Oro, de la medicina a la belleza

Oro, de la medicina a la belleza

Oro, de la medicina a la belleza (Un recorrido histórico)

El empleo medicinal del oro (aun en cantidades minúsculas) no es ciertamente un hecho novedoso. A finales de la década de los años veinte del pasado siglo, un balneólogo francés daba a sus pacientes inyecciones de oro destinadas a combatir el reumatismo. Sin duda eran muy eficaces… sobre todo desde el punto de vista del médico. Sin embargo, el oro fue empleado como droga de carácter medicinal ya en tiempos de Plinio. Posteriormente, los médicos árabes lo convirtieron en el eje de toda su farmacopea. La terapia medieval preservaba cuidadosamente las tradiciones. Era simple cuestión de lógica; el rey de todos los metales “necesariamente debía poseer mayores poderes curativos que las sustancias innobles”.

La panacea favorita, casi universal, era el aurum potabile, el oro potable. Cuando aludían a sus efectos, los médicos se dejaban dominar por líricos transportes. Generalmente se lo usaba como cordial (que fortalece el corazón), pero también era eficaz contra otras perturbaciones. Una cuenta conservada en los archivos de la corte de Luis XI demuestra que los médicos emplearon oro líquido para curar la epilepsia del monarca; y las recetas ordenadas insumieron la cantidad de noventa y seis monedas de oro.

Marsilius FicinusEl oro potable era preparado de muchos modos distintos. En ‘De triplici vita’ (de Marsilio Ficino -publicado en 1489-) aparece una receta; fue preparada para el rey húngaro Matthias Corvinus: “Todos los autores afirman que el oro es, entre todas las sustancias, la más suave y menos sujeta a corrupción. Debido a su brillo está consagrada al Sol; su suavidad la subordina a Júpiter; por consiguiente, es capaz de moderar milagrosamente con su humedad el calor natural y de impedir la corrupción de los humores corporales. Es capaz de introducir el calor del sol y la tibieza de Júpiter en las diferentes partes del cuerpo. Con este fin es necesario refinar la sustancia extremadamente dura del oro y facilitar su absorción. Es bien sabido que las pociones que influyen al corazón son las más efectivas, si se consigue mantener sus virtudes. Con el fin de que el organismo sufra lo menos posible, han de administrarse las más pequeñas cantidades, y con la mayor cautela. Sería más aconsejable que se prepare oro líquido libre de toda sustancia extraña. Pero hasta ahora ello solamente es posible si se fragmenta el metal o se lo bate hasta transformarlo en hojas de oro.” Veamos cómo es posible obtener oro potable: “Tómense flores de borraja, buglosa y melisa (al que denominamos Bálsamo común) cuando el Sol está en el signo de Leo. Hiérvanse las flores juntamente con azúcar blanca disuelta en agua de rosas; por cada onza del cocimiento agréguense tres hojas de oro. Ha de tomárselo con el estómago vacío, en pequeña cantidad de vino de color dorado.” Atribuíase mayor eficacia al oro si se lo calentaba a fuego lento antes de agregarlo al cocimiento. Pero debía ser oro puro, no adulterado. El oro húngaro (particularmente las monedas del rey Matías, con el cuervo de su escudo de armas) gozaba de la más elevada reputación. Se lo utilizaba también como remedio contra la ictericia, pues los médicos consideraban simplemente lógico que la enfermedad que tornaba amarillo al paciente debía ser curada mediante un metal amarillo; del mismo modo que los puntos rojos del sarampión cedían más rápidamente cuando se envolvía al enfermo en sábanas rojas.

Tanto en el caso del sarampión como en el de la viruela el oro desempeñaba un papel curativo. ¿Acaso había algo mejor para impedir las feas marcas faciales que el oro, el cual -como todo el mundo sabía- era un maravilloso cosmético?

Alrededor de 1726 se acuñaron en Francia nuevas monedas de oro. Los especialistas en belleza aconsejaron a las damas frotarse los labios con esas monedas. Pues, según afirmaban, el oro atraía la sangre, y los delicados labios cobrarían un hermoso color sin necesidad de apelar al lápiz labial.

Estatua de Kelemen Mikes (político y escritor) en su ciudad natal, ZágonUna teoría semejante recomendaba el oro para las mujeres bellas que habían enfermado de viruela. Una delgada hoja de oro era aplicada sobre el rostro de la paciente; el estelar efecto del oro debía impedir la maligna obra de destrucción de la viruela. Ese fue el método aplicado a la mujer del conde Nicholas Bercsenyi, segundo jefe del príncipe Francis Rákóczi en la lucha de los húngaros contra los Habsburgo. Desgraciadamente, el resultado no fue muy bueno. Kelemen Mikes, secretario de Rákóczi y amanuense, que escribió una larga y brillante serie de cartas desde el exilio que sufrió entre los turcos el príncipe derrotado, informó el 28 de diciembre de 1718: “Las damas de calidad reciben tratamiento distinto del que se aplica a las mujeres comunes. Tan pronto como la condesa cayó enferma, se reunió un ejército de médicos; y cada uno tenía su propia opinión sobre el modo de impedir las señales de la enfermedad y de preservar la belleza de la dama. Uno de ellos aconsejó cubrir de oro el rostro de la enferma. Aceptóse el consejo; fue cubierta con hojas de oro, convirtiéndola en una imagen viviente. Después, debió permanecer recluida cierto tiempo, pero al fin fue preciso quitar el oro; pues no podía caminar con el rostro dorado, y además sus mejillas rojas eran más bellas que las doradas. Se presentó entonces el dilema: ¿Cómo eliminar las hojas de oro? Ni aguas ni pociones daban el menor resultado; finalmente, fue preciso usar agujas para liberar las mejillas; tuvieron éxito en todo, menos en las hojas que cubrían la nariz, donde el oro se había secado de tal modo que la tarea resultó casi imposible. Al fin lo lograron, pero la piel conservó un tono oscuro. Razón por la cual a nadie aconsejo que se deje dorar la cara.”

La terapia áurea tuvo muchas otras variantes. Los convalecientes masticaban delgadas hojas de oro para recuperar fuerzas. Los antiguos venecianos sazonaban sus comidas con limaduras de oro. Las verrugas de Luis XIV fueron eliminadas por el doctor Vallot con “aceite de oro”. Y el doctor Cabanés nos informa que el noble metal fue empleado a veces con fines más vulgares: como ingredientes de lavativas o enemas.

Es difícil descubrir para qué servía el perfume de oro. Fue inventado por un orfebre de París llamado Tritton de Nanteville. Los diarios alemanes le consagraron cierta atención en 1766, pero negaron todo valor práctico a la invención… probablemente por envidia nacionalista.

Algunos médicos prudentes temían que el oro, tomado directamente, pudiera perjudicar al paciente. De modo que inventaron un método sumamente ingenioso con el fin de aplicarlo indirectamente. Mezclaron limaduras de oro en el alimento de las gallinas. A éstas les tocaba afrontar el riesgo, y poco importaba si el oro las perjudicaba; cuando llegara ese momento, la carne del animal habría absorbido la “virtud” del metal y el ave sería sacrificada. La carne de la gallina así alimentada era un medicamento tan efectivo como cualquier otro preparado a base de oro. Pero se prevenía al paciente que no debía comer la molleja. No porque pudiera perjudicarle, sino porque quizás contenía un poco de oro, utilizable nuevamente. Por la misma razón, debía mantenerse a la gallina en una jaula, no fuera que el pródigo animal malgastara el precioso metal entre las flores del campo.

Samuel KoleseriToda la terapia áurea fue quizás resumida en una frase por Samuelis Köleseri, que publicó en 1717, cuando más difundida se hallaba esta manía, un libro titulado ‘Auraria Romano-Dacica’. Allí decía: “¿Qué correspondencia guardan en medicina el Valor y la Eficacia? Todo esto se parece a la lógica del joven campesino cuyo padre enfermó. El hombre deseaba dar al anciano algún alimento exquisito. De modo que compró un canario de hermosa voz y lo frió para su doliente padre.” Pero, quién sabe… Dicen que Cleopatra ya usaba mascarillas de este metal con la esperanza de que tuviese efectos rejuvenecedores y, como si de un milagro novedoso se tratase, actualmente ya son varios los tratamientos de belleza que cuentan con tan dorado elemento como aliado. Así, se afirma que el oro posee efectos antioxidantes, antibacterianos e hidratantes y, además, consigue añadir firmeza, luminosidad y vitalidad a la piel. Vamos, que si antes era valioso, ahora este precioso elemento químico es casi un prodigio de la naturaleza.

Oro, de la medicina a la bellezaLa opción más fácil es la de escoger una crema que contenga el oro entre sus ingredientes. Existe una amplia gama de productos cosméticos antiedad de grandes marcas con este componente como principal activo. Aunque otra manera de ser una ‘mujer dorada’ es aplicarse una mascarilla de oro de veinticuatro quilates. Se puede optar por acudir a uno de los numerosos centros de estética que cuentan con este tratamiento, que normalmente va acompañado de peeling, masaje y sesión de radiofrecuencia.

Una exfoliación con polvos de oro es un lujo que no todo el mundo tiene la fortuna de poder permitirse, método para lucir una piel envidiable. Pero si lo que buscamos es un tratamiento específico de rejuvenecimiento, lo mejor que podremos hacernos es un injerto de hilos de oro. Pequeñas incisiones nos serán realizadas en una intervención de apenas una hora en la que se necesitará de anestesia local. El efecto dura entre cinco y diez años.

Aunque eso de ‘vale su peso en oro’ se pone de manifiesto en los precios de estas exclusivas técnicas. Un capricho digno efectivamente de faraonas ya que recomiendan que si no se va a seguir el tratamiento completo no se realice, pues con una o dos sesiones no se podrán apreciar demasiado los efectos sobre nuestra piel. O todo o nada, pues. ¿Te atreves a vivir tu época dorada?

Raquel Fernández | Colaboradora

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