El oficio más antiguo del mundo

El oficio más antiguo del mundo

El oficio más antiguo del mundo (visión a través de la Historia)

Pitigrilli (escritor italiano cuyo verdadero nombre es Dino Segré) tiene un cuento que lleva por título ‘El oficio más antiguo del mundo’. En él narra la historia de un joven que, en los alrededores de Milán, ya de noche, ve un coche parado en la carretera y una mujer que le hace señas para que se detenga, y así lo hace.

–¿Quiere usted llevarme hasta Milán?, dice la mujer.
–Suba.

Durante el trayecto traban conversación. La mujer es joven, elegante, hermosa como saben serlo las italianas cuando se dedican a ser bellas.

–Y, ¿a qué se dedica?, pregunta el joven.
–Al oficio más antiguo del mundo.

El joven queda sorprendido. ¿Cómo es posible que una mujer tan distinguida, que demuestra poseer una cultura nada común se dedique a la prostitución?

–¿Quiere dejarme en casa?, dice la señora.
–Con mucho gusto.

La casa está situada en el mejor barrio residencial de la ciudad rodeada por un cuidado jardín.

–Entre usted.

En la entrada esperan a la señora un caballero y dos niños. La señora les presenta:

–Mi marido, el ingeniero Tal, y mis hijos.

Y ante la estupefacción del joven, añade:

–¿No le dije que me dedicaba al oficio más antiguo del mundo? Esposa y madre de familia.

Explicada esta anécdota-literaria a modo de introducción, los habrá que quizá afirmen que el primer oficio del mundo fue en verdad el de agricultor puesto que Adán, al ser expulsado del Paraíso, hubo de ocuparse de labrar la tierra por orden de Dios. Pero si tomamos con tamaño rigor el asunto, en serio que el primer oficio tuvo bien que ser el de sastre, puesto que en el Génesis (capítulo 3, versículo 21) se dice: “Luego hizo Yahvé Dios al hombre y su mujer unas túnicas de piel y les vistió”. Después los expulsó del Edén. Por lo que mejor dejamos estos tiquismiquis bíblicos que no conducen a nada con sentido y comenzamos a hablar sentidamente de la prostitución (femenina), que es de lo que aquí se trata…

Es curiosa la idea que de la prostitución se tiene en el Antiguo Testamento. En el Eclesiastés se dice: “No te entregues a prostituta para que no disipes tu patrimonio”, lo que nos da una idea muy pragmática y materialista del tema. Es cierto que poco después se afirma: “Toda mujer que es prostituta será hollada (o sea, “pisada”, “humillada”, “despreciada”) como estiércol en el camino”, pero esto es más una constatación que una reprobación.

Haag, en su ‘Diccionario de la Biblia’, afirma que el comercio sexual con mujeres, por dinero, era corriente en Israel, donde los padres no tenían reparo en prostituir a sus hijas. “(…) Los relatos veterotestamentarios no inducen a pensar que los israelitas tuvieran por especialmente censurable la conducta de estas mujeres. En cambio el Antiguo Testamento reprende sin reservas a las mujeres (y a los hombres) que se prostituyen en los santuarios en honor de los dioses (prostitución cultural)”. Estos últimos, hombres y mujeres, eran llamados “hieródulos”, que en los santuarios de Isis e Ishtar en Egipto y Babilonia, pero principalmente en los santuarios de Astarté de los cananeos, se dedicaban a la prostitución religiosa en el templo. Los muchachos recibían, por sus servicios, limosnas para la diosa; y las muchachas, ya fuera por los caminos, pero seguramente también en los santuarios mismos, recibían dinero (sueldo de meretrices, sueldo de perros) que lo ofrecían al mantenimiento del templo.

La prostitución, pues, se caracterizaba, y se caracteriza, especialmente por su carácter mercenario. Y solamente por extensión puede aplicarse a la mujer que se acuesta con varios hombres. Si no recibe compensación económica, directa o indirectamente, no debiese, pues, a buen entender, llamarse prostituta.

En la epopeya de Gilgamesh, sumeria en su origen, el protagonista es dos tercios dios y un tercio hombre y el relato de sus aventuras comienza con las quejas de los habitantes de Uruk contra él: “Su lubricidad no respeta a las vírgenes, ni a las hijas de los guerreros, ni a las esposas de los nobles”, dicen, pidiendo ayuda a los dioses. La diosa Aruru -para combatirle- crea a Enkidu, un monstruo contra el que Gilgamesh se verá impotente pero del que acaba convirtiéndose en amigo. Juntos entonces deciden hacer un largo viaje en busca de aventuras… Para terminar con ello, enviarán una prostituta que se une a Enkidu durante seis días y siete noches, después de lo cual, como no podía ser menos, el pobre Enkidu está hecho trizas. Cuando recobra los sentidos, la prostituta, “conduciéndole como una madre”, le enseñará a convivir con los humanos.

En Babilonia el ser prostituta no era ninguna deshonra. En tiempos de Hammurabi, hacia 1750 a. de C., en los templos había cortesanas que servían de intermediarias entre los fieles y la divinidad. Se cree que esta prostitución sagrada tenía su origen en los ritos prehistóricos de la fecundidad.

Mil años después el historiador griego Heródoto escribe: “Toda mujer del país debe, por lo menos una vez en su vida, ir al templo y entregarse a un desconocido. No puede volver a su domicilio hasta que un hombre haya depositado una moneda de plata en su regazo y se la haya llevado a acostarse con él. La mujer no tiene derecho a escoger, tiene que seguir a quien le ha dado la moneda. Cuando ella se ha acostado con él, ha cumplido ya su deber para con la diosa y puede volver a su casa. Las mujeres hermosas pueden volver en seguida a su domicilio pero las feas o mal formadas deben esperar mucho tiempo antes de poder cumplir con las obligaciones impuestas por la ley. Algunas, tres o cuatro años”.

Las prostitutas sagradas estaban clasificadas como harimtu, que era una cortesana semisagrada, la gadishtu, sagrada, y la ishtaritu, consagrada a la diosa Ishtar. Un refrán babilónico decía: “No te cases con una harimtu pues son innumerables sus maridos, ni con una ishtaritu pues está reservada a los dioses”.

La ley ordenaba que una prostituta no podía llevar velo ni cubrir su cara como las demás mujeres, ni podía tampoco cubrirse la cabeza.

La creencia en una Divina Madre, creadora de todo lo existente, era general en el Antiguo Oriente. Se la suponía, en algunos casos, anterior a cualquier dios masculino. Eso recuerda la tendencia de algunas iglesias protestantes, la mayor parte de ellas norteamericanas, que, seriamente, predican que Dios es un Ser andrógino. Así, en un congreso mundial de Iglesias que se celebró en Berlín Oeste en el año 1974, el profesor Nelle Mortau, teólogo americano, sostuvo la teoría que el nombre Elohim, dado a Dios en la Biblia, se componía del nombre de una diosa, Eloh, y del sufijo masculino plural hebreo him, mientras que Yahvé, que se tradujo erróneamente por Jehová, derivaba de una diosa antigua de Samaria. Por otra parte, la célebre sufragista inglesa Mistress Pankhurst dijo una vez a una de sus seguidoras: “Ruega a Dios. Ella te ayudará”.

Un texto griego atribuido a Demóstenes dice: “Las heteras sirven para proporcionarnos placer, las concubinas para nuestras necesidades cotidianas y las esposas para darnos hijos legítimos y cuidar la casa”. Estas distinciones muestran la diferencia y la consideración con que eran tratadas las prostitutas en la antigua Grecia.

Las heteras, bellas, inteligentes y cultivadas eran muy consideradas entre los griegos. Hemos de pensar que, a menudo, el éxito de una mujer, pública o no, depende no tanto de sus cualidades físicas como de su inteligencia, su talento y su modo de comportarse. Ternura, cariño, comprensión, reales o fingidos, cautivan más a los hombres que la belleza corporal. Y las heteras sometían a los hombres por todo aquello que los maridos prohibían a sus esposas. Sabían leer y escribir, cultivaban la compañía masculina y alegraban los banquetes en los que las legales compañeras de los maridos estaban excluidas.

Una de ellas, Metiké de nombre, fue llamada “Clepsidra” porque utilizaba su reloj de agua, clepsidra, para medir el tiempo que dedicaba a cada cliente. Otra, Aspasia, recibía en su casa la flor y nata de la sociedad ateniense. Por ella, el líder Feríeles repudió a su esposa, renunció a sus hijos y se cree que fue incluso la instigadora de la guerra que Atenas declaró a Samos.

Y es que Atenas fue destino preferido de barcos que buscaban recalar en su puerto, gente variopinta atraída (también por tierra) por la fama que en el mundo antiguo conocido tenían sus casas de citas. Casi podría afirmarse que se convirtió en el primer destino de “turismo sexual”, un lugar donde la prostitución estaba perfectamente regulada, pagando hasta sus impuestos y llegando incluso a existir prostíbulos estatales a precios más reducidos. Parece claro que los atenienses consideraban la prostitución como un componente de su democracia.

Existían tres categorías de prostitutas: Las pornai, las más inferiores en el escalafón -la palabra proviene de pérnêmi que significa “vendida”-, eran generalmente esclavas, propiedad del pornoboskós o proxeneta (literalmente el “pastor”). Debían ir vestidas de una manera determinada para que se distinguiera su condición. Su trabajo se desarrollaba en los prostíbulos, generalmente en los barrios conocidos por esta actividad, tales como El Pireo (puerto de Atenas) o el Cerámico de Atenas, siendo frecuentadas por marinos y ciudadanos pobres. A esta categoría pertenecían también las mujeres de los burdeles del Estado ateniense. Después estaban las independientes, que se maquillaban de forma llamativa y ofrecían directamente sus encantos en la calle. A veces se servían de reclamos para atraer a la clientela, habiéndose encontrado sandalias con las que según se iba andando se dejaba una huella en el suelo que ponía ΑΚΟΛΟΥΘΙ, AKOLOUTHI (o sea, “sígueme”). Eran prostitutas de diverso origen: mujeres que no encontraban otro empleo, viudas pobres, antiguas pornai que habían logrado independizarse…, debían estar registradas y pagaban un impuesto. Sus tarifas variaban mucho, yendo desde una estátera (antigua moneda griega equivalente a cuatro dracmas) por visita a una especie de bono de doce servicios por casi el mismo precio, cinco dracmas. A este respecto, en el siglo II, en el Diálogo de las cortesanas de Luciano de Samosata, la prostituta Ampelis considera un precio mediocre cinco dracmas por visita. En el mismo texto, una joven virgen puede pedir una mina, o sea, cien dracmas, incluso dos minas. Una joven y bella prostituta podía imponer mejores precios que una colega en declive, aunque la iconografía de las cerámicas muestra que existía también un mercado específico para las mujeres mayores. Parece, pues, que mayormente todo dependía de si el cliente pretendía o no la exclusividad de la prostituta, existiendo incluso arreglos intermedios donde un grupo de amigos compraba la exclusividad, teniendo con ello cada uno derecho a una parte del tiempo. Finalmente, en la cúspide de la jerarquía de las prostitutas, se encontraban las hetairas o hetaeras (de manera literal, su significado es “compañía”) que, a diferencia de las otras, no solamente ofrecían servicios sexuales, sino que en cierta medida podría comparárselas a las geishas japonesas, poseedoras de una esmerada educación y capaces de tomar parte sin problema en las conversaciones de las gentes cultivadas de aquella época. Eran las únicas, entre todas las mujeres de Grecia (excepto las espartanas), que recibían una cuidada formación. Independientes, podían administrar sus bienes y no era nada extraño que personas establecidas entablaran una relación con ellas paralela a la de su matrimonio oficial. Incluso hubo varias hetairas que influyeron notablemente en personajes famosos como es el caso de Tais que fue compañera de Alejandro Magno, que se enamoró profundamente de ella, y de Ptolomeo I, fundador de la dinastía Ptolemaica. O de Teódota, a la que se describe rodeada de esclavas, ricamente vestida y alojada en una casa de gran altura. Otras se distinguen por sus gastos extravagantes: como Rodopis, cortesana egipcia liberada por el hermano de la poetisa Safo que se distinguiría por hacerse construir una pirámide. (Heródoto no cree en esta anécdota, pero sí describe una inscripción muy costosa que ella financió en Delfos.)

Otra hetera, Filomena, declaraba francamente a un enamorado suyo: “¿Por qué me escribes tan largas cartas? Necesito cincuenta monedas de oro y no epístolas. Si me quieres, paga; si prefieres el dinero a mí, deja de molestarme. Adiós”. Más claro, el agua.

Lais de Corinto fue una hetera tan célebre que Demóstenes viajó de Atenas a su ciudad para conocerla. Habiéndole dicho que la deseaba, Lais pretendió de él una considerable suma. “No compro tan caro un arrepentimiento”, contestó el célebre orador antes de volverse por donde había venido.

Las tarifas de estas cortesanas variaban mucho, es cierto, pero las de estas últimas en la clasificación eran sustancialmente más elevadas que las de las prostitutas comunes. Así, en la Comedia Nueva, varían de veinte a sesenta minas por un número de días indeterminados. En Los aduladores, Menandro menciona a una cortesana ganando tres minas por día, o lo que es lo mismo, precisa, más que diez pornai reunidas. Y si hay que creer al abogado y escritor Aulo Gelio (’Noches áticas’), las cortesanas de la época clásica cobraban hasta 10.000 dracmas por una noche.

Uno de los numerosos términos en el argot griego para designar a una prostituta era khamaítypos, literalmente “la que golpea la tierra”, indicándose con ello que la prestación tenía lugar directamente sobre el suelo. Y es que si volvemos a Lais, ésta dijo una vez -en su casa cuando se hablaba de sabios y filósofos-: “Yo no sé de ellos más que lo que me cuentan. No he leído sus libros, pero no creo en su sabiduría. ¡Si supieseis lo que me piden y hacen estos sabios y filósofos cuando están a solas conmigo!”. A cuánto llegarían esas peticiones que incluso un día en el que el célebre escultor Mirón se presentó en su casa solicitando sus favores, a Lais no le quedó más remedio que rechazarlo. Resulta curioso que creyendo el buen hombre que la causa del rechazo había sido su edad y sus canas, se tiñó el pelo y volvió de nuevo a presentarse en el domicilio de la hetera que, en cuanto le vio, exclamó: “¡Tonto! Tú pides una cosa que le he negado a tu padre”.

Friné ante el areópago (1861), obra de Jean-Léon Gérôme en el museo Hamburg KunsthalleOtra hetera, Friné, fue acusada una vez de haber cometido un delito. Abocada sin remedio al castigo, su abogado no encontró mejor medio para defenderla y como último y desesperado recurso ante la inminente pérdida del juicio que desnudarla ante el Tribunal y exclamar: “¡Creéis que una mujer tan bella puede cometer falta alguna?”. Los jueces lo debieron entonces ver más claro porque absolvieron a Friné, una cortesana que se enriqueció tanto que levantó una estatua de oro macizo en honor a Júpiter con la inscripción: “Gracias a la intemperancia de los griegos”. Y más lista que el hambre, pues un día que se encontraba en un banquete con otras mujeres y que se jugó a que todas hiciesen lo que hiciera una de ellas, cuando le tocó el turno a Friné, mandó que le trajesen un recipiente con agua, lavándose seguidamente la cara en él:

–Ahora, que otras hagan lo que yo he hecho.

Y como Friné no usaba pomadas ni afeites de ninguna clase, apareció después del gesto tan atractiva y radiante como antes del mismo, cosa que no sucedió igualmente con sus demás compañeras de juego.

Afrodita de Cnido de la que se dice Praxíteles se inspiró en Friné para realizarlaA su costa hizo reconstruir las murallas de Tebas con la inscripción: “Friné ha rehecho lo que Alejandro había deshecho.” Y una vez en la que el célebre escultor Praxíteles le ofreció sus obras para que entre ellas eligiera la que mejor le pareciese, dudando de su buen gusto y confiando más en el experto del escultor, una noche, en una cena, mandó que uno de sus sirvientes gritase despavorido que el taller de Praxíteles estaba ardiendo.

–¡Ay, mi Cupido!, vociferó sobresaltado el escultor.

Y así supo Friné, con esa estratagema de mujer que se las sabe todas y que ha vivido mucho, cuál era su mejor obra, que obvia decir fue la que escogió.

No obstante, la carrera de una prostituta era corta e incierta: sus ingresos disminuían con el pasar de los años y para poder vivir con decoro su vejez, les convenía amasar el mayor dinero posible mientras aún estaban a tiempo. Y, por supuesto, para continuar generando ingresos debían evitar en lo posible quedarse preñadas.

Sobre este asunto, las técnicas utilizadas por las griegas son mal conocidas pero un tratado atribuido a Hipócrates (Del esperma) describe el caso de una bailarina “que tiene el hábito de ir con hombres” donde se recomienda que salte de talones para hacer caer el esperma y evitar todo riesgo. Parece igualmente verosímil que las pornai tuvieran el recurso del aborto o el infanticidio por exposición (abandono). En el caso de las prostitutas independientes, la situación es menos clara puesto que una joven podía ser educada en el oficio, suceder a su madre y así mantenerla cuando fuese mayor.

Pero las concubinas no tenían ni la consideración de las heteras ni el rango social de las esposas y terminaban, en la mayoría de ocasiones, vendidas a un burdel cuando sus amos se cansaban de ellas. (Por cierto que la palabra burdel, según Corominas, se deriva de bordell y ésta de bord, “bastardo”. Bordell significaría, pues, “el lugar en donde se engendran bastardos”.)

Vaso griego con la representación de un banqueteLas cerámicas proporcionan un testimonio sobre la vida cotidiana de las prostitutas. Su representación, muy frecuente, se acoge a cuatro formas repetitivas con algunas variantes: escenas de banquete; relaciones sexuales donde la presencia de prostitutas se reconoce a menudo por la presencia de un monedero -recordándonos de nuevo el sempiterno carácter mercantil de la relación putera-, y donde la posición más frecuentemente representada era la del perro o la sodomía (la sodomía era considerada como envilecedora para un adulto, y parece que la posición “del perro” poco gratificante para la mujer); escenas de tocador donde es frecuente que la prostituta tenga un cuerpo poco agraciado (un kílix -copa para beber vino- muestra incluso a una prostituta a punto de miccionar en un orinal); y escenas de malos tratos con representaciones en las que las prostitutas son amenazadas con un palo o con una sandalia y obligadas a aceptar relaciones sexuales juzgadas degradantes por los griegos: una felación (la higiene en aquellos tiempos dejaba bastante que desear para meterse ciertas cosas en la boca), la mencionada sodomía, o incluso las dos al mismo tiempo.

Y aunque las heteras eran, sin duda alguna, las mujeres más libres de toda Grecia, no fueron pocas las que desearon volverse respetables encontrando marido. A este respecto, Ateneo remarca que “las putas que se transforman en mujeres honorables son generalmente más fiables que esas damas que se precian de su respetabilidad” y cita a varios grandes hombres griegos, hijos de un ciudadano y de una cortesana.

Dirijamos la mirada ahora hacia Roma, donde las prostitutas eran llamadas: meretrices (quere corpore merent), cuyo nombre se ha conservado en español; palam, que quiere decir “sin elección”, es decir que tiene que aceptar a todo el que paga; scortum, o pellejo (parece que en tiempos las prostitutas llevaban vestiduras de piel); lupa, o sea, loba, unos dicen que por su rapacidad (propia de los lobos) y otros porque aullando como estos animales llamaban a sus posibles clientes. La palabra lupa -de la que deriva lupanar- se extendió tanto para designar a las prostitutas, que para las hembras del lobo se usaba preferentemente la de gemina lupus. (Algo parecido a lo que pasa en el italiano con vacca, que significa vaca, pero que es más usado para designar a las prostitutas de baja estofa. Para la hembra del toro se usa, en cambio, mueca, aplicado en especial a las vacas lecheras.) También se las llamaba fogata porque debían vestir la toga en vez de la estola propia de las matronas decentes.

En Roma, la prostitución era considerada como un bien social y las prostitutas como preservativo del honor de las familias. Horacio nos cuenta que Catón el Viejo, viendo salir de un lupanar a un joven conocido suyo le dijo:

–Bien hecho, aquí es donde deben venir los jóvenes cuando el deseo hincha sus venas, en vez de palpar las esposas de los otros.

Aunque viéndole salir otras veces del mismo lugar le increpó:

–Joven, aquí se puede venir alguna que otra vez, pero no sabía que habías fijado tu domicilio.

Séneca en sus Controversias pone en boca del defensor de un joven las siguientes palabras: “No ha pecado en nada, que ame a una meretriz es natural; es joven, ten un poco de paciencia; se enmendará y se casará.”

Cada prostituta a la entrada de su celda tenía un dibujo con el que hacía referencia a su especialidad o trabajo que realizaba.

La emperatriz Mesalina tenía alquilada una celda en uno de los lupanares más miserables de toda Roma, y a la puerta de su celda figuraba su nombre de guerra: Lycisca (la loba, pues el nombre de Lycisca viene del griego lykos, lobo), y allí recibía a todos los hombres que podía, prostituyéndose sin escoger a ninguno. Al alba regresaba a palacio cansada pero no saciada, como explica el historiador Suetonio. Las malas lenguas hablan que por una apuesta con otra prostituta se trabajó en una jornada a toda una centuria. Y acerca de la loba que amamantó a Rómulo y Remo (los hermanos supuestamente encargados de fundar Roma), racionalmente nos explica Livio, otro historiador romano, que hay quienes afirman que Larentia, la esposa del pastor Faústulo que recogió a los gemelos, era conocida como lupa por venderse entre los pastores, por lo que Roma sería hija de una puta donde reina la puta Mesalina.

Los lupanares, que estaban regentados por un leno (-de ahí la palabra lenocinio-, quien cuidaba del orden y de cobrar a los clientes si las mozas eran esclavas; si eran libres cobraban ellas y daban su comisión al leno, -que es lo que hacía Mesalina-), eran identificados en la calle con un gran falo que se iluminaba por la noche. Normalmente estaban decorados con murales alusivos al sexo y en las puertas de las habitaciones era común encontrar una lista de servicios y precios. Existen también referencias de algunos prostíbulos que eran frecuentados por mujeres de clase social elevada que acudían para mantener relaciones con chicos jóvenes.

Las celdas se llamaban jornices, de donde viene el verbo fornicar, porque estaban situadas muchas veces bajo las bóvedas y arcadas de algunos monumentos públicos, como el circo, el anfiteatro, los teatros, el estadio, etc.

Una de las versiones que se barajan sobre el origen de la palabra puta, procede de una diosa menor de la agricultura romana. En los días de fiesta en honor a esta diosa se procedía a la poda (puta) de los árboles, y con las ramas, las mujeres que deseaban quedarse embarazadas eran azotadas ritualmente. Las sacerdotisas ejercían también una bacanal sagrada en honor a la diosa. Con el paso del tiempo el nombre de la diosa quedó para denominar a la mujer que ejercía la prostitución.

La menta era considerada como un gran afrodisíaco y en épocas de guerra se prohibió su cultivo y las infusiones de esta planta para no debilitar de esta manera a los soldados. Y es que donde había un campamento romano, no tardaba mucho tiempo en aparecer un prostíbulo para contentar a la tropa.

Y ya que se ha hablado de etimologías latinas (antes de continuar avanzando en este recorrido histórico por toda la putería) digamos que del griego, directamente o a través de cultismos, ha llegado hasta nosotros buena parte del vocabulario erótico (de Eros, dios del amor). Por ejemplo, afrodisíaco (de Afrodita, diosa del amor); homosexualidad (masculina y femenina pues el disilábico homo deriva del griego hornos, semejante, y no del latino homo, hombre); narcisismo (de Narciso, el joven que estaba enamorado de sí mismo); ninfomanía, pederastia y pedofilia (de paidos, niño); satiriasis (de los sátiros que vivían en los bosques); safismo, lesbianismo (de Safo de Lesbos, poetisa griega a la que se atribuían amores con sus discípulas), etc.

El cristianismo osciló, desde sus orígenes, entre Eva y la Virgen María. La primera era el origen del pecado y por ello las mujeres son llamadas por algunos Padres de la Iglesia “vaso de corrupción”, “sentina de todos los vicios”, y otras lindezas por el estilo. María, por otra parte, representaba el origen de la Redención, era la mujer que había pisoteado la cabeza de la serpiente que hizo pecar a Eva. Una era el primer pecado, otra la suprema virtud. Entre las dos se encuentra María Magdalena.

Aunque el Evangelio no lo dice, se atribuyó a María de Magdala el episodio de la pecadora que unge los pies del Señor. Es aquella a quien Jesús dice: “Mucho te será perdonado porque has amado mucho”.

Santa María EgipciacaA María Magdalena, la hagiografía piadosa de la época añade otra María, la Egipciaca. Jacobo de Vorágine en su ‘Leyenda áurea’ nos cuenta su historia con ingenuas palabras. He aquí aquellas en que María explica su propia vida: “Yo nací en Egipto. A los doce años fui llevada a Alejandría, y a los diecisiete me dediqué a la prostitución de mi cuerpo; en este oficio permanecí mucho tiempo. En cierta ocasión, al enterarme que desde el puerto de Alejandría iba a salir un barco cargado de peregrinos que se dirigían a Jerusalén para adorar la Santa Cruz, rogué a los marineros que me permitieran embarcarme en su navío. “¿Tienes dinero para pagar el pasaje?”, me preguntaron. Yo les respondí: “No tengo dinero, pero puedo pagar con mi cuerpo”. Ellos aceptaron, me dejaron embarcar, y durante la travesía usaron y abusaron de mí cuanto quisieron. Al llegar a Jerusalén, quise también adorar la Santa Cruz y me dirigí a la iglesia, pero al acercarme a la puerta del templo me sentí rechazada por una fuerza invisible, que no me dejaba pasar. Cuantas veces intenté penetrar en el sagrado recinto, y fueron muchas, otras tantas me lo impidió una mano misteriosa. Al observar que todos los demás entraban libremente en la iglesia sin que nadie les pusiera impedimento, y que solamente a mí se me vedaba el paso, traté interiormente de indagar cuáles podrían ser las causas de tan extraño fenómeno, hasta que caí en la cuenta que no podían ser otras que las de la enormidad de mis pecados. Entonces empecé a darme golpes de pecho y a derramar amarguísimas lágrimas y a prorrumpir en profundos suspiros. En esto, vi que sobre la portada había una imagen de la Bienaventurada Virgen María, en la que hasta entonces no había reparado, y mirándola tiernamente le rogué con copioso llanto que me alcanzase de Dios la gracia, que se me perdonasen mis culpas y que pudiese pasar al interior del templo para venerar la Santa Cruz, prometiéndole a Cristo y a Nuestra Señora que en cuanto saliera de aquella iglesia abandonaría el mundo y viviría en absoluta castidad hasta el final de mis días. Una vez hecha esta oración y promesa quedé tranquila y firmemente convencida que la Bienaventurada Virgen María me alcanzaría lo que le había pedido, y, sin dudarlo, me acerqué al dintel del templo, lo traspasé y entré en el santo lugar sin que nadie ni nada me lo impidieran”. Después, arrepentida, se retiró al desierto haciendo penitencia durante cuarenta años. Por ello, Santa María Egipciaca era la advocación a la que se dirigían las prostitutas y los que querían apartarlas de su vida de vicio. (Muchas calles de ciudades españolas antaño llevaban los nombres de “Egipciacas”, “Arrepentidas”, u otros nombres recuerdo de los asilos o refugios que albergaban a las que dejaban su vida de prostitución).

En la Edad Media este oficio fue objeto de múltiples ordenanzas, leyes y decretos. No podían vestir como las demás mujeres, sino en forma tal que se distinguiesen de las damas llamadas honestas. Los vestidos cambiaban según el lugar. De todos modos, con esto de las mujeres honestas, si se hace caso del testimonio de Alonso de Falencia, ciertas damas, las portuguesas que acompañaron a la reina Juana -esposa de Enrique IV de Castilla-, puesto por caso, no debían ir muy honestamente vestidas pues las describe así: “Ocupaban sus horas en la licencia… y el tiempo restante lo dedicaban al sueño cuando no consumían la mayor parte en cubrirse el cuerpo con aceites y perfumes, y esto sin hacer de ello el menor recato, antes descubrían el seno hasta más allá del ombligo y desde los dedos de los pies, los talones y canillas hasta la parte más alta del muslo interior y exteriormente cuidaban de pintarse con blanco afeite para que al caer de sus hacaneas (“caballo de poca alzada”), como con frecuencia ocurría, brillara en todos sus miembros uniforme blancura”. Añadamos que la mayor parte de ellas llevaba depilado el pubis. Reminiscencia judía y musulmana.

Pero en verdad, las prostitutas, por ley, debían ir ahora más cubiertas y más honestamente ataviadas. Gajes del oficio. Y es que en toda Europa se cuidó de reglamentar los burdeles. San Luis, rey de Francia, Alfonso X… todos, dictaron normas y más normas para el ejemplar regimiento de las prostitutas.

En el siglo XIII empezó a generalizarse el uso de la palabra puta -a la que más arriba se ha hecho ya profunda mención-. (Que según el inevitable y siempre tan útil diccionario de Corominas, al que tantas veces se debe recurrir para saber, la palabra deriva del italiano putto, niño, aunque en la actualidad se usa casi exclusivamente como término artístico para designar los niños pintados, grabados o esculpidos que se encuentran en algunas obras de arte, los putti de Donatello o de Lúea della Robbia, por ejemplo.) No tenía en principio otro valor que el de designar a una mujer que ejercía la prostitución, habíamos dicho. Y es que en otros tiempos había el pudor de los hechos y no el de las palabras, al revés de lo que sucede hoy. Antes se hacía el amor privadamente en las casas públicas y hoy se hace públicamente en las casas privadas.

DanaeEn el arte, la prostitución adquiere cartas de nobleza en cuadros como los de Carpaccio, en el museo Correr de Venecia, o en la célebre Danae, en el museo del Prado, donde Tiziano nos la muestra recibiendo la lluvia de oro en que Júpiter se había convertido para poseerla. Es de resaltar, fijarse en la ilustración que se acompaña a la izquierda, que Júpiter se transforma no en polvo áureo sino en monedas de oro que, en su delantal, va recogiendo una vieja con trazas de Celestina. Es uno de los cuadros más auténticamente pornográficos, en el sentido etimológico de la palabra, que uno podrá contemplar jamás, donde al orgasmo reflejado en la cara de Danae se contrapone la codicia de la alcahueta.

Los burdeles o mancebías que proliferaron por el Medievo fueron un gran negocio. Las mancebías solían ser uno o varios edificios rodeados por un muro en cuyo interior se podían disfrutar, naturalmente previo pago, de todo tipo de placeres carnales. Además, se hacía bajo el beneplácito de las autoridades (incluso las eclesiásticas) ya que estas miraban hacia otro lado haciendo caso omiso de lo que allí dentro sucedía porque preferían tener tan incómodo mercadeo en un sitio restringido y controlado, a que la tentación y la lascivia campara a sus anchas por el libre albedrío callejero de pueblos y ciudades. Los dueños de estos establecimientos no eran gente de mal vivir y de antecedentes dudosos, más bien todo lo contrario. Solían ser nobles señores que habían recibido los derechos de explotación de un burdel de mano del mismísimo Rey, el único que podía concederlos. No fueron pocas, por ejemplo, las mancebías que concedió en España la muy católica Isabel de Castilla a sus más destacados militares. Y es que en aquellos difíciles tiempos de penuria generalizada, que te concedieran un burdel solucionaba definitivamente tu vida.

Raro era, pues, la villa o ciudad donde no existía uno o varios de estos placenteros lugares que eran visitados por personajes de todas las escalas sociales, incluidos los mismos monarcas, a quienes gustaba de acercarse a ellos para echar una canita al aire, aunque eso sí, vestidos de riguroso incógnito. Ante tales visitas, no es de extrañar, que ya entonces, estos sitios comenzaran a manejar mucho dinero. Con respecto a este tema…

Algunos atribuyen al famoso escritor español Quevedo el siguiente soneto: “Dar un real a una dama es poco precio; dos la daréis si es prenda conocida, y tres, cuando conforme a estado y vida, darla cuatro os parezca caso recio. Cuatro, es el moderado y justo precio; mas si la prenda fuese tan subida seis la daréis, con tal que no os los pida; si la diéredeis más, quedáis por necio. Esta doctrina es llana y resoluta; ha lugar, si la dama que os agrada, os pareciere libre y disoluta. Mas, si fuese tan grave y entonada que menosprecie el título de puta, si la queréis pagar, no la deis nada.”

Como se intuye con su lectura, era mucho el descontrol que en lo relativo al precio justo de vender el cuerpo existía (parece que es difícil en toda época y lugar eso de ponerle precio al valor de la sensual carne), por lo que tan afamado escritor –esta vez sí, seguro que es obra suya- tuvo a bien elaborar (literariamente se entiende, no de aplicación legal) una justa y equitativa tarifa que, a modo de divertido ejemplo y según su consejo, debía de regir el funcionamiento del negocio puteril. Así, en su ‘Premática que ha de guardar las hermanitas del pecar, hechas por el fiel de las putas’ (he aquí un amplio fragmento del mismo) se puede leer:

“Primeramente, la dama ha de ser alta, como no sea desvaída, porque si lo es, es lo mismo que echarse un hombre con un alabardero.
Si es blanca y aguileña, conforme a lo que se usa, vale seis reales en verano.
Si es gorda, por lo que suda, se le quiten tres cuartillos, y se le añadan en invierno por lo que abriga.
Mujer chiquita, negra y roma, vale un real en todo tiempo, porque hace pecados bracos como perro de falda, si es con hombre de su tamaño; y si es mayor que ella, porque trabaja más, se le añada otro real.
Mujer blanca y rubia, para de camino y con necesidad, vale veinte y cuatro maravedís y un pan. Y mandamos que ellas y las cantimploras no se usen sino en verano, por ser frescas y buenas para el tiempo.
Mujer morena, ojinegra y pelinegra, vale un escudo, por ser la pimienta del gusto y del vicio, si es de día; y de noche porque con lo oscuro della se pierde algo de la vista más que las blancas, se les quita un real.
Mujer hermosa y boba, si calla, vale tres reales; y si habla, los pierde con el galán y la opinión. Y estos aplicamientos son para los hermanos sordos.
Mujer fea y discreta, de día no vale un cuarto; mas de noche, embozada en un rincón o detrás de una puerta, con la cara embozada o por detrás, vale dos reales; y si la tornan como purga, cerrados los ojos, vale dos reales y catorce maravedís; porque, al cabo, gozar una fea por discreta y una hermosa por boba, es una misma cosa.
Mujer flaca vale catorce maravedís; y si el que la goza tiene sarna, la debe dar cuatro cuartos más, por el aparejo que tiene en sus güesos para rascarse. Y a estas tales señalamos para la Cuaresma, por lo que tienen de Cilicio; y mandamos que en ningún tiempo se puedan ensillar, si no es en silla de borrenes, como poetas y caballos saltadores, porque no hagan mataduras ni las timen con los güesos y con lo mucho que se menean.
Las fregonas (“criadas”) en común valen a media de turrón en el campo, a pastel de ocho en casa, a fruta una libra en verano y a vez de vino en hivierno; y si se les diere alguna vez dinero, mandamos que no sea más de un real, y que sea por fuerza en cuartos; y si puede ser en ochavillos, sería mejor. Y advertimos que en verano todas las fregonas valgan de balde, por el trabajo de todo el día y no traer escarpines y sudar los pies. Y mandamos asimismo que, como al carbón, se le quite la tara, a rata por cantidad, lo que pesaren los callos de las manos y cazcarrias (“salpicaduras”) de las sayas (“prenda de vestir”) y la mugre de los muslos.
Las doncellas valen tanto como costaron los juramentos para parecerlo; y si fueran de las Finas, aprobadas por el contraste de virgos, valen lo que costare el descubrir y hallar una de las tales doncellas.
Mujer casada y con hijos y rica, ha de pasar a música y comedia y dijes de plomo para los niños; y ella está obligada a costear y hacer ropa blanca para el galán; y si es casada y no tiene hijos y el marido es cofrade del gusto, pide amancebamiento de a cuatro reales cada día; mas si es celoso y no sufre, no se le ha de dar nada, porque no lo entienda y la maltrate.
Mujer viuda que se fue a lo del siglo, con talle de bayeta, espíritu carmesí, cuerpo de réquiem y alma de “aleluya”, manto transparente, monjil malicioso, tocas con cuidado y guantes de olor, vale ocho reales, porque ella cansa y el amigo la acompaña. Y si es de las viudas dueñas, gualdrapa por monjil y sobrepelliz por toca, vale diez reales de hivierno por lo que abriga haciendo pecados y entapizados.
Mujer hermosa y que canta bien, vale mazo de cuerdas y guitarra; y si hace garganta, vale los usados encarecimientos de alabanza de que Orfeo no cantó tan bien y los ángeles poco mejor.
Mujer fea y que canta bien, vale media libra de pasas y quince maravedís para solimán; porque las tales, viendo que valen poco, suelen pedir como alemanes cantando.
Mujer de esotra parte de cuarenta años arriba, rucia, rodada, pasante como quínola, abultada de días, salmonada de cabellos y colchada de barriga, que ha un año o dos que cerró, la señalamos garnacha en el tribunal de la lujuria; y sí alguna se desmandare a quererse galopear el gusto, repasarle y desapolillar las carnes, esté obligada a no tener celos de su galán y a no pedirle nada, a darle mucho, a no decirle amores; y si la faltan los dientes, la vedamos lo susodicho y la condenamos a cárcel perpetua la lengua.
A puta potrilla por domar y gazapitona, no se le dé nada, atento a lo que el hombre trabaja en enseñarla a dar gusto.
Cabellos rubios son mejores para traídos (…) Bizcas y tuertas dos miraduras con cuidado y un medio suspiro. (…) Cabellos cuaternarios (…) valen menos que una calva. Ojos azules no se usan (…)
Ojos verdes, para en ayunas valen tres pasos y un pecado.
Nariz larga, entrelarga y puntiaguda, vale lo mismo que una alquitara; y a las que tuvieren con arzones y caballetes, mandamos que las envainen para besar a sus galanes, porque no los ahoguen; y si son demasiado puntiagudas las pongan zapatillas como a espada de esgrima.
Boca grande y delgada y húmeda no vale nada para besadores enjutos y si besa de castañeta, vale ocho maravedís.
Boca pequeña y gorda, como no pida, se da por buena; y si es de buen aliento, vale once cuartos y una libra de peladillas.
Pie pequeño vale todo aquello que se ahorra de gasto en el zapatero; si fuera mayor, mandamos que (…).
Bajos de seda con ligas de oro valen seis maravedís, de lana dos reales, y si son de paño, un real en ochavos.
Y porque han venido irlandesas y de secreto hay golosos dellas que de noche las pasan a tiento, como cuartos chanflones mandamos que las piernas en cerro y sin zapatos, reicalzas, valgan a real y cuartillo y se llame limosna en vez de paga.”

Y en otro soneto (también de Francisco de Quevedo y Villegas, autor sin parangón como vemos), habla en los siguientes términos: “Puto es el hombre que de putas fía, y puto el que sus gustos apetece; puto es el estipendio que se ofrece en pago de su puta compañía. Puto es el gusto, y puta la alegría que el rato putaril nos encarece; y yo diré que es puto a quien parece que no sois puta vos, señora mía. Mas llámenme a mí puto enamorado, si al cabo para puta no os dejare; y como puto muera yo quemado, si de otras tales putas me pagare; porque las putas graves son costosas, y las putillas viles, afrentosas.”

Y que nadie se escandalice por ello, pero los párrafos que siguen están sacados de la más inmortal novela de todos los tiempos… ¡exacto!: El Quijote, donde en el capítulo XIII de la segunda parte, Sancho Panza y su convecino Tomé Cecial, que se ha disfrazado de escudero del Caballero del Bosque, que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, platican entre sí. En un momento dado, hablando de sus hijos, dice Sancho:

“–Dos tengo yo que se pueden presentar al papa en persona, especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su madre.
–¿Y qué edad tiene esa señora que se cría para condesa?, preguntó el del Bosque.
–Quince años, dos más a menos, respondió Sancho; pero es tan grande como una lanza y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.
–Partes son esas, respondió el del Bosque, no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
–Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente; que para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.
–¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced, replicó el del Bosque, de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: “¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!”, y aquello que parece vituperio, en aquel término, es alabanza notable? Y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
–Sí reniego, respondió Sancho; y dése modo y por esa misma razón podía echar vuestra merced a mí y a mis hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son extremos dignos de semejantes alabanzas; y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado mortal.”

Continúa la conversación y el del Bosque saca una bota de vino de la que Sancho bebe durante un cuarto de hora exclamando después:

“–¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!
–¿Veis ahí, dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa?
–Digo, respondió Sancho, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.”

Como se ve la palabra no asustaba a nadie. Hoy en día, después de un letargo, ha vuelto a resurgir y se oye, por desgracia, por calles, plazas, boíles, discotecas y putitecas con demasiada frecuencia menospreciativa.

El oficio más antiguo del mundoEra corriente, al nacimiento de los prostíbulos, decir “vamos de niñas” o “una casa de niñas” con putero respeto al referirse a tales lugares, pero en la actualidad… -para terminar con este tema que se nos ha alargado (como el tamaño placer que las prostitutas han dado, dan y darán) en demasía- …y hablando de menosprecio, recordemos por último los versos de sor Juana Inés de la Cruz que a buen seguro nos conducirán a una necesaria y útil reflexión final sobre el asunto tratado:

“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Si con ansia sin igual solicitáis su desdén ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada la que cae de rogada o el que ruega de caído? ¿O cuál es más de culpar aunque cualquiera mal haga, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”.

C. Fisas

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