Frases célebres que hicieron historia

Frases célebres que hicieron historia

Frases célebres que hicieron historia

Cuando una frase se hace célebre es porque detrás hay una gran historia. He aquí algunas de estas frases con su correspondiente génesis (y anécdotas)…

“El dinero no tiene olor”
Ávido de mayores ingresos pecuniarios, el emperador Vespasiano obligó a los ciudadanos de Roma a pagar un tributo por el uso de los mingitorios públicos. Su hijo Tito le reprochó con fastidio que acudiese a medidas impositivas tan poco elegantes para conseguir dinero, y entonces, después de pasarle algunas monedas por debajo de la nariz, el autócrata le dijo: “El dinero no tiene olor”. Esta frase ha sido aprovechada muchas veces por ciertas gentes que trataron de justificar sus riquezas poco limpias, pero la verdad es que algunos dineros siempre denuncian su origen.

“Cuando alguien grita mucho, no tiene razón”
Gottfried Wilhelm LeibnizEn varias oportunidades, durante sus frecuentes polémicas con profesores y estudiantes de la Universidad de Leyden, el filósofo Guillermo Leibniz (1646-1716) observó que un zapatero de la vecindad se ubicaba en los claustros y seguía con mucha atención aquellos debates. Sumamente intrigado, le preguntó al zapatero si conocía suficiente latín como para entender algo de aquellas controversias culturales. “No -contestó el hombre-, de latín no sé nada ni quiero aprenderlo. Yo sólo vengo a ver cómo discuten.” “Pero si no conoce latín, ¿cómo puede saber quién tiene razón en las discusiones?” “¡Bah, es muy fácil! Cuando oigo que alguien grita mucho, enseguida comprendo que no tiene razón.”

“A enemigo que huye, puente de plata”
El famoso guerrero español don Gonzalo Fernández de Córdoba y Aguilar (célebre también por la explicación de ciertos gastos que la historia conoce con el nombre de ‘Las cuentas del Gran Capitán’) hizo este comentario al observar el desbande de un ejército que él había derrotado: “A enemigo que huye, puente de plata”. Es posible que la sabiduría de la frase impresionara a Cervantes, pues la incluyó en un capítulo de El Quijote: “Al enemigo que huye, hacerle puente de plata”; pero no es improbable que tanto Cervantes como Fernández de Córdoba la hayan tomado de un antiguo refrán español que aconseja: “Al enemigo, si vuelve la espalda, la puente de plata”. En fin, algunas frases célebres deben admitirse sin muchas averiguaciones.

“¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”
Marie-Jeanne Roland de la PlatiereApasionada por todas las manifestaciones artísticas y literarias, y ferviente animadora de las ideas republicanas, Madame Roland de la Platiere (1754-1793) tuvo una actuación destacada en París (Francia) antes y después de la caída del régimen monárquico, pero las intrigas y el odio de algunos revolucionarios la condenaron a morir en la guillotina. Junto al siniestro aparato habían colocado una enorme estatua de la Libertad, y se dice que a ella dirigió Madame Roland la triste frase del epígrafe, entregándose después a las manos del verdugo.

“Otra victoria como ésta… y estamos perdidos”
Uno de los guerreros más famosos de la antigüedad fue un rey de Epiro llamado Pirro, quien organizó una gigantesca expedición contra los romanos, a los cuales derrotó en la batalla de Heraclea. Mucho contribuyeron a esa victoria la sorpresa y el temor de los romanos cuando vieron que las tropas enemigas atacaban con elefantes -el ejemplo sería imitado después por el cartaginés Aníbal-; pero tan caro resultó aquel triunfo a los atacantes, que Pirro no pudo menos que comentar con sus generales algo así como: “Otra victoria como ésta… y estamos perdidos”. Muchas veces, por conquistar alguna cosa gastamos más de lo que ella vale.

“¡Cómo pretendí igualar a tantos pueblos diferentes!”
Carlos V, rey de EspañaUn apasionado entretenimiento de Carlos V durante su retiro en el monasterio de Yuste -donde murió en 1558- era su afición a la relojería y sus esfuerzos para que todos los relojes de su colección marchasen a un mismo tiempo. Pero como a pesar de sus afanes los relojes marcaban horas distintas, aquel hombre, que soñó con establecer nada menos que una Monarquía Universal, exclamó desanimado: “Si no es posible que algunos relojes marchen de acuerdo… ¡cómo pretendí igualar a tantos pueblos diferentes!”. Se cuenta que, inesperadamente, el problema fue solucionado por un servidor suyo llamado Juanelo, quien al tropezar con la mesa produjo la caída estrepitosa de las delicadas maquinarias. Entonces, Carlos V soltó la risa y dijo: “Eres más eficaz que yo, porque encontraste la manera de ponerlos a todos de acuerdo”.

“¡Victoria! ¡El triunfo es nuestro!”
Después de vencer en la batalla de Maratón (490 a. de C.), el general ateniense Milcíades encomendó a un joven guerrero llamado Fidípides la misión de llevar a Atenas la noticia del triunfo del ejército griego sobre las fuerzas muy superiores de los medos y los persas. La distancia de cuarenta y dos kilómetros fue recorrida velozmente y sin descanso por el mensajero, quien al llegar pudo decir apenas: “¡Victoria! ¡El triunfo es nuestro!”, antes de expirar a causa del esfuerzo realizado.

“Huyamos de los que no saben reír”
En cierto momento, mientras pronunciaba una conferencia en el Ateneo Cultural de Segovia (España), el académico don Ricardo León fue interrumpido por uno de los concurrentes, quien le solicitó una opinión acerca de las gentes que huyen de las risas u otras expresiones de alegría. Entonces, el fino poeta y siempre recordado autor de ‘Casta de hidalgos’ contestó sin vacilar: “Los hombres estirados y solemnes han sido siempre los que provocaron las guerras y los que quisieron salvar las almas con el hierro, el fuego, la maldición y el odio. Una sola actitud cabe contra esos individuos, y yo la recomiendo sin cesar: Huyamos de los que no saben reír”.

“Dejemos para mañana los asuntos serios”
En el año 478 a. de C., varios jefes militares resolvieron terminar con el gobierno de Arquías, cruel tirano de Tebas, y lo invitaron a un banquete durante el cual habrían de asesinarlo. Al promediar la fiesta, un mensajero entregó al rey una carta -cuyo contenido daba amplios detalles de la conspiración y los nombres de los conjurados- y lo instó a leerla sin pérdida de tiempo, porque así lo requería el asunto, pero Arquías guardó la carta debajo de su asiento y contestó con tranquilidad: “Dejemos para mañana los asuntos serios”. Propósito que tuvo que postergar definitivamente, porque casi en seguida fue ejecutado por sus enemigos.

“¡Hay que destruir a Cartago!”
Uno de los romanos que se hicieron famosos por la austeridad de principios y la intransigencia con el vicio y la corrupción de las costumbres fue Catón el Censor (234-149 a. de C.), quien ocupó cargos de importancia en Sicilia y en Cerdeña y se destacó como orador en los debates del Senado. Su irritación contra los cartagineses, que se oponían a sus planes políticos, creó en Catón una idea obsesiva a tal extremo, que terminaba todos los discursos con una exclamación rotunda: “¡Hay que destruir a Cartago!”. Como es natural, repitiendo el estribillo con tanta frecuencia y en cualquier circunstancia a la larga perdió su fuerza y solamente quedó como una frase pintoresca.

“Todo perdido, menos el honor”
Francisco I de FranciaPor la protección dispensada a Leonardo da Vinci, Benvenuto Cellini, el Tiziano y a otros muchos artistas, el rey Francisco I fue uno de los principales animadores del llamado Renacimiento francés, y mereció el nombre de Padre y Restaurador de las Letras. En cambio, cuando se dejó tentar por la guerra e intentó disputar la corona imperial de Alemania a Carlos V, fue vencido en la batalla de Pavía y se vio obligado a firmar el Tratado de Madrid, en 1526. La frase del epígrafe figura en una carta que envió a la duquesa de Angulema, regente de Francia, y en pocas palabras revela sus sentimientos después de aquella derrota militar: ¡Salvándose el honor, lo demás poco interesa!

“¿Hasta cuándo, Catilina?”
Conspirador ambicioso y sin escrúpulos -”capaz de negociar sobre las ruinas de su patria”-, Lucio Sergio Catilina fue denunciado públicamente por el cónsul Cicerón de haber tramado un terrible complot contra la república. Las cuatro arengas de Cicerón contra el mal patriota se conocen con el nombre de Catilinarias, y su acusación empezaba con estas palabras: “¿Hasta cuándo, Catilina, has de abusar de nuestra paciencia?”. En reconocimiento por aquellos discursos, los romanos le dieron a Cicerón el nombre de Padre de la Patria, y en cuanto a Catilina se sabe que murió poco después, en el año 62 a. de C.

Raquel Fernández | Colaboradora

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