De títulos, nombres y árbol genealógico

De títulos, nombres y árbol genealógico

De títulos, nombres y árbol genealógico

El título que los amos de Birmania exhibían orgullosamente era: “Rey de Reyes, a Quien todos los restantes príncipes acatan; Regulador de las Estaciones; Todopoderoso Director de Mareas y Torrentes; Hermano Menor del Sol; Propietario de los Veinticuatro Paraguas”.

Los príncipes malayos de Sumatra se denominaban: “Amo del Universo, Cuyo Cuerpo brilla como el Sol; a quien Dios ha creado tan perfecto como la Luna Llena; Cuyos Ojos brillan como la Estrella del Norte; Que, al elevarse, arroja sombra sobre todo Su dominio; Cuyos Pies huelen dulcemente…”, etc.

En cuanto al atributo mencionado en último término, sabemos que Enrique IV de Francia era famoso precisamente por lo contrario; quizás por eso se contentaba con que se dirigieran a él con el simple apelativo de “Sire”.

El Cha de Persia, el Gran Turco o los maharajás de la India exigían que sus respectivos nombres fueran seguidos de una florida hilera de pomposos títulos.

La manía de los títulos fue don de Asia a Europa. Floreció con particular lujuria en las cortes de los pequeños príncipes alemanes. Aunque parezca extraño, no era exactamente el gobernante quien promovía esta fiebre obsesiva; en realidad, se alimentaba sobre todo en la vanidad de la nobleza inferior y de los burgueses. Los príncipes gobernantes se contentaban con el título de Durchlaucht (Alteza Serena), aunque este título se convirtió posteriormente en otro más impresionante: Allerdurchlauchtigster (Alteza Serenísima). Los reyes exigían que, además, se les diera el título de Grossmachtigster (Muy Todopoderoso), sin duda un poco tautológico. Un Libro de Títulos (Titularbuch) publicado durante el reinado del emperador Habsburgo Leopoldo II declaraba que el emperador de Austria tenía derecho a ser llamado Unüberwindlichster (Muy Inconquistable). Su Majestad Imperial se arrogó el título durante dos breves años; como falleció antes de la declaración de la guerra contra la Francia revolucionaria, no presenció la burla que de su titulo hizo el Corso.

Más o menos a mediados del siglo XV se llamó a los condes Wohlgeborner (Bien nacidos), pero debieron esperar dos siglos hasta ascender a Hochgeborner (De alta cuna). Aunque parezca raro, cuando ambos se unían para formar Hochwohlgeborner (De buena y elevada cuna) indicaban un rango inferior… el de barón. Pero si se trataba de un “barón imperial”, el título se convertía en algo impresionante: Reichsfreyhochwohlgeborner (De buena, libre, alta e imperial cuna).

La “nobleza ordinaria” también siguió la moda de los gregüescos (prenda de ropa), que al principio insumían veinticinco anas de tela, hasta que la locura exhibicionista aumentó la longitud a ochenta, noventa y aún ciento treinta anas.

Samuel Baur, deán de Gotinga, en su obra Historische Memorabilien (Augsburgo, 1834) recogió las modificaciones sufridas por los títulos de nobleza en el trascurso de tres siglos. Es imposible traducir alguno de ellos. Podemos traducir los títulos de Ehrbar, Wohledler, Hocheler, Hochedelgeborner y Hochwohlgeborner, por “Honorable, Muy Noble, Muy Honorable, Muy Alto y Muy Noble, Muy Alto y Muy Honorable”… aunque no sea muy fácil pronunciarlos. Pero, ¿qué decir de Ehrenvester y de Gestrenger? El primero alude al que defiende su propio honor; el segundo tiene un acento profundamente servil, como si un siervo o súbdito se regocijara en la severidad de su amo.

De acuerdo con Baur, los títulos de nobleza evolucionaron así:
1446: Ehrbarer Junker. (Honorable noble: En realidad, Junker significa noble joven.)

1460: Gestrenger Herr. (Amo severo a pesar de que el diccionario trae el significado de “gracioso”.)

1569: Ehrenvester. (En términos generales, “de elevados principios”.)

1577: Ehrenvester und Ehrbar. (Honorable y de elevados principios.)

1590: Edler, ehrenvester und gestrenger Junker. (Combinación de los tres títulos anteriores.)

1600: Wohledler, gestrenger, grossgünstiger Junker. (Muy noble, de elevados principios y muy favorable.)

1624: Wohledler, gestrenger, vester und mannhafter grossgünstiger Junker, mächtiger Forderer. (Muy noble, de elevados principios, firme, viril, favorable, poderoso patrono.)

1676: Hochedelgeborner, Wongeborner, gestrenger, vester und mannhafter, grossgünstiger Junker, mächtiger Förderer. (Más o menos lo mismo que el anterior, excepto el agregado de “elevado y noble nacimiento” y de “bien nacido”.)

1706: Hochwohlgeborner… y todo lo demás, como en 1676. (Una ligera modificación: la composición de la palabra que significa “de elevado y noble nacimiento”.)

1707: Hochwohlgeborner, gnädiger, etc. (Aquí se ha agregado “gracioso”.)

Como se ve, los mortales comunes tenían que tomar aliento para dirigirse a los nobles. Y el uso constante empañaba la gloria de los títulos. Del mismo modo que las buenas amas de casa se sentían felices de poder comprar las ropas usadas de las damas nobles, los burgueses se apoderaban de los títulos desechados. El regidor urbano ingresaba en el consejo municipal con el título de Wohlgeborner (Bien nacido), aunque fuera jorobado o rengo, incorporaban nuevos apéndices (propios de la clase media) a los títulos nobiliarios en desuso y alimentaban su propia vanidad con este plumaje de pavo real.

El Titularbuch, publicado a fines del siglo XVIII, trae instrucciones completas sobre el modo de encabezar cartas a personas de cualquier rango y función. Quien se dirigía al alcalde de una ciudad libre del Imperio, debía comenzar así: “Al bien nacido, estricto, de elevados principios, de grande y eminente erudición, de grande y eminente sabiduría, Alcalde…”. (Aquí las referencias a la erudición y a la sabiduría eran atributos particulares de la clase media.)

Un médico de la corte tenía también sus propios títulos: “Al médico de alta cuna, de gran experiencia y elevados principios, muy erudito N. N., famoso doctor en ciencias médicas, alto médico de la corte ducal”.

La imbecilidad de esta manía de los títulos se difundió por toda la sociedad de clase media… hasta los mayordomos y zapateros remendones. Quien se dirigía a un estudiante universitario debía utilizar la siguiente fórmula: “Al noble y muy erudito Herr. N. N., que se aplica diligentemente a la sabiduría”. Los vendedores de libros, los fabricantes de pelucas y los joyeros exigían el adjetivo de “distinguido”. Un sastre era hombre “cuidadoso y de elevados principios” (Dem Ehrenvesten und Vorsichtigen Meister N. N., Schnider zu X.). Un fabricante de botas tenía idéntico derecho a ser llamado “cuidadoso”, pero cierto delicado matiz lo hacía “respetable” en lugar de hombre de “elevados principios”. El mayordomo ducal, que no era miembro de ninguna corporación, debía contentarse con el título de “bien nombrado” (Wohlbestalltet).

Las mujeres, naturalmente, no tenían derecho a tan sonoros y complicados títulos. En Alemania y en Austria se limitaban a apoderarse de un fragmento de las funciones, actividades o profesiones de sus esposos. Así, se convirtieron en Frau Doktor, Frau Professor, Frau General, Frau Rat (Consejero). Hasta cierto punto, esto era razonable. Pero una vez comenzada la infección, no hubo modo de atajarla. Y así aparecieron la señora Recaudadora de Impuestos, la señora Trompetera de la Corte, la señora Húsar de Cámara, la señora Guardabosque Montado, la señora Fabricante de botones para la Corte, la señora Armera Ducal y así por el estilo.

Y las damas, benditas sean, arraigaron firmemente en los títulos. El transcurso de los siglos no logró conmoverlas. Hacía mucho tiempo que la mayoría de los hombres había dejado de lado los ridículos títulos y condecoraciones, y ellas todavía se adherían tenazmente a los suyos. Incluso no hace muchos años los diarios de Múnich publicaron cierto día las siguientes noticias fúnebres: Frau Walburga T., 36, Steuerassistengattin (Esposa del recaudador de impuestos delegado); Martha M., 3, Oberwachtmeisterskind (Hija del veterano sargento de policía); Elizabeth H., 77, Hofrathstocheter (Hija del consejero de la corte).

Quizás el descarrío de los europeos continentales suscite en nosotros una sonrisa. Pero consultemos el Almanach de Whitaker, por ejemplo, el de hace apenas unas décadas. Incluye un extenso capítulo sobre las “Fórmulas de encabezamiento”. Allí nos enteramos de que el título de los arzobispos es: “El Muy Reverendo, Su Gracia el Lord Arzobispo de…”, y que es preciso dirigirse a ellos con la fórmula “Milord arzobispo” o “Vuestra Gracia”. Los arzobispos y cardenales de la Iglesia Católica Romana tienen también gran variedad de títulos y de fórmulas, que van de “Su Eminencia el Cardenal…” o “Su Eminencia el cardenal arzobispo de…” a “El muy reverendo arzobispo de…” Los obispos son “Virtuosos reverendos…” Una baronesa es simplemente “La baronesa”, pero al dirigirse a ella es necesario utilizar la fórmula “Milady”. He aquí una lista parcial de otros títulos y fórmulas:

Baronets- Sir (con el nombre de pila), y por escrito “Sir Robert A… Bt.”

Esposas de los baronets- “Vuestra señoría” o “Lady A…” sin nombre de pila, a menos que se trate de la hija de un duque, de un marqués, o de un conde, en cuyo caso se dirá “Milady Mary A…”; si se trata de la hija de un vizconde o de un barón “La Honorable Lady A…”

Barones- “El Justo y Honorable Lord… y recibirá el tratamiento de “Milord…” Sin embargo, el caso merece una importante nota al pie. Los miembros del Consejo Privado “de acuerdo con una costumbre largamente establecida” también tienen derecho a ser llamados “El Justo y Honorable”; pero un príncipe de la sangre incorporado al Consejo Privado es siempre “Su Alteza Real”, un duque sigue siendo “Su Gracia”… y así sucesivamente. El título de los pares de rango inferior al de marqués, sean o no consejeros privados, es el de “Justo y Honorable”, sin la palabra “El”, aunque de costumbre se agrega esta última partícula.

Obispos- Título: “El Justo y Reverendo Lord Obispo de…”, pero la fórmula de tratamiento es “Milord”. Los obispos de la Iglesia Católica Romana reciben el tratamiento siguiente: “El Justo y Reverendo Obispo de…” Para ellos, nada de “milord”.

Rabino principal- “El muy reverendo…”

Condesas- Título: “La condesa de…” pero fórmula de tratamiento: “Milady”.

Y así continúa la lista, que incluye, entre otros rangos, jueces de los tribunales de condado, Dame Commanders y Dames Grand Cross, duquesas, duques, condes, caballeros de diversas categorías, marqueses, pares, consejeros privados, jueces municipales, duques reales, vizcondesas y vizcondes, sin olvidar a las esposas de los baronets y de los caballeros. A veces las diferencias entre los distintos tratamientos son un tanto engañosas, pero con buena memoria y sangre fría se consigue sobrevivir al tema.

¿Y en los democráticos Estados Unidos? Los títulos no son muchos; de todos modos, el Information Please Almanach llena con ellos nada menos que cuatro páginas… desde el presidente (que es “Honorable”) a un capellán del ejército o de la armada (que recibe el simple tratamiento de “capellán”).

Naturalmente, los títulos y las fórmulas de tratamiento son necesarios. Sólo cuando se convierten en ídolos y en materia prima de un esnobismo insoportable se incorporan a la historia de la estupidez humana. Infortunadamente, ello ocurre con bastante frecuencia.

Un anuncio escrito a mano, desplegado en la vidriera de un café balcánico, un lugar muy sucio y de pésima reputación, decía así: “Aquí todo el mundo es Herr Doctor. ¡No cabe duda de que el propietario había dado en la tecla! Y es que pocos son los hombres inmunes al orgullo más o menos inocente de su genealogía. Nos gusta hablar de nuestros padres y de nuestros abuelos, sin que para el caso importe si fueron santos o pecadores. Para los que no han conseguido distinguirse, la genealogía familiar es a menudo un factor vital. Y aún hay quienes como aquel horrible extrovertido, Mr. Bounderby, en Hard Times experimentan una suerte de maligno orgullo a la inversa en el hecho de venir del arroyo, aunque sabemos que en el caso de Mr. Bounderby ello era pura imaginación.

Debrett's, guía genealógica de la aristocracia británica. Fundada en 1769 se convirtió en piedra angular de la sociedad y todavía hoy se publicaSe ha dicho de la genealogía que es la ciencia de los esnobs, y ciertamente, en su nombre se han cometido los más extraños crímenes intelectuales (y también reales). Nadie negará que se trata de un tema fascinante; es también muy amplio, y en relación con el problema de la estupidez humana sólo necesitamos examinar un aspecto: el de esos antropoides que trepan a los árboles genealógicos ajenos; es decir, los “Fabricantes de antepasados nobles”. No se alude con esto a los genealogistas serios y reputados, como los eruditos editores del Debrett, de los que hay muchos, sino más bien a esas serviles criaturas que han utilizado sus conocimientos y su capacidad literaria para elucubrar fantásticas tablas genealógicas de príncipes y de nobles. A través de la manipulación de enorme masa de hechos, han procurado demostrar que, por ejemplo, los antepasados de su patrocinador lucharon en Troya contra los griegos… o fueron reyes y profetas del Antiguo Testamento.

Hace algunos años se halló un interesante documento en los archivos del Ministerio de Guerra de Gran Bretaña. Contenía la genealogía de los reyes anglosajones, la que se remontaba directamente al propio Adán. Sin duda, la Biblia afirma que todos descendemos de Adán; pero pocos son los mortales comunes que pueden permitirse probar las diversas etapas de esta línea genealógica. Para costear investigación semejante, es preciso ser rico y poderoso.

Cuando se lee un documento de este tipo, se experimenta la tentación de desecharlo como estúpido ejemplo del esnobismo de los antiguos. Es indudablemente tonto, pero sería grave error negarle significado. Antaño estos ficticios árboles genealógicos tenían gran importancia; en su preparación se ocupaba una multitud de eruditos; los resultados de la investigación se publicaban en libros cuidadosamente impresos, y las masas pagaban piadosos tributos a la ilustre familia vinculada con el propio Salvador. Y como veremos, no se trata de una broma de gusto más que dudoso.

Esta absurda exageración que no comprendía la blasfemia cometida; la vanidad que no retrocedía ante la figura misma de Jesús… todo ello revela cuán profundamente inficionada de estupidez estaba el alma humana. La moderna concepción de la filosofía de la historia coloca a la historia de las ideas muy por encima del materialismo histórico. Sin embargo, cuando examinamos el gran número de obras consagradas a la historia espiritual de la humanidad, no hallamos entre ellas una enciclopedia completa de la estupidez humana. Es evidente que existe necesidad de una obra de ese tipo. Aunque tal vez jamás sea posible escribirla, porque el tema es excesivamente vasto.

Los árboles genealógicos espurios y fantásticos representan un capítulo importante de esta enciclopedia inédita. El documento hallado en los archivos de Londres probablemente se basa en el trabajo de Statyer, quien compiló una genealogía para Jacobo I, la que también comenzaba con Adán. Prudencio de Sandoval (1550-1621), historiador español y obispo de Pamplona, había precedido a Statyer al trazar el árbol genealógico de Carlos V. Con el fin de demostrar que la casa real española era más antigua que cualquier otra dinastía europea, Sandoval consagró tremendo celo e industria a la tarea, remontándose a lo largo de ciento veinte generaciones, hasta llegar al Padre Adán.

Johannes MesseniusA principios del siglo XVII, Johannes Messenius, el poeta, dramaturgo e historiador sueco, emprendió una tarea semejante. Demostró que los reyes de Suecia descendían en línea directa de Adán, y en sus tablas cronológicas utilizó ampliamente la genealogía del Antiguo Testamento.

Es preciso discernir la intención que se escondía tras de esta inmensa labor. Adán no era el antepasado importante; después de todo, lo era también de toda la humanidad. Pero si se remontaba la genealogía familiar, una vez que los exploradores habían llegado a Abraham no era difícil descender, siguiendo los detalles incluidos en el Evangelio de San Mateo, y establecer vínculos familiares con San José. Poco importaba que la familia así glorificada fuera católica o protestante; tampoco era obstáculo el sacrilegio o la blasfemia que así se cometía.

Estos nobles y monarcas que sacrificaban el buen gusto, bien merecida tenían la sátira de Boileau, en la que expresaba su ansiedad… Pues, ¿acaso no podía existir cierta solución de continuidad, oculta o inexplorada, en la línea de antepasados? Después de todo, las mujeres son criaturas frágiles, y el adulterio no era de ningún modo raro entre la realeza y la nobleza:

“Mais qui m`assurera que en long cercle d’ans
A leurs fameux époux vos Ayeules fidelles
Au douceurs des galans furent toujours rebelles?”

La tribu de Leví (cuyos integrantes son llamados levitas) es una de las tribus que formaban parte del pueblo de IsraelLa gloria de los “descendientes directos” de Adán, el orgullo de las casas reales inglesa, española y sueca provocaban considerable envidia… pero también emulación. Una antigua familia de la aristocracia francesa, el clan de los Lévis, recogió el desafío. Se trataba de una familia rica, muy rica y distinguida, que habla figurado en la historia de Francia desde el siglo XI, y habla dado al país varios mariscales, embajadores, gobernadores y otros dignatarios. Posteriormente se elevaron al rango ducal. Pero, no contentos con la fama y el honor que otros podían alcanzar, contrataron a un genealogista, el cual muy pronto descubrió que la familia descendía de la tribu de Leví, de destacado papel en el Antiguo Testamento. El punto de partida fue el nombre del clan; y no fue difícil reunir los datos necesarios, utilizando un poco de imaginación y deformando bastante los hechos. En esos tiempos, ¿quién se hubiera atrevido a poner en duda la verdad de esa afirmación?

Lady Morgan, novelista irlandesaDesde ese día, la familia Lévis se mostró extremadamente orgullosa de su parentesco bíblico. Relacionadas con este orgullo excesivo circulaban muchas anécdotas más o menos auténticas. Lady Sydney Morgan, en uno de sus libros de viajes por Francia (publicado en 1818) relata la visita a uno de los castillos de los Lévis. En uno de los salones encontró un gran cuadro al óleo de la Sagrada Virgen, sentada en su trono, y frente a ella, arrodillado, uno de los Lévis. Con arreglo a la antigua y repulsiva tradición artística (cuya moderna contrapartida son los “globos” con leyendas en las historietas cómicas), de la boca de la Virgen salía una cinta con estas palabras: Mon cousin, couvrez vous… (Primo mío, cubrios). ¡La Virgen pedía a su primo que se cubriera y que no hiciera cumplidos! Así, cuando uno de los duques de Lévis subía a su carruaje para asistir al servicio divino en Notre Dame, decía en voz alta a su cochero: “Chez ma cousine, cocher!” (¡A lo de mi prima, cochero!). Esta estupidez parece bien autenticada (Peignot la refiere en su Predicatoriana, Dijon, 1841, página 181, nota). A principios del siglo XIX la familia Lévis aún se aferraba a la leyenda de su antigua ascendencia hebrea. Y el ejemplo fue contagioso. Cierta dama, miembro de la antigua familia alemana de los Dalberg, también encargó un cuadro, en el que uno de sus antepasados aparecía arrodillado frente a la Virgen, y ésta decía: “¡Levántate, querido pariente!”.

Los barones Pons eran menos ambiciosos… reclamaban por antepasado a Poncio Pilatos. En cierta ocasión se encontraron los jefes de las familias Lévis y Pons. El duque de Lévis se volvió con aire de reproche hacia el barón de Pons: “¡Bien, barón, debéis reconocer que vuestros parientes han maltratado rudamente a los míos!” (Albert Cim: Nouvelles récréations littéraires, París, 1921).

Valiosa contrapartida del famoso cuadro de los Lévis era el que poseía la familia francesa de los Croy, igualmente antigua. El cuadro representaba el Diluvio. Entre las olas se elevaba una mano que sostenía un rollo de pergamino, y también alcanzaba a verse la cabeza de un hombre, que apenas emergía de las aguas. Y de la boca del hombre que se ahogaba surgía una leyenda: “¡Salvad los documentos de la familia Croy!” (Sauvez les titres de la maison de Croy. Baur: Denkwürdigkeiten, Ulm, 1819).

Otra familia que aspiraba a vincularse con el Antiguo Testamento era el clan de los Jessé. El genealogista familiar también fundó su trabajo en el nombre de la familia, relacionándolo con el pasaje del Evangelio según San Mateo que dice: “Obed engendró a Jesse, y Jesse al rey David”. En 1688 se nombró una comisión oficial, con el fin de investigar las afirmaciones de la familia Jessé. La comisión produjo un documento que se ha conservado. En él se examinan el escudo de la familia y buena cantidad de documentos. Las conclusiones finales afirman que se trata de una reivindicación bien fundada y que es muy probable que exista cierta relación entre la familia Jessé y el rey David. (“…ce que contribue beaucoup a persuader l’opinión publique que cette race tient en quelque facon a cette grande race de Jessé, la plus noble, la plus glorieuse et la plus connue du monde.” El informe completo de la comisión fue publicado por H. Gourdon de Genouillac en Les mysteres de blason, París, 1868, página 73 y siguientes.)

La familia provenzal de Baux reivindicaba antepasados un poco más modestos. Se trataba de un clan distinguido y poderoso; algunos de sus miembros se elevaron a la jerarquía de príncipes reinantes. El escudo de armas era una estrella de plata en campo rojo. La estrella indicaba que la familia descendía en línea directa de uno de los tres Reyes Magos, Baltasar. Los eruditos historiadores de Marsella aceptaron gravemente la afirmación, como si se tratara de un hecho probado… aunque entre ellos había hombres tan amantes de la verdad como el consejero estatal Antoine de Ruffi. Ruffi era hombre extremadamente recto; cuando alimentaba una mínima duda sobre alguno de sus fallos en un juicio civil, pagaba al perdedor la suma exacta que éste había perdido. Sin embargo, sus nobles escrúpulos y su rígido sentido de la justicia no le impidieron aceptar que el rey Baltasar era un auténtico antepasado de la familia Baux.

También los Habsburgo estuvieron a punto de incurrir en pecado de genealogía. Solamente un pequeño detalle los obligó a desistir de la ascendencia bíblica… y por consiguiente “no aria”. El emperador Maximiliano tenía a su servicio un historiador, Johann Stab, o Stabius, según la latinización habitual de los apellidos. Era hombre muy erudito y un poco poeta; en 1502, el Colegio de Poetas de Viena lo coronó solemnemente “Hijo Favorito de las Musas”. Debía su carrera sobre todo al favor del emperador, y trató de demostrar su gratitud. Estableció el árbol genealógico de los Habsburgo, en el que Cam, el hijo de Noé, aparecía como antepasado de la dinastía imperial; y determinó las sucesivas generaciones con la lógica perfecta de un desequilibrado. Interesaba mucho al emperador la antigua gloria de la familia, y por cierto no se oponía a que sus cortesanos descubrieran su parentesco con diversos santos y héroes clásicos. Pero, ¿Noé antepasado de los Habsburgo? La cosa era un poco sospechosa. Maximiliano consideró conveniente remitir el problema a la facultad de teología de la Universidad de Viena. Por supuesto, los eruditos caballeros no se sintieron muy cómodos en sus sítiales. Era inútil maldecir a Stabius, cuyo servilismo había originado el problema… de todos modos, ya no podían esquivarlo. Felizmente para ellos, lograron posponer la solución de mes en mes… hasta que, a su debido tiempo, el emperador falleció. Su sucesor no demostró interés por los parentescos bíblicos, y la “obra maestra” de Stabius fue archivada discretamente. (La historia del caso aparece en M. Bermann, Alt und Neu Wien, Viena, 1880.)

Trophaeum Domus EstorásLa manufactura de árboles genealógicos se convirtió en ocupación literaria más y más popular. Era un buen método de ganar dinero. No menos de cincuenta y nueve autores trabajaron en la genealogía de la casa de Brandeburgo. Consagraron extraordinaria laboriosidad al importante material, reunieron todas las fuentes imaginables, revisaron archivos, y exploraron cementerios. El resultado final fue publicado con este esplendoroso título: Brandenburgischer Ceder-Hain (Bosquecillo de cedros brandeburgués). Un trabajo similar fue el Trophaeum Domus Estorás, ricamente ilustrado con grabados, que establece el origen de la familia húngara de los Esterhazy en… ¡Atila, el “azote de Occidente”, el rey de los hunos!

Es prueba significativa de la vanidad humana el hecho de que alguna gente, en su anhelo de hallar antecesores ilustres, no se oponga a que el vínculo sea fruto del amor adúltero o del nacimiento de bastardos. “La sangre real a nadie ensucia”, declaraban (lo mismo que los serviles cortesanos cuyas esposas eran amantes del rey). Esta particular mentalidad explica la fantástica genealogía que algunos “leales” cortesanos presentaron a Napoleón.

Los genealogistas del bonapartismo comenzaron con la leyenda del Hombre de la Máscara de Hierro. En aquellos tiempos aún se creía que el misterioso prisionero de la Bastilla, que solamente podía aparecer con el rostro cubierto por una máscara de hierro, no era otro que el que había sido el hermano mellizo de Luis XIV. Afirmábase que había sido sepultado en la Bastilla porque, habiendo nacido pocos minutos antes que el Rey Sol, tenía mayores derechos al trono. El barón Gleichen fue aún más lejos. Sostuvo que el Hombre de la Máscara de Hierro era el verdadero rey, y que Luis era hijo del culpable amor de la reina con Mazarino. Después de la muerte de Luis XIII, decía Gleichen, la pareja culpable cambió los niños, y el hijo bastardo de Ana de Austria ascendió al trono, mientras que el auténtico Delfín se veía obligado a llevar la máscara de hierro por el resto de su vida, para que nadie pudiera ver su rostro, en el que se reconocerían los rasgos propios de los Borbones.

Hoy puede afirmarse que el misterioso prisionero era el conde italiano Matthioli, embajador del duque de Mantua. El noble conde se había hecho culpable de espionaje, y Luis XIV se enfureció de tal modo que, con desprecio del derecho internacional, ordenó el arresto de Matthioli; fue encarcelado primero en la Fortaleza de Pignerol, luego en la isla Santa Margarita y finalmente en la Bastilla (donde murió en 1703). La “máscara de hierro” era en realidad de seda, y constituía una especial concesión que se hacía al detenido; se le permitía pasear por el patio interior de la prisión, pero sólo cuando llevaba la máscara. Las delicadas complicaciones internacionales justificaban esta pequeña precaución.

Los genealogistas inventaron una bella fábula para establecer cierta relación entre Napoleón y el Hombre de la Máscara de Hierro. De acuerdo con esta versión, la hija del gobernador de la Isla de Santa Margarita se apiadó del pobre prisionero; se enamoraron, y la joven concibió un hijo. Naturalmente, era preciso sacar de la cárcel al niño. Una persona de confianza lo llevó a Córcega, donde llegó a la edad adulta. Usaba el nombre de la madre y aquí aparecía el vínculo que era Bonpart. El resto no exigió mucha imaginación. Bonpart se convirtió en Bonaparte, o en su forma italiana, Buonaparte. Los Bonaparte eran descendientes de este hijo del amor, y Napoleón era bisnieto del Hombre de la Máscara de Hierro, el cual, a su vez, era el legítimo heredero del trono francés. De modo que el Corso no era un simple usurpador, y por el contrario tenía todo el derecho del mundo al título y a la gloria imperiales.

No fueron pocos los que aceptaron este fárrago de tonterías. Funck Brentano publicó el texto de un mural en el que se advertía a los rebeldes de la Vendée que no debían creer en los “ponzoñosos rumores” según los cuales Napoleón era descendiente de los Borbones y tenía derecho a gobernar a Francia. ¿Y qué opinaba el propio Napoleón? “¡Tonterías!”, declaró. “¡La historia de la familia Bonaparte empezó el 18 Brumario!” (El 18 de brumario del año VIII hace referencia a una fecha del calendario republicano francés, coincidente con el 9 de noviembre de 1799 según el calendario gregoriano. En esa fecha, Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa, e inició el periodo conocido como Consulado.)

Uno de los más serviles y desvergonzados fabricantes de árboles genealógicos fue Antoine du Pinet (1515-1584), traductor de Plinio y autor de muchos libros eruditos. Se le encomendó la tarea de establecer los antecedentes de la ilustre familia Agoult. Eligió como punto de partida la figura de un lobo que aparecía dibujado en el escudo de armas de la familia. Sobre tan frágiles cimientos levantó un inexistente Imperio Pomeranio, creó una legendaria princesa Valdugue, y un joven llamado Hugo, que también era totalmente inventado. Un asunto amoroso, un hijo… y el resto es fácil de imaginar. El niño fue enviado secretamente a casa de una niñera, pero en el bosque un lobo se apoderó del infante, lo llevó a su cubil, y allí lo crió, junto a sus propios cachorros. Luego, el rey fue a cazar y mató a la loba. Se descubrió todo, y el joven recibió la bendición paterna; hay luego un matrimonio, un tanto tardío. El muchacho creció, contrajo matrimonio con la hija del emperador de Bizancio; el hijo de este joven casó con una princesa de la familia real rusa… y así por el estilo, por los siglos de los siglos, hasta llegar a Dietrich, el sajón. La familia Agoult aceptó esta insensatez sin formular la menor objeción. En cambio, Pierre Bayle atacó rudamente a Pinet, y lo declaró indigno del título de historiador.

Pero, ¿qué habría dicho Bayle si hubiera leído el sabroso relato de Saxo Grammaticus, el historiador del siglo XII, sobre la joven noble que, mientras se paseaba por el bosque, fue secuestrada por un oso? El enamorado animal la llevó a su cueva y allí la tuvo durante varios meses. Le daba alimento y bebida y… bueno, fácil es conjeturar el resto. Unos cazadores mataron a la bestia, y devolvieron a su hogar a la muchacha. Pocos meses después dio a luz un niño perfecto… sólo que un poco más peludo que lo normal. El niño fue bautizado con el nombre de Bjorn (Oso). Se convirtió en un hombre fuerte y poderoso, y fue un jefe justo y recto. Pues cuando halló a los cazadores, los ejecutó, diciendo que les debía gratitud por haber salvado a su madre, ¡pero que el honor lo obligaba a vengar la muerte de su padre! Los descendientes de Bjorn fueron los reyes de Dinamarca.

Sin duda el relato de la muchacha que concibió un hijo después de vagabundear por el bosque es absolutamente verídico. No es improbable que, cuando su airado padre la interrogó, haya replicado con una sonrisita tonta: “Fue Bjorn…”

El más absurdo árbol genealógico fue indudablemente el que preparó Etienne de Lusignan (1537-1590). Este erudito historiador era pariente lejano de la gran familia Lusignan, que había gobernado a Chipre durante más de tres siglos. Su escudo de armas mostraba una sirena, que sostenía un espejo en la mano izquierda, mientras se peinaba los cabellos con la derecha. Era Melusina (o Melisenda), el hada más famosa de los romances franceses, la heroína de los romances escritos en el siglo XV por Jean d’Arras, y también de innumerables libros y relatos. Fue una muchacha de áspero carácter, que encerró al padre en una alta montaña porque trató mal a la madre de Melusina. Por este acto irrespetuoso fue condenada a convertirse todos los sábados en serpiente de la cintura para abajo. Se enamoró de Raymond, conde de Lusignan, y casó con él, pero hizo jurar a su esposo que jamás la visitaría en sábado, ni trataría de saber lo que hacía ese día. Durante cierto tiempo Raymond cumplió su promesa y ambos vivieron felices. Tuvieron varios hijos. Pero un día el conde no pudo dominar su curiosidad; se ocultó en la habitación a la que Melusina solía retirarse, y fue testigo de la transformación de su esposa. Melusina se vio obligada a abandonar a su esposo, y “a vagar por doquier como un espectro”… aunque otras versiones afirman que el conde la encerró en la mazmorra del castillo.

MelusinaEste cuento de hadas sin duda sedujo a la aristocracia francesa. Por lo menos cuatro casas (Lusignan, Rohan, Luxemburgo y Sassenaye) incluyeron a Melusina entre sus antepasados.

En realidad, esta invención genealógica carecía de todo fundamento. Los Lusignan vivían en un antiguo castillo que, según se afirmaba, estaba encantado por la infeliz Melusina. En Francia, un súbito grito se llama aún hoy un cri de Mélusine, aludiendo a la exclamación desesperada de Melusina cuando fue descubierta por el esposo. En Poitou todavía se preparan tortas de jengibre, que llevan impresas la imagen de una bella mujer, bien coiffée, con una cola de serpiente. Se hornean para la feria de Mayo, alrededor de Lusignan, y todavía reciben el nombre de Mélusines. Afírmase que Melusina aparece cuando un miembro de la familia Lusignan está próximo a morir; y entonces vuelve alrededor del castillo, lanzando quejosos gritos. De acuerdo con ciertos historiadores, el origen de la leyenda es el nombre de Lucina, la diosa romana de las parturientas, a quien las madres, en el momento de dar a luz, llamaban en ayuda con sus gritos de dolor. Mater Lucina se convirtió en Mére Lucine, y finalmente en Mélusine. Sea cual fuere la verdad de esta teoría, los Lusignan poseen un escudo de armas extraordinariamente atractivo: una bañera de plata, con duelas celestas y brillante entre ellas el cuerpo desnudo de la hermosa sirena…

No todos los escudos de armas eran tan pintorescos. Carlos XI de Francia dio patente de nobleza al esposo de su niñera. El escudo de armas elegido fue al mismo tiempo eficaz y simbólico: una vaca de plata con una corona entre los cuernos, sobre un campo rojo.

En 1430 el rey Segismundo ennobleció a Miguel Dabi, barbero de la corte. El escudo de armas fue diseñado por el propio beneficiario. Tenía tres molares, mientras una mano que se elevaba sostenía orgullosamente un cuarto.

Más sorprendente aún fue el escudo de armas de Steven Varallyay, burgués de Hust, en Alta Hungría, elevado a la nobleza en 1599. Fue recompensado por el príncipe húngaro Andrés Bathory… y la recompensa quiso premiar la extraordinaria habilidad con que maese Varallyay ejecutaba ciertas operaciones destinadas a mitigar el ardor de los padrillos (animal equino que no ha sido castrado, y que por lo tanto es apto para la reproducción) de la caballeriza del príncipe. En campo de azur el brazo derecho de un hombre levantaba un mazo de madera; debajo se veía la vívida e inequívoca representación de la parte de la anatomía del padrillo que sufría la operación.

En otro orden de cosas, las universidades alemanas de los siglos XVI y XVII produjeron bachilleres y doctores como si ya se hubiera inventado la producción en serie. Se desarrolló una nueva clase social: la aristocracia de los sabios. Los hombres de ciencia eran muy respetados (casi tanto como los científicos de la era atómica); los príncipes honraban a los sabios, el pueblo les temía y admiraba. No es de extrañar, pues, que se hincharan de orgullo; ese sentimiento se desarrolló con un ritmo desconocido hasta entonces. Pero había un inconveniente: la nueva aristocracia carecía de los nombres distinguidos y sonoros, de la pátina de vejez de la aristocracia de cuna. Tuvieron que conquistar la inmortalidad con los nombres sencillos y aún vulgares de sus padres, y estos nombres se destacaban ingratamente a pesar de las montañas de pulida prosa latina con que pretendían cubrirlos.

Schurtzfleisch (Carne de delantal) o Lammerschwanz (Cola de cordero) no eran nombres muy apropiados para ascender al Olimpo. Podía temerse que las Musas arrojaran a puntapiés a semejantes candidatos a la fama. Era preciso hallar el modo de pulir, de tornar aceptables nombres tan toscos y vulgares.

Uno de los métodos fue un tanto primitivo. Consistió en agregar simplemente la terminación latina “us” al nombre alemán. Así, Conrad Samuel Schurtzfleisehius, el erudito profesor de la Universidad de Wittenberg se vio liberado del vergonzoso recordatorio de su humilde cuna, y el “us” (como el francés “de” y el alemán “von”) lo convirtió en meritorio miembro de la orden de los sabios.

Los autores de libros importantes usaron durante siglos este “us”, y al cabo alcanzaron cierta nobleza y distinción; si alguien podía ostentar este “us”, se le consideraba hombre de profundos conocimientos; en cambio, los mortales comunes no tenían derecho a usarlo. En las portadas de los libros y en las citas era posible distinguir a un sabio gracias al aristocrático “us”, que no sólo tenía buen sonido, sino que también era práctico… porque se podía declinarlo. Si alguien, por ejemplo, se llamaba sencillamente “Bullinger”, el texto latino lo condenaba a eterna rigidez, en su condición de obstinado e inflexible nominativo. Pero “Bullingerus” tenía toda la gracia y la flexibilidad de una palabra latina; era posible declinar todos los casos, y decir Bullingerum, Bullingeri, Bullingero. Y si varios miembros de la misma familia figuraban en el mundo de las letras, se los podía enumerar gracias a las formas “Bullingeros, Bullingerorum…”, etc.

Sin embargo, aparentemente nadie comprendió cuán estúpido y bárbaro era agregar la partícula latina “us” a un nombre alemán; los monstruos así concebidos pasaban de contrabando a los textos clásicos, y destruían la armonía de conjunto… aunque algunas obras estuvieran escritas en latín macarrónico. La cosa no tenía tan mal aspecto cuando se trataba de nombres sencillos, por ejemplo Hallerus, Gesnerus, Mollerus, Happebus, Morhoflus, Gerhardus, Forsterus; y además, centenares de nombres alemanes latinizados se popularizaron a lo largo de siglos de uso; el lector los aceptaba, y olvidaba gradualmente su grotesca incongruencia. Pero nombres como Buxtorfius, Nierembergius, Ravenspergius, Schwenckfeldius, y Pufendorfius, resultan un poco extraños, y en el caso de Schreckefuchsius, el erudito profesor de matemáticas de la Universidad de Freiburg, la latinización no mejoraba mucho la situación.

Los propietarios de estos nombres alemanes duros y guturales llegaron a la conclusión de que el “us” no los hacía melodiosos ni clásicos; de modo que adoptaron otro método: tradujeron sus nombres poco elegantes al griego y al latín, y la pilosa oruga teutónica se convirtió entonces en mariposa clásica de hermosos colores. El excelente Lammerschwanz (Cola de cordero) se convirtió en Casparus Arnurus, y con ese nombre comenzó a enseñar lógica y ética en la Universidad de Jena; el erudito doctor Rindfleisch (Carne de vaca) se convirtió en Bucretius; el pomeranio Brodkorb (Canasta de pan) firmó sus trabajos con el magnífico nombre de Artocophinus.

He aquí una pequeña colección de estas mágicas transformaciones, con las traducciones aproximadas de los nombres alemanes:

Oecolampadius era: Hausschein (Brillo de la casa).
Melanchton era: Schwarzfeld (Campo negro).
Apianus era: Bienewitz (Ingenio de abeja).
Copernicus era: Köppernik.
Angelocrator era: Engelhart (Ángel duro).
Archimagrius era: Küchenmaster (Maestro de cocina).
Lycosthenes era: Wolfhart (Lobo duro).
Opsopoeus era: Koch (Cocinero).
Osiander era: Hosenenderle (Puntita de los pantalones).
Pelargus era: Storch (Cigueña).
Siderocratas era: Eisenmenger (Mezclador de hierro).
Avenarius era: Habermann.
Camerarius era: Kammermeister (Chambelán).
Parsimonius era: Karg (Escaso, parco).
Pierius era: Birnfeld (Huerta de perales).
Ursisalius era: Beersprung (Salto de oso).
Malleolus era: Hemmerlin (Martillito).
Pepericornus era: Pfefferkorn (Grano de pimienta).

Otras naciones adoptaron esta tonta moda. Así, el suizo Chauvin latinizó su honesto nombre y lo convirtió en Calvinus. Y el belga Weier se convirtió en Wierus, el polaco Stojinszky en Statorius, el francés Ouvrier en Operarius, y el inglés Bridgewater en Aquapontanus.

Podríamos agregar miles de nombres a la lista. Ni siquiera la sangrienta sátira de la Epistolas Obscurorum Virorum pudo curar a los aludidos de la manía de la “clasicización”, a pesar de que las famosas cartas utilizaban nombres como Mammotrectus, Buntemantellus, Pultronius, Cultrifex, Pardormannus, Fornacifisis, etc. Fue obra de la suerte que el inventor de la imprenta, Hans Gensfleisch, naciera demasiado temprano como para aficionarse a tales locuras. Si hubiera vivido cien años después, ahora hablaríamos de Ansericarnosus en lugar de referirnos a las Biblias de Gutenberg.

La moderna manía de los seudónimos parece muy íntimamente relacionada con esta costumbre de los siglos XVI y XVII. Así, se puede comprender inmediatamente por qué Samuel Spewack escribe novelas policiales bajo el nombre de “A. A. Abbot” (además, lo coloca automáticamente al principio de cualquier lista alfabética), o por qué Euphrasia Emeline Cox prefiere llamarse Lewis Cox. Pero, ¿por qué demonios J. C. Squire se convirtió en Solomon Eagle o Robert William Alexander se disfrazó de Joan Butler? ¿Acaso Clement Dane es más eufónico que Winifred Ashton? ¿O Kirk Deming es mejor que Harry Sinclair Drago? Incluso es preferible Cecil William Mercer a Dornford Yates, o Grace Zaring Stoile a Ethel Vance… pero quizás estas damas y estos caballeros aciertan cuando prefieren Peter Trent a Lawrence Nelson, o Anya Seton en lugar de señora de Hamilton Chase.

La nueva aristocracia adquirió hermosos nombres, pero aún carecía de antecedentes y de árboles genealógicos. Era preciso remediar esta situación; los nuevos e impresionantes nombres necesitaban el respaldo de una firme reivindicación del título nobiliario. Así, comenzó a prestarse atención a las respectivas historias familiares, y se procuró tomar nota de todos los Smith, Jones y Miller que habían sido famosos, sin hablar de los Schmidt, los Wolfy, los Müller (disculpas: se trata de los Schmidius, los Wolfius y los Müllerus). Goez, superintendente de Lubeck, escribió un libro sobre los Schmidt famosos, y lo tituló De clanis Schmidiis. (Se publicaron obras semejantes en Inglaterra, en Estados Unidos, y sobre todo en Escocia.)

Los Wolf fueron inmortalizados en una tesis doctoral que un erudito miembro del numeroso clan presentó a la Universidad de Leipzig (De Nominibus Lupinus).

En cuanto a los Müller, existió el proyecto de consagrarles una extensa obra; desgraciadamente, solamente se dio cima a un fragmento. En su obra Homonymoscopia, Johannes Mollerus, profesor de Flensburgo, prometió escribir la historia de los Müller, y aún anticipó el título: Mola Musarum Castalia (lo cual puede traducirse aproximadamente como El molino, fuente de Castalia de las Musas). Como Müller significa molinero, el resultado es un bonito juego de palabras. El erudito historiador danés se proponía reunir bajo este sonoro título a todos los hombres de ciencia cuyo nombre tuviera relación con molinos y con el oficio de molinero. Pensaba ocuparse de los bien conocidos Moller, Müller, Molitor, Molinary, Molinas, Molinnetto, Myliuses, Meulens, Mollenbeck, Mühlrad, Mühlberg, Mühlbach, Mills, Millar, Miller, Millins, Mills, Milmores, Milnes, Milners… y aun del clan húngaro de los Molnarus. Pero, para grave y eterno detrimento de la gloria de molinos y de molineros, la gran obra nunca apareció. El autor solamente dio un anticipo, bajo la forma de un apéndice a su Homonymoscopia, en el que enumeró cincuenta Müller, con una detallada descripción de la obra cumplida por cada uno. Los otros Müller sólo aparecieron en cifras estadísticas, y el breve extracto hizo agua la boca de los historiadores, aunque el apetito de estos habría de permanecer eternamente insatisfecho.

De todos modos, el profesor Mollerus publicó algunas estadísticas sobre los nombres de pila del clan Müller-Miller. Había cuatro Juanes entre los Molitor, ocho entre los Myliuses, tres entre los Molanos, cuatro entre los Mühlmann, y ninguno entre los Mülpfort. Por otra parte, hasta 1697 los sencillos Müller tenían nada menos que cuarenta y cuatro Juanes o Johann. En las filas del mismo clan aparecían nueve Andrés, tres Arnoldos, dos Baltasares, cinco Bernardos, dos Carlos, seis Gaspares, siete Cristinos, seis Danieles, siete Joaquines, dos Tobías… y así por el estilo. Había también cuatro Juanes Jorges y cuatro Juanes Jacobos, lo cual elevaba el número de Juanes a un total general de 52.

Pero lo anterior es poco comparado con el caso de los Mayer, uno de los apellidos alemanes más comunes, más frecuente que todos los Smith, Jones y Robinson reunidos. El excelente doctor Paulini, uno de los más versátiles y benévolos autores del barroco, preparó la lista de los Mayer famosos. Clasificó 207 nombres, con arreglo a la actividad en que se habían destacado (derecho, medicina, teología, etc.). Incluyó todas las variaciones del apellido: Mayer, Maier, Meyer, Meier… y aun los que eran Meyer “sólo a medias”, como Strohmeyer, Stolmayer, Listmayer, Gastmayer, Ziegenmayer, Spitmeyer, Kirchmeyer, Stallmeyer, Hintermeyer, Wischmeyer, Distermeyer, Hunermeyer, Múnchmeyer, Buchmeyer, Hundemeyer y otros muchos. El doctor Paulini reconoció que el profesor Joaquín Mayer, de Gotinga, lo había ayudado mucho.

Parece que esta plétora de Mayer provocó considerable sensación en el mundo de la ciencia y de la genealogía, pues el profesor Joaquín Mayer inició investigaciones independientes y combinó los resultados de su arduo trabajo en un librito muy interesante, publicado bajo el título de Antiquitates Meierianae (Gottinga, 1700).

Hasta ese momento, los filólogos habían creído que el apellido Mayer o Meier provenía del latín major, y significaba simplemente una persona de cierta autoridad puesta al frente de los servidores, etc. En las propiedades rurales eran mayordomos; en las aldeas, regidores o alcaldes. Pero el profesor Mayer, de Gottinga, descubrió que se trataba de un error; los ancestrales Mayer formaban un núcleo mucho más distinguido. El nombre se originaba, según este estudioso, en el céltico mar, mär, mir, que significaba “caballo” y posteriormente, por vía de transferencia, “jinete”. Los antiguos germanos, lo mismo que los franceses hoy, escribían ai el sonido ä, de modo que mär se convirtió en Mair y posteriormente en Maier.

Una vez aclarada esta etimología, el mundo de la ciencia no tuvo inconveniente en aceptar las posteriores deducciones del profesor de Gottinga. De acuerdo con ellas, los antepasados de los Mayer eran caballeros y, como pertenecían a la aristocracia, probablemente dieron algunos príncipes a la antigua Germania. Aun Italia los honró, como lo demuestra el caso de la familia Marius, que dio siete cónsules a Roma. Profundizando más aún el tema, el erudito profesor llegó al Dios de la Guerra, cuyo nombre era también de origen celta. La palabra mar significaba “caballo, jinete, guerrero”. El propio Marte era un antiguo Mayer, para mayor gloria y honor de la familia. (El profesor excluyó al clan Marcius, probablemente porque se sintió avergonzado de Coriolano.)

También en Francia los Mayer habían conquistado una posición importante. De sus filas salieron los Maires du Palais, los Maierus Palatinus, es decir, la más elevada dignidad palaciega. Aún hoy el Lord Mayor es el principal magistrado en cualquier ciudad. Ciertamente, los Mayer llegaron muy lejos… por lo menos en la tarea de prestar el nombre de la familia para la denominación de altas funciones.

Desgraciadamente, después los Mayer alemanes se empobrecieron y perdieron el lustre que les otorgaba tan noble origen. Pero aun en la pobreza los Mayer hicieron cuanto estuvo a su alcance para aumentar la gloria y la fama del clan: en 1598 la esposa del campesino Hans Maier dio a luz trillizos, hecho que en sí mismo quizás no haya sido hazaña muy considerable; pero ese mismo año las ovejas del pobre Maier produjeron tres corderos cada una, y aún su vaca comprendió que estaba obligada a añadir tres terneros a la prosperidad general de la casa.

Pero no acaba aquí la gloria de los Mayer. El nombre sirvió para designar naciones, ciudades y ríos. La tribu de los Marcoman, hombres viriles y de inclinaciones guerreras, sin duda pertenecía al mismo núcleo familiar. Entre las ciudades, Marburg, Merseburg, Wismar, y aun la holandesa Alkmaar son monumentos a la antigua y olvidada fama. Lo mismo puede decirse del río Morava (de acuerdo con el viejo nombre de Marus o Mairus); y del Maros, que corre a través de Hungría y de Rumanía.

El profesor Mayer no se detuvo en los confines de Europa. Franqueando sucesivos escalones celtas, escitas y tártaros, siguió la pista del gran clan hasta el lejano Oriente. Las palabras tártaras Mirza, Murza significaban “jefe de jinetes”, y el término Emir, del mismo origen, indicaba una jerarquía importante, tanto entre los persas como entre los árabes. Y todos eran Mayer. Finalmente, el buen profesor hizo flamear su bandera sobre el noble edificio que había erigido en honor de su familia. Los Mayer, afirmó, incluso habían producido un profeta en beneficio de la humanidad, pues el profeta Elijah era conocido en Palestina por el nombre de Mar-Elijah.

Hoy, la fantástica filología y las conclusiones poco científicas del profesor del siglo XVIII nos mueven a risa. Pero sus investigaciones fueron consideradas muy seriamente durante casi dos siglos. La locura de la vanidad es tenaz y desafía a la propia realidad.

P. Tabori

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