Frases célebres que hicieron historia (3)

Frases célebres que hicieron historia

Frases célebres que hicieron historia (3)

Cuando una frase se hace célebre es porque detrás hay una gran historia. (Continuación…)

“Temo al hombre de un solo libro”
Esta frase, que se atribuye a Santo Tomás de Aquino, indica con claridad las dificultades y los riesgos que hay que afrontar cuando se trata de polemizar con quienes tienen una cantidad muy limitada de conocimientos y carecen, lógicamente, de ideas para aceptar o rebatir otras ideas. Claro está que si es temible el hombre de un solo libro, también puede serlo el que maneja muchos sin discernimiento, y de ahí viene, seguramente, aquello de que los extremos son malos.

“La música páguela quien la oyere”
Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez CevallosEl día 8 de septiembre de 1645 agonizaba en Villanueva de los Infantes aquel genio de las letras españolas que se llamó don Francisco de Quevedo y Villegas. Junto a su lecho, el vicario de la parroquia le reclamaba para que subsanase un olvido que había en su testamento: “Queremos que el entierro sea suntuoso -le dijo-, pero falta dinero para pagar a los músicos”. Entonces, Quevedo pronunció la mencionada frase, dando por terminada la cuestión definitivamente.

“¡Lo he hallado!”
Cuéntase que allá por el siglo III a. de C. un rey de Siracusa llamado Hieron II sospechó que su joyero no había utilizado oro puro en la confección de una corona, y entonces encomendó al geómetra Arquímedes para que averiguase si se habían mezclado otros metales en la obra realizada. Pero Arquímedes no sabía qué hacer. El cobre y la plata eran más ligeros que el oro. Si el orfebre hubiese añadido cualquiera de estos metales a la corona, ocuparían un espacio mayor que el de un peso equivalente de oro. Conociendo el espacio ocupado por la corona (o sea, su volumen) podría contestar a Hieron, lo que no sabía era cómo averiguar el volumen de la corona. Así, durante un tiempo el sabio estudió el asunto sin hallar solución alguna, hasta que un día, mientras estaba en el baño, observó que sus piernas perdían gran parte de su peso dentro del agua y que podía levantarlas con mayor facilidad. Aquel detalle le permitió descubrir lo que después se conoció como ‘el principio de Arquímedes’, es decir: “Todo cuerpo bañado en un fluido pierde una parte de su peso igual al peso del volumen de aquel fluido que desaloja”. Entusiasmado por el hallazgo, salió del baño y echó a correr por las calles gritando su famoso “Heureka” (”¡Lo he hallado!”). -Heureka es la primera persona del singular del pretérito perfecto de indicativo del verbo heurisko, que significa “encontrar”. Su significado es, por tanto, lo he encontrado. La exclamación “¡Eureka!” se usa hoy en día como celebración de un descubrimiento, hallazgo o consecución. Se ha popularizado su transcripción como “eureka”, si bien en griego la palabra comenzaba por espíritu áspero, que aspira la primera vocal, y la transcripción de este se realiza mediante una hache.- Por cierto que Arquímedes llenó de agua un recipiente, metió la corona y midió el volumen de agua desplazada. Luego hizo lo propio con un peso igual de oro puro; el volumen desplazado era menor. El oro de la corona había sido mezclado con un metal más ligero, lo cual le daba un volumen mayor. El rey ordenó ejecutar al orfebre.

“Ahora que tengo para comer, me dan banquetes”
Florencio SánchezDurante algunos años, el dramaturgo y periodista uruguayo Florencio Sánchez vivió en una extrema pobreza -que en sus tiempos se disimulaba con el romántico nombre de “bohemia”-, pero después de duros esfuerzos logró conquistar el triunfo: aplausos, homenajes y las inevitables comidas con que se suele agasajar a los triunfadores. A los postres de una de aquellas demostraciones gastronómicas, Sánchez fue invitado a pronunciar un discurso y fue entonces cuando el célebre autor de ‘La gringa’, ‘M´hijo el dotor’ ‘Barranca abajo’, ‘Los muertos’, etc… inició su charla diciendo: “Ahora que tengo para comer, me dan banquetes”. Y en verdad llegaban un poco tarde tantos reconocimientos, porque su salud estaba ya agotada y murió en 1910 cuando tenía apenas 35 años.

“Lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre”
Se llamaba Abdala-Ibn Dalkin, y se le conocía también por los nombres de Boabdil el Chico o el Zogoibi (el Infortunado). En 1487, después de destronar a su padre, se apoderó de Granada -último baluarte de los moros en España- y juró defenderla hasta morir, pero luego de alguna resistencia rindió aquella fortaleza en 1491. Yendo por el camino de Andarax, en un lugar que luego se llamó ‘El suspiro del Moro’, dicen que Boabdil estalló en sollozos al contemplar la ciudad que había sido escenario de su grandeza. Entonces su madre le dijo: “Lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre”, palabras que a menudo se recuerdan cuando alguien lamenta las consecuencias de alguna resolución cobarde.

“Actuemos como en el teatro…”
Consultado Aristófanes (444-385 a. de C.) sobre qué actitud era la más conveniente para actuar en la vida, el más famoso de los poetas cómicos y satíricos de Atenas contestó: “El desequilibrio y el fracaso se producen cuando el partiquino (“cantante que ejecuta en las óperas parte muy breve o de escasa importancia”) quiere ser rey o cuando el actor que representa al monarca se ridiculiza al moverse o habla como un plebeyo. ¡Actuemos siempre como en el teatro, respetando nuestros papeles!”. Alguien ha querido ver en esas palabras una alusión a Sócrates, de quien Aristófanes -por ejemplo en su comedia ‘Las nubes’, una sátira contra los nuevos filósofos, lo presenta como un demagogo dedicado a inculcar todo tipo de insensateces en las mentes de los jóvenes- era profundo enemigo y en mucho contribuyó a su injusta condenación.

“Esta medicina me curará de todos los males”
Poeta, diplomático, político, navegante y gran favorito de Isabel de Inglaterra, repentinamente se oscureció la estrella de sir Walter Raleigh y fue condenado a muerte en 1618, durante el reinado de Jacobo I. Al llegar al patíbulo se adelantó con firmeza al encuentro del verdugo y, examinando el filo del hacha preparada para su decapitación, exclamó: “Es una medicina un poco fuerte, pero me curará de todos los males”.

“Perdí el día…”
Tito‘Amor y delicias del género humano’ fue el halagüeño sobrenombre que los romanos pusieron a su emperador Tito (Flavio Sabino Vespasiano), quien tanto se preocupaba por realizar buenas obras y aliviar el padecimiento de sus semejantes, que si al término de una jornada no había cumplido alguna acción meritoria se reprochaba con tristeza: “Perdí el día…”. Su reinado duró solamente dos años -entre el 79 y el 81 de nuestra era-, y el corto lapso confirma una vez más la verdad del viejo refrán que afirma: ‘Lo bueno dura poco’.

“¡No seremos engañados por un ventrílocuo!”
En una reunión de la Academia de Ciencias de París, en 1877, el físico, poeta e inventor francés Charles Cros (1842-1888) presentó un aparato (el paleófono) que reproducía la voz humana, muy similar al tan difundido fonógrafo que hiciera famoso a Thomas Alva Edison, ‘El mago de Menlo Park’. Lógicamente, aquella demostración provocó el asombro y el entusiasmo de los académicos, menos de uno de ellos -monsieur Bouilland-, quien interrumpió violentamente la audición, gritando: “¡No seremos engañados por un ventrílocuo!”, tras lo cual arremetió contra el inventor de la máquina parlante. Costó gran esfuerzo convencerlo de que eso de ventrílocuo solamente existía en su imaginación.

“Nada tengo, debo mucho… ¡El resto para los pobres!”
Dotado de un profundo amor a la humanidad, pasión por la justicia y culto a la ciencia, Francisco Rabelais (1494-1553) fue sacerdote, médico, profesor de anatomía… pero todas sus actividades empalidecen ante su famosa novela ‘Gargantúa y Pantagruel‘, desbordante de humor, sátira y filosofía. Encontrándose en su lecho de muerte y en trance de dictar testamento, Rabelais abrevió el trabajo del notario diciendo la frase que va en el epígrafe, con la cual confirmó una vez más el conocido dicho: ‘Genio y figura hasta la sepultura’.

“¡Avergüéncese quien mal piensa!”
Escudo de armas de Eduardo III de Inglaterra (1327-1377)Con estas palabras -en una traducción más o menos literal-, Eduardo III de Inglaterra amonestó a varios cortesanos que habían observado con malicia y suspicacia su gesto insólito: ¡nada menos que levantar del suelo una liga que se le había caído durante el baile a la hermosa condesa de Salisbury! No conforme con la amonestación, el monarca sujetó la liga a su propia pierna, dando origen con ese gesto a la creación de la famosa y codiciada ‘Orden de la Jarretera’ (la orden de caballería más importante y antigua del Reino Unido), y a que su frase original “Honi soit qui mal y pense” quedase como leyenda en el escudo nacional inglés.

“Si me dicen que he fallecido, no me asombraría nada”
Juan Emilio ArrietaJuan Emilio Arrieta (1823-1894), autor de las zarzuelas ‘Marina’, ‘El dominó azul’, ‘El grumete’ y otras, fue una de las figuras más populares de la España de su tiempo. Unía a sus condiciones de creador -dicen sus biógrafos-, un gran sentido del humor y se cuenta que, la noche antes de morir, charlaba jovialmente con varios amigos. Y cuando uno de ellos le preguntó: “¿Cómo se encuentra usted, maestro?”, Arrieta le dijo sin titubear: “Mal, muy mal, amigo. ¡Tan mal me encuentro que si al amanecer me dicen que he fallecido no me asombraría nada!”

Raquel Fernández | Colaboradora

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