La religión y el mito a través del cine

La mitología a través de los ojos del cine

La religión y el mito a través de los ojos del cine

Desde el principio de los tiempos, el hombre se ha buscado a sí mismo en los mitos religiosos que adornan su acervo cultural, corriendo el riesgo de adornar los altares con los últimos jirones de su propia personalidad para reclamar la ayuda de un interminable desfile de deidades destinadas a servir como representación mística de la realidad. El resultado de sus desvelos religiosos no ha surtido siempre el efecto benéfico deseado tras la invocación de los poderes ultraterrenos, pero con frecuencia ha fomentado la imaginación de los narradores, dando a luz ingeniosas parábolas dotadas de un trasfondo ideológico en forma de reflexiones sobre el hombre, su naturaleza y la vida que ocultan tras una falsa ingenuidad de planteamientos, el terrible hecho de que el hombre no es capaz de enfrentarse a la terrible incógnita de su propia existencia y busca evadir el miedo a la nada absoluta y a su propia soledad como especie perdida en el universo acudiendo a un refuerzo espiritual que justifique su presencia en este mundo.

Para satisfacer estas dudas y temores, y también para calmar la perentoria necesidad de su ego, el hombre concibe la religión y el mito, adjudicándose siempre un papel de protagonismo singular en los planes de los dioses, que utiliza frecuentemente para justificar a las indomables fuerzas de la naturaleza, humanizando a los seres superiores con características propias como el odio, el amor, el orgullo o la codicia, creando un sinfín de montes Olimpos para acercar el infinito poder de los dioses a la realidad de los hombres. Esto se repite en todas las mitologías religiosas que nutren a la cultura humana de un saludable bagaje de símbolos y conjeturas sobre el origen y el destino de la especie humana, cuyo encuentro con los dioses es, junto con la división del bien y el mal, la base de toda creencia religiosa, y apunta en cierto modo hacia la idea de que en cada uno de nosotros habita siempre un dios y un diablo, suspendidos en precario equilibrio sobre ese abismo insondable que es la locura del hombre.

En los libros sagrados, desde el Corán hasta la Biblia, sin olvidar todos los textos de teología oriental, el libro de los muertos tibetano y su homónimo egipcio, la mitología griega y romana, sagas nórdicas y múltiples leyendas que sirven como religión a pueblos primitivos y tribus aborígenes del pasado y de nuestro propio presente, el narrador literario y cinematográfico encuentra un caudal interminable de argumentos que reúnen los elementos esenciales para fabricar una buena historia: romanticismo, aventuras de búsqueda de objetos sagrados, enfrentamientos del profeta, mártir o héroe con una variopinta fauna de seres que representan el mal y que con frecuencia no son, tal como pretende la tradición chamánica, sino una imagen de sí mismos, y el encuentro con lo imposible, representado por el rosario de milagros divinos que con uno u otro nombre se presentan en toda mitología o religión que se precie.

En el texto que sigue se aborda la influencia de distintas historias sagradas sobre la literatura y el cine, incidiendo especialmente en aquellas que nos resultan más próximas, como las diversas versiones de los mitos griegos y romanos y las adaptaciones del Antiguo Testamento, para finalizar con un breve repaso a diversas imágenes del cielo suministradas por el celuloide en títulos como Ghost, El cielo puede esperar, Always, Campo de sueños, Hecho en el cielo, etcétera, en las que destaca la puerilidad genuinamente americana disfrazada como candor fetichista.

Olimpicos
El primer puerto que nos vemos obligados a tocar en nuestra navegación por las procelosas aguas mitológicas de la pantalla grande se encuentra en la Grecia clásica, que además de inspirar a los grandes autores de su época ha servido como punto de partida para numerosas leyendas adaptadas al cine.

Zeus, amo y señor del monte Olimpo, residencia de los dioses griegos, es el epicentro de una mitología en la que seres todopoderosos como Afrodita, diosa de la belleza, la voluptuosidad y la fecundidad; Apolo, dios del sol; Ares, dios de la guerra; Eros, dios del amor; Deméter, diosa de las cosechas y de la agricultura; Gea, la madre tierra; Hades, del reino de los muertos; Hefestos, dios del fuego y de los metales; Morfeo, dios de los sueños; Pan, dios de los bosques y los pastores; Poseidón, dios del mar y de las aguas y un largo etcétera de personajes adornados con características propiamente humanas se muestran muy aficionados a entrar en contacto con los hombres, dando lugar a una nueva especie en el panteón griego compuesta por héroes como Hércules, fruto de la unión carnal entre la estirpe de los dioses y la especie humana.

Posteriormente, la mayor parte de estos personajes fueron fagocitados por la mitología romana, que los adaptó a sus propias necesidades sociales, cambiando alguno de sus nombres pero manteniendo en esencia las principales características de su personalidad sobrehumana.

Atila, el huno, una de las muchas epopeyas greco-romana que precede al peplum.El cine ha sabido explotar muchas de las leyendas heroicas que integran la mitología griega y romana, pero es posiblemente la cinematografía italiana de los años 50 y 60 del pasado siglo la que más ha contribuido a divulgar estas historias entre el gran público a través de lo que se dio en llamar “peplum”, epopeyas históricas protagonizadas por musculosos héroes de la antigüedad. A través de estas adaptaciones muy libres de la mitología clásica, el cine consiguió mostrar el avance experimentado en sus efectos especiales.

UlisesAlessandro Blasetti inauguró el género con Fabiola (1949), historia de amor y martirio en la Roma de Constantino, y tras el éxito de esta primera incursión en el mundo antiguo, los guionistas, productores y directores italianos desataron su pasión por la antigüedad en una nutrida lista de títulos dedicados a reflejar los fastos paganos de un pasado más glorioso que la actualidad del momento para una Italia que había vivido el fracaso de los sueños imperiales de Benito Mussolini tras la II Guerra Mundial, y se había visto obligada a soportar sus consecuencias. Soñar con las hazañas de los héroes históricos parecía muy propicio para un público al que el neorrealismo cinematográfico del momento ya le había robado la esperanza mostrándole el lado más oscuro de la realidad. Lejos estaban ya las colosales realizaciones cinematográficas inspiradas por el estado fascista del Ducce, pero el orgullo nacional permanecía intacto en Espartaco gladiador (1953), La reina de Saba (1952), Hombre o demonio (1955), Ulises (1954), con Kirk Douglas en el papel del aventurero griego, y Las esclavas de Cartago (1957), todas ellas plenas de una vitalidad motivada esencialmente por su deseo de acercamiento al gran público, que contribuyó con su aceptación en la taquilla a consolidar el género, dando lugar al genuino “peplum”, nombre acuñado por los críticos franceses para bautizar a esta novedad cinematográfica que se inaugura oficialmente con la película Hércules (1958), aunque su origen se remonta a los primeros años 50.

Por regla general, las mujeres insinuantes y seductoras desempeñaban en el peplum el papel del malDirectores que alcanzaron posteriormente singular prestigio, como Sergio Leone, Vittorio Cottafavi, Mario Bava, Ricardo Freda, etcétera, hicieron sus primeras armas en este subgénero épico rodado con pocos medios, en tiempo récord y con guiones y actores bastante deficientes, cuyo verdadero atractivo se debe a la esforzada labor de los decoradores por reflejar el esplendor del pasado y la espectacular concepción de los dibujantes encargados de realizar el cartel promocional de las películas.

El hercúleo Steve Reeves cuyas interpretaciones marcarían huella inolvidable en los amantes del géneroAdemás de iniciar este nuevo subgénero, Hércules consiguió recaudar más de cinco millones de dólares en Estados Unidos, poniendo de manifiesto que la aventura del “peplum” podía resultar verdaderamente rentable, y lanzó a su protagonista, el norteamericano Steve Reeves, que merced a su título de Míster Universo se situó como el precedente más claro de las meteóricas carreras hacia el estrellato protagonizadas tiempo después por actores como Arnold Schwarzenegger, Dolph Lundgreen, Lou Ferrigno y otros ejemplos del denominado “cine con músculo” que inunda con bíceps y testosterona los cines de nuestra época.

El ladrón de BagdadReeves volvió a encarnar al héroe griego en Hércules y la reina de Lydia, donde compartía protagonismo con un joven Ulises, y cosechó nuevos éxitos con películas de marcado carácter mitológico como Rómulo y Remo, La guerra de Troya, Goliath, El ladrón de Bagdad, etcétera.

La guerra de TroyaPronto otros héroes se incorporaron al Olimpo del “peplum”, apareciendo así Maciste, Ursus, Sansón, y otros representantes de la eterna lucha del bien contra el mal, este último representado con más frecuencia de la deseable por bellas mujeres y taimados consejeros de palacio.

Goliath, con el fabuloso Steve ReevesEl bien y el mal sirvió también como motivo argumental para otros títulos imprescindibles de estas sagas míticas, como La Atlántida, el continente perdido, La leyenda de Eneas, Hércules contra Molock, Thor el conquistador, Los gigantes de Tesaglia, Roma contra Roma, Los invencibles, El bacante, Goliath y la esclava rebelde, El asedio de Corinto, El coloso de Rodas, Maciste contra los monstruos, Herodes, el rey asesino, El triunfo de los diez gladiadores y La espada del vencedor, con Alan Ladd perdido en la épica lucha entre la familia de los Horacios y los Curiáceos desarrollada al principio de la historia de Roma. A todas ellas hay que añadir clásicos como Cabiria e Intolerancia, de David Wark Griffith, que contribuyeron a dar una primera imagen de la antigüedad a través de la pantalla grande en los tiempos pretéritos del cine mudo.

Furia de titanesSin embargo, dos de las adaptaciones más brillantes del Olimpo helénico son, sin duda, Jasón y los argonautas y Furia de titanes.

En la primera se nos narra el periplo de Jasón hacia la Cólquida, territorio remoto al que llega junto con sus compañeros de viaje, los argonautas, para robar el mítico Vellocino de Oro. La película contiene algunos de los momentos más espectaculares de la historia del cine fantástico, como el enfrentamiento de los héroes con un gigantesco androide metálico encargado de custodiar una isla, la lucha con el dios Poseidón o el combate con unos esqueletos, situaciones visualmente resueltas con notable habilidad por Ray Harryhausen, auténtico maestro de los efectos especiales que también participó activamente en Furia de titanes, la leyenda de Perseo y Andrómeda trasladada al cine con un reparto de estrellas encabezado por Laurence Olivier en el papel del propio Zeus.

El desafío de HérculesA mediados de los años 60 el “peplum” inició su declive definitivo, y con él la mítica del Olimpo griego y romano dejó de protagonizar aventuras en el cine, renaciendo sólo brevemente y a título anecdótico a través de la recuperación del personaje de Hércules, interpretado por Lou Ferrigno, el Increíble Hulk de la serie televisiva, en Hércules y La furia del coloso, y por Arnold Schwarzenegger en una patética parodia titulada Hércules en Nueva York.

Olivia Newton-JohnOtro apunte del Olimpo más reciente (sin entrar a valorar remakes modernos) es el de Xanadú, película musical protagonizada por Olivia Newton-John en el papel de una musa griega del arte enviada a nuestra realidad por Zeus para inspirar a un ilustrador de portadas discográficas. El principal atractivo de la película es su banda sonora, compuesta por la Electric Light Orchestra, y la balada interpretada por Olivia Newton-John junto al mítico Gene Kelly.

Bíblicos
Los diez mandamientos, una de las películas más memorables de Hollywood dirigida por Cecil B. De MilleAntes de que los cineastas italianos descubrieran el filón del “peplum” mitológico, Hollywood había explotado hasta la saciedad algunas de las historias y parábolas contenidas en el Antiguo Testamento bíblico, en un subgénero de epopeyas religiosas cuyo principal representante en la época dorada del cine norteamericano es sin duda Cecil Blount De Mille, cineasta de probada eficacia que inició su carrera en la época del cine mudo con superproducciones como Los diez mandamientos, y posteriormente consiguió adaptarse a los requerimientos narrativos del cine sonoro dirigiendo nuevas epopeyas bíblicas entre las que destaca especialmente el “remake” de su historia sobre Moisés, protagonizado por Charlton Heston y Yul Brynner, y la adaptación de la historia de Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamarr como principales protagonistas.

Escena de la apertura de las aguas, uno de los efectos especiales de la película de De Mille más recordadosSobre Los diez mandamientos cabe decir que se trata, tanto en su versión muda como en su versión sonora, de uno de los macroespectáculos más conseguidos de la historia del cine, definición práctica perfecta para lo que los americanos han dado en calificar como “epic” (épico). Todo es en ambas versiones un espectáculo total al estilo Hollywood, y si en la versión muda destaca la salida de carros egipcios en persecución de los judíos, en la versión sonora, producida como panfleto propagandístico del recién nacido Estado de Israel en un momento en que necesitaba recabar desesperadamente la simpatía internacional, lo que una vez más pone de manifiesto el poder del cine como reflejo de la realidad y los requerimientos sociales, y atestigua su poder como arma propagandística para practicar la demagogia a escala mundial, llama especialmente la atención una escena que se ha ganado a pulso el título de mítica dentro de la historia del cine, el momento en que un Charlton Heston convenientemente barbado imita a Moisés y consigue que las aguas del Mar Rojo reproducido en los estudios cinematográficos de California se abran para dejar paso a su pueblo errante y vuelvan a cerrarse para engullir, cual si se tratara de un gigantesco monstruo invocado por la furia divina, a los carros del faraón egipcio. Todo esto sucede tras unas escenas de auténtico terror jamás inspirado por el cine donde el espectador puede degustar el genuino sabor del miedo al contemplar las siete plagas de Egipto desatadas por Dios contra los recalcitrantes enemigos de su pueblo elegido.

Víctor Mature, el perfecto héroe bíblico de HolywoodSeis años antes de su segunda versión sobre Los diez mandamientos, Cecil B. De Mille ya había puesto en pantalla la ira de Dios dejando que Sansón derribara las columnas del templo sobre los idolátricos enemigos de Yahvé. Esto sucedió en Sansón y Dalila, un acercamiento al Antiguo Testamento que obtuvo el Oscar de 1950 al Mejor Vestuario y Mejor Decoración en color. La historia del forzudo héroe bíblico que se dejó arrastrar por la mundana tentación de la carne representada una vez más, como en el “peplum” pagano, por una mujer, Dalila, encarnada en la película por Hedy Lamarr, y perdió todo su poder al dejarse cortar los cabellos, conmocionó a un público poco acostumbrado a este tipo de leyendas, que no tardó en tener la oportunidad de familiarizarse con el texto bíblico acudiendo al cine para contemplar los refritos oportunistas del Antiguo Testamento que los comerciantes de Hollywood tuvieron a bien producir para llenar sus arcas.

El cine utilizó la antigüedad bíblica como pretexto para varias superproducciones entre las que destacan Salomón y la reina de Saba, con Yul Brynner sustituyendo en el papel protagonista a Tyrone Power, que falleció durante el rodaje de la película en España, y la italiana Gina Lollobrigida desempeñando el papel del mal, adjudicado habitualmente a las féminas en este tipo de historias; …

Tyrone Power representando al Rey Salomón y que nunca pudimos ver así en las pantallas

Curiosa y anecdótica imagen de Tyrone Power representando al Rey Salomón y que nunca veríamos así en las pantallas ya que el actor encontraría la muerte durante el rodaje

Sodoma y Gomorra… Sodoma y Gomorra, un intento fallido que propone la trágica historia de estas dos ciudades condenadas a sufrir la ira de Dios por los apetitos carnales de que hacen gala sus habitantes, reflejados con relativo papanatismo por Robert Aldrich y su ayudante en las tareas de dirección, Sergio Leone, y La Biblia, que tampoco obtuvo el éxito esperado a pesar de contar con un reparto salpicado de rutilantes estrellas y con un director como John Huston, que dotó a su recreación de los momentos más destacados del texto sagrado -Adán y Eva, Caín y Abel, la Torre de Babel, el Diluvio Universal, la destrucción de Sodoma y Gomorra- de un pintoresco sentido del humor, adjudicándose a sí mismo la tarea de interpretar al mítico Noé.

Otros intentos más recientes para rescatar la Biblia como inspiración cinematográfica fueron Moisés y Rey David. La primera es una producción para la televisión en la que Burt Lancaster encarna al enviado de Dios para sacar al pueblo elegido de Egipto. Menos espectacular y más realista -si es que se puede aplicar este adjetivo a la Historia Sagrada, que se sustenta esencialmente en el dogma de Fe- que Los diez mandamientos de Cecil B. De Mille, esta producción se extiende aún más en la historia del principio de la diáspora judía, que es en realidad una parábola sobre el camino iniciático que debe recorrer el hombre antes de ganarse el derecho a considerarse verdaderamente libre, y sobre los sacrificios que esperan a todos aquellos que se deciden a emprender el camino de la verdad.

Rey David, dirigida por Bruce Beresford y protagonizada por Richard Gere, actor que curiosamente encontró su camino espiritual en la vida real frecuentando la compañía de los lamas del Tíbet, es también una reconstrucción pretendidamente sobria de la trayectoria vital y espiritual de este soberano, que tras derrotar con su honda al gigante Goliath entró a formar parte de las leyendas bíblicas, arrastrando la soledad que acompaña de forma inevitable al no siempre grato oficio de profeta.

Frente al paganismo idolátrico de los héroes griegos y romanos, los reyes y profetas del Antiguo Testamento se presentan más próximos a la realidad corrupta del hombre, que a pesar de manifestar su creencia en una idea determinada de Dios se deja arrastrar hacia la telaraña de pecado con una insistencia que le lleva incluso a negarse a sí mismo. Frente a la voluptuosidad de que hacen gala las heroínas del “peplum” pagano y mitológico, vestidas con una mínima toga, las abnegadas mujeres del Antiguo Testamento en su versión hollywoodiense, permanentemente ataviadas con mantos y velos, nos remiten a una representación idealizada de la belleza que alude antes a los sentimientos que a las sensaciones, imponiendo el yugo del espíritu sobre todos los viscerales instintos que anidan y animan a la especie humana.

El idealismo bíblico se enfrenta así al ideal olímpico, los profetas compiten con los héroes para obtener la simpatía del público, un bien perecedero que también codician los personajes principales de mitologías más exóticas.

Exotismo
Dentro de las mitologías no occidentales que han conseguido abrirse paso como argumento cinematográfico destacan especialmente las relacionadas con el mundo árabe, tanto en su trasfondo más festivo y lúdico, representado por las historias sobre Las mil y una noches, que constituyen sin duda un compendio mitológico de primer orden con eficacia a modo de dogma moral muy similar a la de las parábolas cristianas o las leyendas clásicas de Grecia y Roma, como en su versión más seria, relacionada con la figura de Mahoma.

El viaje fantástico de SimbadEn el primer caso encontramos a un personaje resumen de todos los aventureros que pululan por las leyendas arábigas, Simbad, un marino empeñado en recorrer el mundo siguiendo escrupulosamente los preceptos de Alá y que, como Hércules en la mitología olímpica, parece tener una especial habilidad para tropezar con criaturas maravillosas o monstruos malignos de pintoresca morfología, que componen una fauna mitológica que no tiene nada que envidiar a las criaturas de las leyendas occidentales, y con frecuencia presentan notas comunes capaces de hacernos pensar una vez más en las teorías que postulan la existencia de una cuna común para todas las culturas del hombre que posteriormente, como si se tratara de la historia bíblica sobre la Torre de Babel, se escindieron en múltiples ramas desarrollando de forma independiente sus dogmas teológicos. De todo lo dicho el ejemplo más claro de antecedente común es sin duda el Diluvio universal, que se repite en diversas religiones de la antigüedad.

Simbad ha sido un protagonista habitual en las sagas arábigas cinematográficas junto con el ladrón de Bagdad, otro aventurero protagonista de sucesivas versiones cinematográficas sobre su azarosa búsqueda de un preciado tesoro, entre las que brilla con luz propia la filmada en Hollywood durante la etapa del cine mudo con Douglas Fairbanks como protagonista, y una ambientación modélica capaz de convertir un estudio de rodaje de California en una réplica de Bagdad de singulares cualidades oníricas íntimamente relacionadas con la trama. Las versiones posteriores sobre el ladrón de Bagdad, a pesar de contar con efectos especiales más avanzados, no consiguen emular la calidad y la evocación de la fantasía pura que estaban presentes en la versión muda.

Simbad y la princesaEn cuanto a las aventuras del marino Simbad, cabe destacar una trilogía producida a lo largo de los años 60 y 70 que se compone sucesivamente de las películas Simbad y la princesa, un auténtico clásico en el que brilla una vez más la habilidad de Ray Harryhausen en el campo de los efectos especiales, El viaje fantástico de Simbad, rodada en el excepcional paisaje subterráneo de las cuevas de Aracena, situadas en la provincia de Huelva (España), y Simbad y el ojo del tigre, que vuelve a enfrentar al aguerrido héroe con brujos y monstruos. Detrás de cada una de estas historias se oculta una dosis interminable de imaginación mitológica que pretende ilustrar las enseñanzas del Corán de forma amena, capaz de atraer a todo tipo de públicos, sean o no practicantes de los preceptos islámicos.

Algo muy similar sucede con Mahoma, el mensajero de Dios, película protagonizada por Anthony Quinn en la que el propio profeta no llega a aparecer físicamente, aunque su presencia se advierte a lo largo de toda la película como un insondable misterio. A pesar de que esta biografía narrada de forma indirecta a través de los avatares sufridos por un devoto seguidor del profeta dispuesto a entrar en mil batallas para difundir la palabra sagrada, tal como manda el Corán en su precepto sobre la Guerra Santa, no cuenta con el atractivo despliegue de monstruos, brujos y héroes con que se adornan las Mil y una noches, la película consigue convertirse en un espectáculo visual, al tiempo que presenta un trasfondo más realista y menos fantástico sobre la figura del profeta islámico, dando una ajustada visión del mundo árabe a través de su historia y sus guerras de religión.

Este recorrido por la mitología cinematográfica no quedaría completo sin aludir siquiera brevemente a dos películas que inciden especialmente sobre dos religiones usualmente poco tratadas en la pantalla grande, quizá porque representan una forma distinta de ver el mundo y la vida.

H.J. Syberberg se atrevió a emprender la ardua tarea de adaptar una pieza básica de la ópera mundial elaborada por el compositor Richard Wagner como resumen de la mitología nórdica: El anillo de los Nibelungos. El resultado fue una producción de cerca de seis horas de duración. Verdadera prueba especialmente recomendada para los amantes de la ópera, la versión musical de El anillo de los Nibelungos dirigida por Syberberg adolece de un excesivo uso del decorado en estudio que la convierte en teatro filmado, en lugar de auténtico cine, pero no por ello deja de ser un espectáculo de notable belleza visual, donde la luz, el color, la música y la imagen se funden en un todo para crear una visión épica de los mitos nórdicos partiendo de la historia de Odín, dios todopoderoso que tras vencer con la ayuda de otras deidades a los gigantes, convence a dos de ellos para que le construyan la celestial fortaleza del Valhalla, recurriendo a un cúmulo de mentiras y engaños y a la creación de varios héroes y heroínas entre los que destaca Sigfrido, vencedor del dragón que custodia el Oro del Rhin y artífice de lo que se ha dado en llamar la caída de los dioses tras su reunión con la valkyria Brunnhilde. Toda la trayectoria épica de los personajes recreados por Wagner reaparece en la película de Syberberg.

El segundo título de forzada alusión sobre las mitologías más exóticas reflejadas por el cine es la adaptación del “Mahabarata”. Esta versión filmada del texto sagrado narra, como toda mitología que se precie, el principio del mundo y la lucha entre diversos dioses y héroes. Adolece también de una duración excepcional que la convierte en espectáculo únicamente recomendado para estudiosos y eruditos, y ocasionalmente para ciertos cinéfilos dotados de paciencia excepcional.

Ángeles
Toda mitología tiene como elemento básico de sus planteamientos una determinada idea de cielo, ese paisaje divino al que Diane Keaton, musa habitual de Woody Allen en la primera etapa de su carrera como director, dedicó su primera película como realizadora, titulada elocuentemente Heaven (“Cielo”), un documental esclarecedor, curioso y estimulante que aspira a reflejar la idea que tiene hoy el hombre y la mujer sobre lo que les espera más allá de la muerte.

El cine parece haberse interesado especialmente por la idea de cielo presentada en el cristianismo, describiendo entornos celestiales como trasfondo para comedias desenfadadas, pretexto para presentarnos unos ángeles más carnales que espirituales. El resultado de todo ello ha sido una imagen excesivamente almibarada, y a veces incluso irreverente, del cielo y del más allá. Si bien es cierto que esta traducción a la imagen del estereotipo “cielo” no llega a herir la sensibilidad, no es menos cierto que ofende el intelecto con una deleznable parodia frecuentemente fronteriza con el mal gusto y casi siempre un tanto ridícula.

El cielo puede esperarEl cielo según lo presenta Hollywood es un cielo americanizado, un autoservicio de ilusiones primarias, lugar al que llegan los difuntos como si efectuaran un viaje en vuelo charter para ser recibidos por afables ángeles pulcramente vestidos que despiertan en el espectador el recuerdo de los estirados agentes de la CIA, el KGB y otros servicios secretos tal y como los describe John Le Carré en sus novelas de espionaje. Y, lo que es peor, incluso en el cielo se cometen errores burocráticos como el presentado como motor de la acción en El cielo puede esperar, donde el joven deportista interpretado por Warren Beatty es reclamado prematuramente a las alturas falleciendo varios años antes de lo previsto, lo que le lleva a ser devuelto al mundo de los vivos mediante un proceso de reencarnación que le instala en el cuerpo de un rico y poco escrupuloso play-boy cuya vida cambia radicalmente con la llegada de esta especie de inquilino espiritual que provoca un jocoso enredo.

Always (para siempre)Otra aproximación al mundo de los ángeles es Always (para siempre), dirigida por Steven Spielberg, que como la anterior es una versión de un título clásico en el cine americano, Dos en el cielo, protagonizada por Spencer Tracy, que encarnaba a un piloto americano muerto que regresa en forma de espíritu para instruir a un joven novato, ayudándole incluso a conquistar a su antigua novia. Este emotivo romance ultraterreno se repite en la película de Spielberg, pero ahora el piloto es Richard Dreyfuss y el trasfondo bélico ha sido sustituido por la peligrosa actividad que llevan a cabo los bomberos del aire, pilotos encargados de llevar sus aviones hasta el centro de los incendios forestales para dejar caer toneladas de agua sobre los bosques en llamas. Un piloto muere al intentar salvar a un compañero y como recompensa recibe el encargo celestial de regresar a nuestro mundo con la doble misión de ayudar a un aspirante a ocupar su lugar como bombero y conseguir que su antigua compañera le olvide para seguir adelante con su propia vida.

GhostAlgo similar le sucede al protagonista de Ghost, película de éxito que toca el tema de la vida después de la vida mediante una acertada mezcla de comedia, drama y fantasía. Dirigida por Jerry Zucker, Ghost es una historia triste de amor, lealtad y traición más allá de la muerte que hizo de sus protagonistas, Patrick Swayze, Demi Moore y Whoopy Goldberg, un trío de indiscutibles estrellas en el cine norteamericano contemporáneo durante un buen tiempo.

Swayze interpreta a Sam, un joven muerto en un atraco callejero que no llega a traspasar el umbral que separa la vida de la muerte y corre el riesgo de transformarse en un fantasma condenado a errar eternamente por las calles de la gran ciudad cuando intenta cumplir la promesa de protección y amor que le hizo a su compañera, amenazada por el mismo hombre que le asesinó a él. Para desvelar el misterio que rodea su muerte y comunicarse con su mujer, Sam recurre a los servicios de una espiritista y vidente encargada de aportar el contrapunto humorístico a la historia. Los momentos más espectaculares de la película son aquellos en los que se nos presenta a las fuerzas de la luz, supuestas representantes del cielo, y de la oscuridad, enviadas por el infierno, reclamando el espíritu del héroe y del villano.

Campo de sueñosCampo de sueños, con Kevin Costner como protagonista, es otra satírica aproximación al más allá a través de la peripecia vital de un agricultor norteamericano que se deja arrastrar por una voz misteriosa que sólo él es capaz de oír y renuncia a su campo de maíz para construir un campo de béisbol, tarea mediante la cual espera tener la oportunidad de volver a reencontrarse con su padre, muerto hace ya varios años, en una especie de sesión espiritista y deportiva.

El cielo se equivocóLa reencarnación es también el principal motor que anima dos comedias cuyos personajes se ven sometidos a un proceso de renacimiento, dando lugar a sendos enredos: El cielo se equivocó, de Emile Ardolino, y Hecho en el cielo, de Alan Rudolph. Parejas separadas por la muerte vuelven a reunirse en una nueva vida y tras pasar una breve temporada en el más allá retornan al mundo de los vivos con otro cuerpo, algo similar a lo que experimentaba Lilly Tomlin en la comedia Dos veces yo, donde interpreta a una solterona adinerada que sufre un proceso de magia tibetana muy peculiar cuya consecuencia inmediata es su reencarnación en el cuerpo de un abogado interpretado por Steve Martin. El resultado, más que jocoso, es una aberración anecdótica y ridícula.

Cielo sobre BerlínMás seria y digna de aprecio, no sólo por parte de los aficionados al cine sino también por parte de todos los seguidores de la mítica cristiana, Cielo sobre Berlín de Wim Wenders, plantea la trayectoria de un ángel que quiere perder sus alas y su naturaleza ultraterrena para demostrarle su amor a una trapecista. Impregnada de gran belleza visual, la película consigue conmover al espectador con unos personajes entrañables, especialmente el ángel al que presta su rostro duro y su voz rota el actor Peter Falk, encargado de guiar a su congénere por los caminos de la humanidad en esta revisión sobre la idea del ángel caído, que es junto con el Cielo, de Diane Keaton, la aproximación más seria a los paisajes celestiales reflejados por el cine.

(Ahora es turno para que los visitantes de Revista CAOS den su opinión sobre los títulos comentados u otros filmes dignos de mención -sobre el tema tratado- pero que se han quedado colgando de la pantalla…)

J. Pacheco | Crítico de cine

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