Leys

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En verano de 1921 el británico Alfred Watkins, abogado y dueño de una destilería, paseaba a caballo por las colinas Bredwardine de Hereford cuando tuvo la súbita intuición de que un gran número de yacimientos arqueológicos, iglesias, montes, monolitos, etc., parecían estar dispuestos en línea recta, y se le ocurrió que todo el país estaba recubierto de una red de tales líneas, a las que llamó leys, palabra derivada de la terminación ‘lea’ o ‘leigh’ que abunda en los toponímicos ingleses y que según Watkins significaba “sendero en la hierba”.

Alfred WatkinsWatkins teorizó que las leys eran los restos de antiguos caminos asociados principalmente con el comercio de la sal, y aducía que en las comarcas más boscosas podían encontrarse caminos transitables tomando como referencia las cimas de los montes y observando marcas tales como promontorios, monolitos y demás por el estilo.

Sorprendentemente, la ingenua proposición de Watkins, detalladamente expuesta en su obra ‘The Old Straight Track’, publicada por primera vez en 1925, suscitó una reacción violenta por parte de la arqueología oficial. (La revista Antiqllity incluso se negó a insertar un anuncio del libro, diciendo que era la obra de un chiflado.) Pero la controversia no perjudicó a la popularidad del mismo ni frenó la difusión de la teoría de Watkins. Incluso se creó un “Straight Track Postal club” cuyos miembros se comunicaban por correspondencia sus observaciones sobre las leys. Pronto se puso de manifiesto que las observaciones iniciales de Watkins recibían amplia confirmación. En todo el país se descubrían alineaciones rectilíneas.

Pero aunque Watkins tuviese razón en cuanto a la existencia de las leys, cada vez se dudaba más de su teoría acerca de la naturaleza de las mismas. A finales de los años treinta el comandante F.C. Tyler observó que con frecuencia las leys estaban constituidas por dos líneas paralelas. Si servían para marcar sendas prehistóricas, ¿por qué necesitaban los viajeros dos líneas, ambas trazadas en la misma dirección? Y cuando la búsqueda de las leys prescindió del terreno y recurrió a los mapas del Catastro, se reveló en seguida que las viejas rectas leys se combinaban a menudo para formar figuras geométricas exactas.

Pero esto no fue todo, porque los mapas a mayor escala manifestaron que algunas de las principales leys británicas se prolongaban y continuaban en el continente europeo. Fueran lo que fuesen aquellas líneas desde luego no eran caminos.

¿Qué eran entonces? Muchos incrédulos afirmaron que no eran nada, que cuando alguien toma la decisión arbitraria de unir en un mapa una serie de emplazamientos tomados al azar, no dejarán de hallarse algunos en línea recta aunque sea por mera casualidad. Es por eso que los buscadores de las leys reaccionaron sentando criterios más exigentes. Una ley no se consideraría como tal, a menos que uniese un mínimo de cinco emplazamientos, y que todos estos fuesen genuinamente antiguos. De esta manera se reducía la probabilidad de asociaciones ficticias a tal punto, que pudiese considerarse totalmente descartada. Y aun con todo, las leys se negaron a desaparecer.

El escritor John Mitchell señaló la estrecha similitud entre las líneas leys europeas y los lung mei o “caminos del dragón” de China, que se supone dirigidos a concentrar energías físicas sobre la persona del Emperador. Más cerca de nuestros pagos, otros investigadores descubrían por su cuenta la existencia de un definido aspecto energético en ciertos emplazamientos de gran antigüedad. Los zahoríes Robert Boothby y Reginald Smith descubrieron, por ejemplo, que bajo los túmulos prehistóricos suele hallarse, en toda su longitud, un recorrido de agua subterránea. Otro zahorí, Guy Underwood, no sólo confirmó este detalle sino que además detectó una amplia gama de efectos de energía –algunos asociados con las corrientes subterráneas y otros no- en los círculos de menhires y otros yacimientos megalíticos. Que estos efectos eran auténticos, lo confirmaron los físicos, como el profesor John Taylor y el doctor Eduardo Balinovski, de la universidad de Londres, que utilizaron un medidor de campos magnéticos en proximidad de un megalito del sur de Gales, y lo hallaron rodeado de un efecto magnético espiral.

LeysLas líneas Ley (líneas de luz, líneas de energía, líneas espirituales -entre otros nombres-) serían, pues, unas alineaciones de energía, que habrían sido construidas con algún propósito desconocido por pueblos prehistóricos, y que se localizarían en la mayoría de los lugares sagrados del mundo. Entre las teorías sobre el posible origen de estas supuestas fuentes o puntos focales se cuentan la arquitectónica y la de la Geometría sagrada, entre otras. Otros autores piensan que dichos puntos serían de origen natural y producidos por corrientes subterráneas, o líneas espirituales de acceso y salida para toda clase de manifestaciones paranormales.

En la actualidad, el trazado y las cartografías de estas líneas son usados por diversas corrientes religiosas o de pensamiento como la Nueva Era, la ufología, el esoterismo o el ocultismo afirmando que en las intersecciones de las líneas ley (puntos vórtices) existen puntos de resonancia de energía especial para el psiquismo y la magia. Dichos puntos energéticos están fuertemente asociados con las fuerzas electromagnéticas naturales que se pueden observar o sentir en diferentes puntos de gravedad en la tierra (en muchos lugares la gravedad es inversa).

Otros estudios esotéricos especulan sobre entidades alienígenas y otras de origen espiritual que viajarían a través de estas líneas a modo de carretera. Y algunos investigadores del fenómeno apuntan a que todas las asociaciones esotéricas como la francmasonería, templarios, rosacruces, así como otros grupos, poseían el conocimiento de estas líneas, y siguiéndolas construyeron sus edificaciones, en sus planes de edificación Universal. Las capitales del mundo occidental, incluyendo las de América, siempre fueron –según esta hipótesis- construidas en los “centros de poder” (vórtices) de estas líneas, así como construcciones estratégicas gubernamentales, por eso las capitales de muchos países se encuentran en el centro de su territorio.

E. Martínez | Vidente

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