban los cadáveres con manteca y sebo, ahumándolos después. Los dejaban en arena quemada durante quince o veinte días o en piedras volcánicas absorbentes de la humedad llamadas “malpaíses” en las que tallaban una cavidad para introducir el cuerpo, que luego recubrían con la misma piedra volcánica molida. A los que eran jefes los ponían en cuevas envueltos en siete capas de cueros de corderos tratados como badana, lo que les libraba de la humedad. En muchos lugares de América se recurría a otros procedimientos para momificar el cadáver. Una de las primeras noticias sobre la conservación de cadáveres la encontramos en los relatos de Cristóbal Colón. Cuenta su hijo Hernando (1537) en su ‘Vida del Almirante Don Cristóbal Colón’ cómo su padre tomó notas, que él transcribe en su libro biográfico, sobre la manera que tenían los indios de La Española y otras islas de preparar a sus muertos, especialmente a los caciques, abriendo el cuerpo y secándolo al fuego como mojama para que se conservase entero. En otras ocasiones solamente conservaban la cabeza. Gonzalo Fernández de Oviedo, en su ‘Historia Natural y General de las Indias’ cuenta cómo los indios cuevas momificaban a sus caciques, también ahumando el cadáver a fuego lento de manera que la grasa y la humedad fueran desapareciendo y consumiéndose. Así desecados, eran colocados en casas especiales donde los conservaban. Antonio de Herrera cuenta que durante el cuarto viaje de Colón, su hermano Bartolomé, cuando llegaron a lo que hoy es Bocas del Toro y Bahía del Almirante (en Panamá, como se llamó en honor del gran descubridor de América), vio “dentro de las casas, que eran de madera, cubiertas de caña, sepulturas donde estaban cuerpos muertos, secos y mirrados, sin ningún mal olor, envueltos en mantas o sábanas de algodón”. En Oceanía también conocieron técnicas de momificar cadáveres y dejarlos incorruptos. En Nueva Zelanda, Hawái, Mangareva, Tahití, Islas Marquesas y Australia, con ligeras variantes, todas las culturas que allí habitaron sabían tratar los cuerpos para evitar la corrupción. En Nueva Zelanda conservaban tan solo las cabezas de las que eliminaban el cerebro y cerebelo por el agujero occipital rellenando el cráneo de substancias aromáticas y cáñamo. En el resto de las islas utilizaban masajes y frotaciones del cadáver con aceite de coco dejándolo secarse al sol, envolviéndolo más tarde con vendas y fibra de cocotero, depositándolo en cuevas. En algunas islas, lo llevaban en canoa mar adentro y lo tiraban al agua. Entre algunas tribus de Ecuador, Perú, Colombia y Venezuela, como son las de los jíbaros, acostumbraban a reducir solamente las cabezas de sus enemigos para conservarlas como trofeo o talismanes mágicos. La técnica que utilizaban comenzaba quitando la piel y el cabello, es decir “deshuesando”. Los huesos no se reducen, sino tan solo la piel. Entonces esa piel de la cara y cuero cabelludo es cosida como una bolsa, obturando con puntos las aberturas palpebrales (”de los párpados”), nariz y labios así como la parte posterior que fue previamente seccionada para retirar el hueso. Esa “bolsa” de piel es hervida primeramente en agua que mezclan con cortezas y plantas ricas en tanino y con el jugo astringente del “chinchipi” que es una liana tropical. Más tarde se saca y rellena de arena y piedras redondas calientes que se van cambiando según se van enfriando. Mezclan otras plantas para acelerar el proceso y así van secando el conjunto. La piel se va encogiendo hasta llegar a tomar el tamaño de un puño. Queda como cartón piedra ennegrecida por el humo de “chamiza”, otra hierba que queman constantemente debajo de la cabeza en preparación. Toda la ceremonia va acompañada de cantos, oraciones y conjuros. Al producto terminado, la cabeza reducida, la llaman tzantza, que es la palabra de la lengua jíbara para denominar a la cabeza momificada y reducida.

La naturaleza también juega su propio papel
Otra forma de conservación de los cadáveres es por medio de la congelación. De todos es conocido que en medio de los hielos perpetuos del permacongelamiento (‘permafrost’) siberiano se han conservado mamuts y elefantes lanudos magníficamente durante millones de años. Cuando fueron encontrados, todavía albergaban en el estómago la última comida que hicieron y su carne era perfectamente comestible. En los páramos de Venezuela, en las alturas cubiertas de nieves eternas han aparecido de vez en cuando cuerpos congelados entre los hielos, correspondientes a sujetos muertos hace varios cientos de años, lo mismo que en tumbas de las regiones polares. A estos cadáveres se les ha llamado “los emparamados”, y se pueden ver todavía extraordinariamente conservados como si hubieran muerto en tiempo reciente. Toda putrefacción se ha detenido en ellos, son cuerpos incorruptos. Hoy se utilizan técnicas de crionización o congelación en nitrógeno líquido a 150º bajo cero. Pero como vemos, existen otras formas de conservación de cadáveres en las que no interviene la técnica humana y que hacen quedar al cuerpo incólume. Recordemos que el hecho más aparentemente inexplicable (por razones naturales), de que algunos cuerpos no se descompusieran, no penetrase en ellos la putrefacción y al pasar de los años se conservasen tal como estaban en el momento de la muerte, se atribuyó a causas sobrenaturales, sobre todo entre los cristianos, creyendo que era un signo de santidad tal incorrupción. Pero esto puede suceder por dos caminos opuestos, quedando el cadáver con un notable grado de semejanza a como era en vida. Los dos caminos son la sequedad y la humedad. La sequedad produce la momificación mediante un proceso de desecación (espontánea o natural) que impide la putrefacción y descomposición del cadáver. Puede ser total o parcial. Este fenómeno se da en algunos lugares como son las criptas de algunos monasterios donde la sequedad del ambiente y la ausencia de insectos, unido quizás al hecho de que el cuerpo estaba emaciado tras larga y consuntiva (”que produce un cansancio o una delgadez extrema”) enfermedad, exento de grasa y a la existencia de un medio interno adecuado para destruir las bacterias responsables de la putrefacción, permite que el cuerpo se deseque en forma natural conservándose incorrupto por tiempo indefinido. Sucede con mucha frecuencia en cadáveres enterrados en cementerios de nichos. Otro camino, opuesto al anterior, y quizá paradójico, es cuando el cadáver queda en un ambiente de humedad relativa, pero estéril. Se produce el fenómeno llamado “adipocira” (de adipós, grasa, y cira, cera). Consta de varias fases o momentos evolutivos: la saponificación que consiste en una transformación de los tejidos en jabones por hidrólisis de las grasas. Sigue a ésta una segunda fase llamada fase plástica, durante la cual las partes blandas se transforman en un material parecido a la plastilina, desapareciendo las estructuras microscópicas, pero manteniéndose la forma y el aspecto exterior. La piel queda elástica convirtiéndose en una especie de badana como si la hubiesen curtido. Aún hay otras fases posteriores, aunque menos frecuentes. Consiste en la transformación de los tejidos en cera, auténtica cera como la de una vela derretida, que mantiene la forma de los órganos con gran precisión. Queda a veces tan perfecta que se pueden diagnosticar al cabo de los siglos hasta las cicatrices que tenía en la piel el sujeto. La transformación del adipocira en cera cadavérica es lo que ha dado origen a la creencia de que hay cuerpos incorruptos debido a causas sobrenaturales. Durante las excavaciones que se hicieron en el Cementerio de los Inocentes de París por el Dr. Fourcroix, se hallaron centenares de cuerpos incorruptos en las fosas comunes donde se almacenaban hacía siglos miles de cuerpos apilados. Fue este autor el que describió por primera vez el adipocira como un fenómeno natural aunque no pudo comprender todavía la razón fisiológica ni química del mismo. Durante las exhumaciones realizadas en Japón y Hawái donde se enterraron los cuerpos de los soldados norteamericanos muertos durante las guerras de Corea y Vietnam, el Dr. Thomas D. Stewart y los equipos que con él trabajaban hallaron centenares de cuerpos incorruptos en diversas fases de adipocira debido a la humedad del suelo donde estuvieron enterrados. Un fenómeno de conservación natural también que puede producirse espontáneamente en determinadas circunstancias es la corificación o transformación de la piel y tegumentos en un cuero de una dureza casi pétrea. Aún puede darse otro caso y es la petrificación o transformación de las partes blandas en un material pétreo como roca o como una estalactita, debido a la infiltración por hidroxiapatita y carbonato cálcico. Este fenómeno se puede presentar en cuerpos depositados en cuevas kársticas con infiltraciones de agua y sales. Aunque es un fenómeno raro, sin embargo es posible como forma de conservación natural. La posibilidad, pues, de que haya cuerpos incorruptos depende de factores ambientales y factores internos del cadáver y si ambos coinciden, no es de extrañar que este fenómeno se presente sin necesidad de achacarlo a nada sobrenatural, tendencia por otra parte que tiene el ser humano al no poder comprender la razón de ciertos fenómenos.

José M. Reverte

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