Hans El Listo

Hans El Listo

Hans El Listo

A comienzos del siglo XX existió en Alemania un caballo que podía leer, efectuar operaciones matemáticas y mostrar un profundo conocimiento de los asuntos políticos mundiales. O al menos así lo parecía. El caballo fue conocido con el sobrenombre de Hans el Listo y era propiedad de Wilhelm von Osten, un anciano berlinés -profesor de matemáticas y entrenador de caballos aficionado, algo místico- que, según opinión generalizada, era persona incapaz de verse involucrada en el menor fraude.

Hans El ListoDelegaciones de eminentes científicos examinaron aquella maravilla equina y la consideraron auténtica. Hans respondía a los problemas matemáticos que se le planteaban golpeando el suelo con una de sus patas delanteras, y a las cuestiones de otro orden cabeceando de arriba abajo o de un lado a otro, según es costumbre entre los occidentales. Por ejemplo, si alguien le preguntaba: “Hans, ¿cuál es el doble de la raíz cuadrada de nueve, menos uno?”, tras una breve pausa, sumisamente, levantaba su pata delantera derecha y golpeaba cinco veces el suelo. “¿Es Moscú la capital de Rusia?”. Agitaba la cabeza a derecha e izquierda. “¿Acaso es San Petersburgo?”. Asentimiento.

La Academia Prusiana de las Ciencias nombró una comisión, encabezada por Oskar Pfungst, para examinar la cuestión más de cerca. Osten, quien creía fervientemente en los poderes y capacidades de Hans, aceptó encantado la investigación. Pero Pfungst no tardó en detectar una serie de interesantes irregularidades.

Hans El ListoCuanto más difícil era la pregunta, más tardaba Hans en responder; cuando Osten no conocía la respuesta, Hans mostraba pareja ignorancia; cuando Osten estaba fuera de la habitación o cuando se le vendaban los ojos a Hans, las respuestas ofrecidas por el caballo eran erróneas. Sin embargo, en ciertas ocasiones Hans podía ofrecer respuestas correctas a pesar de hallarse en un medio que le era extraño, rodeado de observadores escépticos y con Osten, su dueño, no sólo fuera del recinto, sino incluso de la ciudad. Finalmente se vislumbró la solución al enigma.

Cuando se le planteaba a Hans un problema matemático, Osten se ponía ligeramente tenso por miedo a que Hans no golpease el suficiente número de veces. Por el contrario, cuando Hans terminaba de dar el número de golpes preciso, de forma inconsciente e imperceptible Osten inclinaba su cabeza en señal de asentimiento o se relajaba de la tensión mantenida. Su distensión era virtualmente imperceptible para cualquier observador humano, pero no para Hans que era premiado con un terrón de azúcar por cada respuesta correcta. Además, no pocos observadores que se mostraban escépticos ante las habilidades de Hans fijaban sus ojos en las patas delanteras desde el momento mismo en que acababa de ser formulada la pregunta y modificaban sensiblemente su postura o gestos cuando el caballo llegaba a la respuesta correcta. Hans nada sabía de matemáticas, pero era extremadamente sensible a toda señal inconsciente no verbalizada. Y de orden similar eran los signos que imperceptiblemente se le transmitían al caballo cuando la pregunta no era matemática. A decir verdad, el apodo de Listo se adaptaba perfectamente a Hans. Era un caballo condicionado por un ser humano y que había descubierto que otros seres humanos que jamás había visto antes también le podían proporcionar las indicaciones que precisaba. Pero a pesar de la falta total de ambigüedad de la solución ofrecida por Pfungst, historias similares de caballos, cerdos o patos sabios que entienden de aritmética, saben leer o poseen conocimientos políticos han seguido impregnando la credulidad de muchas gentes y lugares.

Por ejemplo, Lady Wonder, un caballo de Virginia, era capaz de contestar un conjunto de preguntas moviendo con la nariz una serie de tacos de madera que prefiguraban letras. Como también contestaba a cuestiones planteadas en privado a su propietario, el parapsicólogo J. K. Rhine, quien dijo que el caballo no solamente sabía leer sino que además tenía el don de la telepatía (‘Journal of Abnormal and Social Psychology’ 23, 449, 1929). Pero el mago John Scarne indicó que el propietario hacía una señal a Lady Wonder con un látigo mientras “rumiaba” sobre los tacos de madera antes de convertirlos en palabras. En apariencia, el propietario estaba fuera del campo usual del animal, pero ya sabemos que los caballos tienen una excelente visión periférica. Lady Wonder era cómplice de un impostor, cosa que no ocurría con Hans el Listo, todo hay que decirlo. Aquel sí que era listo, o espabilado, pero nada más.

Hans El ListoA pesar de que la comisión observó que cuando Osten conocía las respuestas a las preguntas, Hans conseguía el 89 por ciento de las contestaciones correctas, pero cuando aquel no las conocía, Hans solamente respondía bien al seis por ciento de las mismas, su fama traspasó fronteras haciéndose conocido con el nombre (en inglés) de ‘Clever Hans’. Incluso después de haber sido desacreditado, Osten, quien nunca se convenció con las conclusiones de Pfungst, siguió mostrando a Hans al público, atrayendo grandes y entusiastas muchedumbres. ¡Y es que el espectáculo era muy bueno! A Clever Hans se le había enseñado a sumar, restar, multiplicar, dividir, trabajar con fracciones, decir la hora, realizar un seguimiento de la agenda, diferenciar los tonos musicales, leer, deletrear. Igualmente acertaba con sus respuestas a preguntas más rebuscadas, tales como adivinar la fecha de un “tercer viernes” en un mes determinado, por ejemplo. ¡Y gratis!, ya que en las exhibiciones del caballo Hans nunca se cobró entrada.

Pero también, gracias a él, en psicología, se bautizó el ahora conocido como Efecto Clever Hans, que ha seguido siendo importante en el conocimiento del efecto de observador-expectativas, la Observación participante y, posteriormente, estudios en la cognición animal. Tal efecto ha sido determinante para desarrollar la técnica de los experimentos en doble ciego, es decir, donde el propio experimentador debe desconocer el resultado correcto.

Javier Lozano

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